El embajador del diablo
Moscú, 20 de febrero de 1953. Es detenido Ivan Maisky, embajador de Stalin en Londres entre 1932 y 1943.
El terror llegó hasta Londres, hasta la elegante mansión de 13 Kensington Palace Gardens, residencia de Ivan Maisky, embajador de la Unión Soviética. La familia de su mujer fue detenida; sus principales colaboradores en la embajada, fusilados; y por el servicio diplomático soviético circulaba una estadística secretísima: el 62% de los embajadores habían ido al paredón o al gulag.
Maisky tenía todas las papeletas para caer en las purgas en las que Stalin arrasó el Partido Comunista, el Ejército y la administración soviética: Maisky era judío, polaco, contaminado por vivir en Occidente, y encima había sido menchevique, el partido rival de los bolcheviques. Pero tenía una baza, sus relaciones con la sociedad (incluida la alta) y la clase política británicas lo convertían en fuente de información e influencia que lo hacían irremplazable.
Su seguro de vida para la era estaliniana se forjó en su primer exilio en Londres entre 1912 y 1917. Ivan Maisky había nacido en 1884 y con 18 años fue expulsado de la universidad por subversivo y deportado a Siberia. Después se exiló en Londres, donde se hizo amigo de Chicherin y Litvinov, futuros ministros de Exteriores del nuevo Estado comunista, lo que determinaría la carrera diplomática de Maisky. Pero a diferencia de otros expatriados, él no se limitó al microcosmos del exilio, sino que trabó amistad con ingleses de mentes brillantes como Bernard Shaw y H.G. Wells, o las lumbreras del socialismo, Beatrice Webb y G.D.H. Cole.
Regresó a Rusia tras el triunfo de la revolución, se afilió al Partido Comunista y sus amigos Chicherin y Litvinov le apadrinaron. En 1932 ese apoyo le encumbró a una de las grandes embajadas, la de la Corte de Saint James. En los años 30 la diplomacia soviética, dirigida por Litvinov, tenía como mayor proyecto una alianza con Inglaterra y Francia para frenar a la Alemania nazi. Ivan Maisky era la persona ideal para ese puesto, el único bolchevique capaz de ofrecer una cara amable a las élites dirigentes inglesas, temerosas del comunismo.
Los periodistas lo apodaron Il Giocondo por su eterna sonrisa, que cubría su miedo a ser purgado, y logró una agenda de 500 relaciones que incluían a cualquiera que pintase algo en Gran Bretaña. Su glamur social era tal que, en una ocasión, durante la guerra, en que acudió al teatro Savoy, fue más aplaudido por el público que la esposa del primer ministro, Winston Churchill. Mantenía buenas relaciones con lord Beaverbrook, el magnate de la prensa; con Lloyd George, líder del Partido Liberal; y con las figuras emergentes del Partido Conservador, como Rab Butler, joven estrella tory cuya familia estaba presente en el Parlamento inglés desde 1368; Anthony Eden, que sería mano derecha de Churchill en su gabinete de guerra; y sobre todo con este último.
Feo al rey. La debilidad de Winston Churchill por Il Giocondo estremeció a la corte británica el día en que Churchill dejó al rey Jorge V con la palabra en la boca porque vio entrar a Maisky y se fue corriendo a hablar con él. La conexión entre ellos era algo más que personal, Churchill estaba convencido de que Inglaterra necesitaba una URSS fuerte a su lado para enfrentarse a Hitler. En los años 30 las advertencias del peligro alemán que hacía Churchill iban contra corriente del pacifismo general, de modo que en Maisky Churchill encontraba un reflejo soviético de su visión del problema, lo que le reforzaba moralmente.
En 1939 Stalin cesó a Litvinov y nombró ministro de Exteriores a Molotov para dar un giro copernicano a la diplomacia soviética: en vez de buscar la alianza occidental se alió con Hitler. Una semana después de la firma del Pacto Germano-soviético, el Reich invadió Polonia y la URSS cobró su parte del botín, media Polonia. Maisky estaba completamente fuera de juego pero, sorprendentemente, Stalin lo mantuvo en su puesto. En Londres la alta sociedad le hizo el vacío durante un tiempo, aunque mantuvo el contacto fluido con la clase política y su popularidad no se resintió. En 1940, durante los terribles bombardeos nazis de Londres, Maisky fue a ver a la gente que dormía en las estaciones de metro del East End, la zona obrera. Maisky representaba a un país que en ese momento era aliado bélico de Alemania, pero los londinenses lo recibieron con vivas y cantando la Internacional.
El sueño se terminó sin embargo en 1943. Stalin quería que los aliados abriesen un segundo frente en Francia, pero Maisky no consiguió que invitaran a Stalin a la Conferencia de Casablanca, donde Churchill y Roosevelt pospusieron un año el desembarco de Normandía. Furioso, Stalin cesó a Maisky y le hizo volver a Moscú. Llegó temiéndose el paredón, aunque de momento le dieron tareas en el ministerio. Sin embargo el miedo no le abandonaría durante una década. Estaba justificado.
Como si la Historia quisiera jugar al ratón y al gato con él, Maisky se libró de la purga hasta dos semanas antes de la muerte de Stalin. El 20 de febrero de 1953, en el ultimísimo momento del estalinismo, fue detenido “por espía inglés”. Encarcelado en la siniestra Lubianka, sede del KGB, sufrió 36 duros interrogatorios y no le dejaron leer ni escribir durante dos años. Pero no le pegaron el tiro en la nuca con el que solían terminar estos protocolos. En 1955 Khruschev lo puso en libertad y luego fue rehabilitado. Nadie se salvó de las purgas estalinianas teniendo tantas papeletas para morir.



