Bienvenido, Mister Marshall
Irlanda del Norte, 26 de enero de 1942 · Llegan al Reino Unido las primeras tropas norteamericanas enviadas para liberar a Europa de los nazis.
Todavía no existía el Plan Marshall que evoca este título de la famosa película de Berlanga, pero sí que existía Mr. Marshall, o mejor dicho, el general George C. Marshall, jefe de las fuerzas armadas y máximo responsable de la estrategia norteamericana en la Segunda Guerra Mundial. Y para los ingleses, asediados en su isla tras la humillante derrota en Europa, sometidos al cruel castigo de la aviación y los submarinos nazis, baqueteados en todos los frentes del Imperio Británico, la llegada de las tropas americanas al Reino Unido trajo un inmenso alivio, superior a la euforia de ningún Plan Marshall.
Inglaterra se había quedado sola frente a Alemania desde junio de 1940, cuando Francia se rindió y Hitler dominó prácticamente toda Europa. La invasión alemana de la URSS en el verano del 41 le había proporcionado un aliado que era, de momento, un lastre. El ejército ruso había sido aplastado, los alemanes ocupaban media Rusia y Stalin no solo no podía auxiliar a Inglaterra, sino que reclamaba desesperadamente ayuda de todo tipo. Gran Bretaña estaba al borde del colapso, aunque el hábil político que era Churchill se las ingeniase para mantener alta la moral con arengas magistrales, exageraciones formidables y astutas mentiras o medias verdades. El panorama cambiaría, sin embargo, con la entrada de EEUU en la guerra.
“Señor, los japoneses”.
El domingo 7 de diciembre de 1941, el día del ataque a Pearl Harbor, Churchill estaba reunido precisamente con el embajador americano y con el enviado de Roosevelt, Everet Harriman. Oyeron en el boletín de la BBC, tras las noticias importantes, una breve y confusa referencia a cierto incidente en Hawai, pero no le dieron importancia. Fue, como en el teatro, el mayordomo quien trajo la noticia: “Señor, los japoneses han atacado Estados Unidos”.
En sus memorias de la Segunda Guerra Mundial Churchill recoge su estado emocional ante este cambio de la situación: “Habíamos ganado la guerra”. Así de claro lo veía el primer ministro inglés, que añade: “El destino de Hitler estaba escrito. El destino de Mussolini estaba escrito. En cuanto a los japoneses, quedarían reducidos a polvo. Todo el resto no era más que la aplicación adecuada de una fuerza abrumadora”.
Esa “fuerza abrumadora” era la de la primera potencia mundial, pues Estados Unidos lo era, aunque la mayoría del mundo –incluyendo a los propios americanos- no se hubiera dado cuenta. Ya en la Primera Guerra Mundial había sido definitiva la intervención norteamericana. La potencia demográfica, industrial y económica de EEUU deshizo el empate técnico, con ligera ventaja alemana, en el que se había empantanado la contienda. Sin embargo, tras esta entrada con toda la orquesta en la escena mundial, Estados Unidos se había replegado sobre sí mismo, el aislacionismo se había impuesto y ni siquiera quiso entrar en la Sociedad de Naciones (la ONU de entonces), pese a que había sido un invento del presidente Wilson.
Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt habría querido volver en auxilio de Inglaterra y Francia, como lo hiciera Wilson en la Primera, pero el Congreso y la opinión pública le tenían atadas las manos. Ideó fórmulas para sostener a Gran Bretaña cuando se quedó sola ante el peligro, como la Ley de Préstamos y Arriendos, que era una transfusión de sangre de la industria norteamericana a Inglaterra. Inglaterra logró así sobrevivir, pero ganar le sería imposible si los americanos no entraban en combate.
