Corrido de la muerte de Emiliano Zapata

10 / 07 / 2009 0:00 Luis Reyes
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CHINAMECA _ESTADO DE MORELOS_, 10 DE ABRIL DE 1919 _ El más recordado caudillo de la revolución mexicana fue asesinado hace 90 años. Ese día entró en la leyenda y el folclore.

El Muro de Berlín ya había caído, la Unión Soviética había desaparecido y, con ella, el comunismo en la Europa del Este. En China seguía gobernando el Partido Comunista, pero imponiendo el capitalismo por decreto; en Corea del Norte la dictadura del proletariado había dado paso a una monarquía hereditaria –igualmente dictatorial- y el heroico pueblo vietnamita comenzaba a hacerles guiños a sus antiguos verdugos americanos para que volviesen como turistas. En esa circunstancia mundial tan poco proclive a la revolución, en lo más recóndito de México, en la selva Lacandona que linda con Guatemala, en 1994 apareció de la nada una guerrilla revolucionaria que se hizo con el control de parte del Estado de Chiapas y despertó el entusiasmo de la izquierda europea. Su nombre era Ejército Zapatista de Liberación.

Resurrección

Emiliano Zapata seguía vivo, al menos su poder de convocatoria. Y es que, durante décadas, por México han circulado leyendas sobre la resurrección del caudillo revolucionario, pretendidamente encarnado en el enmascarado subcomandante Marcos. No sólo en los años siguientes a su muerte, en 1919, sino hasta una época en que Zapata debería ser ya centenario, la gente decía haberle visto tal y como era en las fotos de época: un cuarentón de grandes bigotazos y expresión taciturna, con sombrero de ala ancha, winchester, dobles cananas y sable. Incluso reconocían a su caballo As de oros, el alazán que le regaló el traidor que lo asesinaría. Desde Alejandro Magno a Elvis Presley, los héroes que mueren demasiado pronto nunca dejan de volver. Emiliano Zapata era un campesino mestizo del meridional Estado de Morelos que encabezó el movimiento agrarista. Los indios habían sido desposeídos de sus tierras comunales, los ejidos, por la floreciente industria azucarera, y Zapata primero acudió a los tribunales y a pedir el amparo del Gobierno central, infructuosamente. De modo que cuando estalló la revolución vio en ella la oportunidad.

Con el lema La tierra para el que la trabaja, que luego se extendería por todo el mundo, movilizó legiones de campesinos indios pobres, a los que capitaneaba con un talento innato para la guerra y la guerrilla, según las circunstancias. En 1914 llegó a conquistar la capital, Ciudad México, junto al caudillo norteño Pancho Villa. Sin embargo las aspiraciones zapatistas serían traicionadas por los sucesivos dirigentes que la revolución llevaba al poder, primero Francisco Madero, luego Venustiano Carranza. Éste lograría deshacerse del incómodo caudillo mediante un engaño. La traición fue el sino de la vida y muerte de Emiliano Zapata. Una vida y muerte que son como un corrido mexicano. O habría que decirlo quizá al revés: el corrido mexicano emana naturalmente de la vida y muerte de Emiliano Zapata: “Aquí les traigo el corrido /de la traición insensata /que acabó con el caudillo /don Emiliano Zapata”, comienza típicamente uno de los cuarenta sobre el asesinato del revolucionario que reseña el erudito Francisco Juliao en una lista para nada exhaustiva.

Cantar el mito

Toda la historia está perfectamente contada por el folclore popular. Zapata llevaba nueve años en armas, y el presidente Carranza era consciente de que las fuerzas del general Pablo González, mandado en su caza, no serían capaces de capturarle dado el apoyo de la población que tenía. Había que urdir una trampa, y el cebo sería el coronel Guajardo, otro antiguo revolucionario que dijo a Zapata que estaba dispuesto a unirse a él. El plan fue muy bien elaborado. Guajardo incluso mantuvo una batalla –fingida- con las fuerzas del Gobierno, y en su repugnante felonía llegó a fusilar –realmente- a unos cuantos soldados gubernamentales. La vida de unos cuantos desgraciados no contaba, si con eso lograba la cabeza de Zapata. Para completar su labor de engaño y seducción, regaló un magnífico alazán a Zapata, que era uno de los mejores caballistas de México.

Emiliano, convencido por esas muestras de adhesión, decidió acudir a la hacienda de Chinameca, donde Guajardo iba a hacerle entrega de su aportación a la causa: 300 hombres, una ametralla- dora y numerosa munición. Sin embargo, como no podía faltar en esta historia, hubo augurios amenazadores. “Zapata durmió esa noche /con la dueña de su amor /que andaba también luchando /para la revolución”, se relata en un corrido, que sigue: “Despertó en la madrugada /sobresaltado y le dijo: /Se me afiguró que estaba /cerca de aquí el enemigo. /La mujer le dijo entonces: /Ayer te avisé que tengo /el negro presentimiento /de que te quebre el Gobierno”. Sin embargo Zapata rechazó sueño y presentimiento: “Ya’stás como la mujer /que por creer que me mataban /vino desde Cuautla ayer /Esas son supersticiones /que nadie las debe creer”. Llegó a la hacienda de Chinameca con 50 hombres. Guajardo le dijo que entrase al patio a pasar revista a la tropa que se le iba a adherir. Lo hizo, acompañado por una escolta de diez. Se le rendirían honores de general, consistentes en tres toques de clarín. El segundo era la señal para hacer fuego sobre él. “Todo su traje de charro /ensangrentado quedó, /y enfundada su pistola /también allí se manchó. /Allí naiden tuvo tiempo /de poderse adefender, /Guajardo acabó con todos /a los que dijo querer. /Así cayó en la emboscada /de Jesús María Guajardo /el gran General Zapata /qu’era un apóstol honrado”. Emiliano Zapata ingresó inmediatamente en el panteón de los héroes, aunque “los periódicos dijeron: /Ya mataron a un bandido, /pero los indios lloraron /la muerte de su caudillo”. Y muestra de que desde un principio hubo el anhelo de creer en una mítica resurrección, que animaría al subcomandante Marcos a bautizar Ejército Zapatista a su guerrilla, es esta estrofa: “Enterraron a Zapata /en una profunda tumba /pues creiban que se saldría /para volver a la lucha”. Señores ya me despido, que no tengan novedad, cual héroe murió Zapata por la tierra y libertad.

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