El canal que cambió la geografía mundial

18 / 11 / 2014 Luis Reyes
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Port Said, 17 de noviembre de 1869 · Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses, hace el primer recorrido por el Canal de Suez.

Fue el último fasto imperial de Francia, en menos de un año el enemigo prusiano humillaría al II Imperio, que desapareció para siempre, Napoleón III perdió su corona y Francia perdió Alsacia y Lorena. Pero en aquel otoño de 1869, bajo el sol de Egipto, la emperatriz Eugenia de Montijo, considerada la mujer más hermosa y elegante de Europa, resplandecía tanto como el astro y se permitía llevar como acólitos al emperador de Austria, al príncipe real de Prusia, al heredero de Holanda y al jedive Ismael, virrey del sultán otomano en teoría, soberano de Egipto de hecho, aunque parecía haber cedido aquella soberanía a la bella española. Todos iban como huéspedes a bordo del Aigle, el yate imperial francés, que atravesó el primero el Canal de Suez, seguido por una flota de 67 navíos. Entre los invitados de la emperatriz estaba también Ferdinand de Lesseps, el hombre que había hecho realidad el sueño de unir dos mares y separar dos continentes.

Sería una gran fiesta con asistencia de un lucido muestrario de la realeza europea, pero una fiesta francesa, porque el Canal de Suez fue siempre una empresa gala. De hecho, Francia se consideraba con derechos especiales sobre Egipto, con una especie de patronazgo cultural. Había sido el Gobierno del Directorio, durante la Revolución Francesa, quien enviara a Egipto al general Bonaparte al mando de dos ejércitos, uno de soldados y otro de sabios y artistas, que descubrieron para el mundo la antigua civilización de los faraones. Si los soldados franceses fueron al final derrotados en Egipto, los sabios y artistas lograron una victoria que se refleja en los 23 enormes volúmenes titulados Description de l’Égipte, una de las más bellas obras del arte editorial de todos los tiempos.

Ferdinand de Lesseps.

Una generación después, otro sabio francés, Champollion, sería capaz de descifrar el lenguaje de los jeroglíficos, después de años de inhumano esfuerzo intelectual, convirtiéndose así en el padre de la egiptología. Y a mediados del siglo XIX el egiptólogo más destacado era el francés Auguste Mariette, llamado Mariette Bey, a quien el jedive de Egipto le concedió ese rango al nombrarlo director de Antigüedades. Por cierto, fue Mariette quien escribió el argumento de Aida para que Verdi compusiera su famosa ópera.

La idea de trazar un canal que comunicase el Mediterráneo con el Mar Rojo, y su puesta en marcha, surgió asimismo del movimiento francés de los sansimonianos, aquellos utopistas de la modernidad que rendían culto al progreso tecnológico, que pretendían racionalizar la política y la economía. Los sansimonianos no solamente eran unos extravagantes vestidos de uniforme que se abrochaba a la espalda, como muestra de la necesidad de cooperar con los otros que tiene el ser humano, también proyectaban ferrocarriles, viaductos y toda clase de grandes obras públicas que han convertido al hombre en dominador de la naturaleza.

Los primeros planes de un canal entre los dos mares fueron obra de Linant de Bellefonds, talentoso ingeniero enamorado de Egipto, que desde los 18 años estaba al servicio del jedive y llegaría a ser jefe de Obras Públicas de Egipto en 1831. Al proyecto se adhirió con entusiasmo Ferdinand de Lesseps, cónsul de Francia en Alejandría, que sería quien lo llevara a la práctica. Pero fue Prosper Enfantin, principal figura del movimiento sansimoniano al que todos ellos pertenecían, quien presentó el primer proyecto concreto al jedive Mehmet Alí en 1833. Aunque el jedive no le prestó atención, Enfantin insistió en su empeño, y en 1846 creó la Sociedad de Estudios para el Canal de Suez, que emprendió los trabajos de nivelación en el istmo de Suez que unía África y Asia.

En aquellos tiempos se pensaba que existía un desnivel entre el Mediterráneo y el Mar Rojo de 9 metros, pero las mediciones de la Sociedad demostraron que eso era erróneo, que prácticamente no había desnivel, y por tanto no serían necesarias esclusas para el canal, lo que facilitaba enormemente el proyecto.

Finalmente sería Lesseps quien ejecutase la ciclópea obra. Significativamente no era ingeniero ni hombre de ciencia, sino diplomático, porque la clave de la realización del canal fueron las relaciones de Lesseps, su capacidad de convencer y entusiasmar a quien tenía el poder necesario para la empresa.

En primer lugar, el jedive Mehmet Alí confió a Lesseps la educación de su hijo pequeño, Said, que cuando subió al trono en 1854 mantenía una cordial amistad con su preceptor francés. A Lesseps no le costó trabajo obtener inmediatamente un firmán (decreto) del nuevo jedive que le hacía una concesión de 99 años sobre el canal. Siguiendo los principios sansimonianos de pacifismo y progreso, Lesseps planteó un canal abierto a todas las marinas del mundo, y por donde solamente circulasen buques de vapor, pese a que en aquellos momentos eran poquísimos los dotados de ese adelanto.

Inglaterra intentó detener el proyecto porque veía en el canal una amenaza a sus intereses imperiales, y maquinó en Constantinopla para que el sultán, teórico señor de Egipto, lo prohibiese, pero entonces Lesseps acudió en busca de apoyo a su prima Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses, que arrastró a su esposo Napoleón III para poner todo el poderío de una gran potencia a favor del canal. El sultán se plegó a las presiones de París y la construcción del canal fue adelante, dándose el primer golpe de pico en 1859.

Eugenia de Montijo.

Diez años después se podía inaugurar aquella vía marítima que abría una nueva era en la geografía del mundo. La emperatriz Eugenia, por derecho propio, sería la maestra de ceremonias. Acompañada de sus sobrinas carnales, las hijas del duque de Alba, hizo un crucero por el Mediterráneo que la llevaría también a Constantinopla, para contentar al sultán. En todas partes tuvo estancias triunfantes, pues no había ninguna soberana con tanto glamour como ella.

Aprovecharía la estancia en Egipto para hacer turismo: remontó el Nilo en vapor para ver los majestuosos templos y visitó las Pirámides montada en camello. En una carta a su marido daba una peculiar impresión: “El Cairo ha conservado su antiguo caché, para mí menos nuevo que para mis damas, pues me recuerda España. Los bailes, la música y la cocina son idénticos. Las danzas del harén son como las de los gitanos en España, ¡más indecentes quizá!”.

El 16 de noviembre Eugenia asistió a la ceremonia religiosa de inauguración del Canal de Suez en Port Said, la ciudad que había surgido a la vez que las obras y que llevaba el nombre del jedive amigo de Lesseps, ya fallecido, y al día siguiente abrió oficialmente el canal a la navegación con su yate Aigle. Tardaron dos días en recorrerlo de Norte a Sur, y cuando terminó el tránsito en Suez, el comandante del Aigle le cedió lo que es responsabilidad irrenunciable de los capitanes, reseñar los acontecimientos en el libro de bitácora. La emperatriz escribió: “Atracado en la rada de Suez, el 20 de noviembre de 1869, a las 11 y media de la mañana. Eugenia”. Bajo su firma estamparon su rúbrica 32 personalidades entre las que estaba Ferdinand de Lesseps.

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