Con la ayuda a los británicos la industria estadounidense se había convertido de hecho en una industria de guerra, pero el Congreso no permitía que se preparase militarmente. Las fuerzas armadas americanas en vísperas de Pearl Harbor eran de menos de 200.000 hombres, para un país tan grande y poblado, una cifra ridícula comparada con las magnitudes de los ejércitos de la época. Sin embargo, el mismo día que Alemania invadió Polonia, Roosevelt tomó una medida militar que estaba en sus manos y se revelaría vital. Nombró a George C. Marshall jefe del Estado Mayor (chief of the Staff), es decir, máxima jerarquía militar de todas las fuerzas de tierra, mar y aire.
Marshall era un oficial de carrera, con experiencia bélica directa aunque fuese de Estado Mayor, pues había ido con el Cuerpo Expedicionario a Europa en 1917, y tenía gran prestigio y autoridad entre los militares profesionales. Él sería la eminencia gris y el dinámico director de una empresa gigantesca: transformar una reducida y anticuada fuerza de menos de 200.000 hombres en el más formidable ejército del mundo, con 8 millones y medio de efectivos. Marshall convirtió Estados Unidos en la primera potencia mundial indiscutible, capaz de librar dos guerra a la vez, pues de hecho Norteamérica tenía la que sentía como su guerra en el Pacífico, contra Japón, lo que no le impidió acudir en auxilio de Inglaterra y Rusia para librar a Europa del nazismo.
Dos millones de GI.
En 1944 dos millones de GI, como se denominaba a los soldados americanos, se habían acumulado en Gran Bretaña para la reconquista de Europa. Semejante alteración demográfica tenía que dejarse sentir, y causar ciertas tensiones, en una sociedad tan peculiar y tradicional como la inglesa.
Los reclutas americanos, que en su inmensa mayoría jamás habían salido de su país, se encontraron lo que consideraban un país de locos, donde los coches circulaban por la izquierda y la moneda no seguía el sistema métrico decimal, ni en realidad ningún sistema racional, que aparentemente hablaba su mismo idioma pero de una manera muy rara. El lado más evidente del choque cultural fueron los problemas de tráfico, los GI traían una enormidad de vehículos –los famosos jeeps- y aumentaron los accidentes de carretera. Pero para los ingleses había cosas más hirientes que la forma de conducir yanqui.
Hasta la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra era la primera potencia del planeta y los ingleses se consideraban los amos del universo. Ahora se les habían metido en casa unos huéspedes de buen carácter pero de educación ruda, escandalosamente ricos cuando todos los británicos tenían que apretarse el cinturón, unos chicos inocentones pero que no podían ocultar que se sentían superiores al resto del mundo porque de hecho lo eran. Los paletos de Kansas habían venido a salvar a la vieja Inglaterra, y tanto americanos como ingleses lo sabían, lo que no dejaba de mortificar el orgullo británico.
Quien más lo sintió fue seguramente Winston Churchill. Hasta la entrada de EEUU en guerra él había sido el hombre del destino, el único timonel del barco, lo que le había proporcionado a su enorme ego los mejores años de su vida, pese a las dificultades. Pero según crecía el número de GI en Europa, el papel de Inglaterra iba dejando de ser dominante. En la Conferencia de Casablanca, la cumbre entre Churchill y Roosevelt en enero de 1943, surgieron las grandes diferencias de planteamiento estratégico.
Las fantasías de Churchill de grandes operaciones por el Mediterráneo –quería reditar su plan de la Primera Guerra Mundial de golpear “el vientre de Alemania”- chocaron con el pragmatismo de Marshall, partidario de concentrar las fuerzas en una invasión de Europa por el Atlántico, el futuro desembarco de Normandía. Estados Unidos tenía la llave de las invasiones, porque era su industria la que fabricaba las barcazas de desembarco y las mandaba al Atlántico o al Mediterráneo, según le parecía mejor a Marshall. Además, el ejército americano crecía y crecía, mientras que los británicos habían llegado al límite. Pronto fueron el socio menor en la alianza.



