Adua, la única derrota del colonialismo
ETIOPÍA, 1 DE MARZO DE 1896. Las potencias europeas se repartieron África en Berlín (1885), pero a Italia se le atragantó su trozo de pastel.
Italia se llevó la peor parte cuando intentó apoderarse de Etiopía. Un ejército colonial de 17.000 hombres fue derrotado en la batalla de Adua y sufrió 9.000 bajas. Y Abisinia se mantuvo como el único país de África jamás colonizado. Los italianos que alegremente se internaron en Etiopía cantando la Marcia dei Bersaglieri deberían haber estudiado la historia. Se habrían dado cuenta de que no servía el clásico planteamiento militar colonial, un pequeño ejército europeo que gracias a su infinita superioridad técnica –disciplina, organización y armamento- se impone sobre las hordas salvajes por numerosas que sean. Porque Etiopía no tenía nada que ver con el resto del África subsahariana. Sus habitantes pertenecían a la antigua raza kushita, de la que habla la Biblia, pues eran de raíz semítica, aunque mezclada con pueblos negros. Negros blancos se les llamaba en los tiempos anteriores a la corrección política. El país había mantenido una identidad milenaria, con una monarquía cuyo origen mítico estaba en Salomón y la reina de Saba. Lo cierto, desde el punto de vista histórico, es que en el siglo II antes de Cristo ya existía un Reino de Axum, que en el siglo IV de nuestra era abrazó el cristianismo, siendo uno de los primeros Estados cristianos de la historia. La Iglesia etíope se ha mantenido con entidad propia hasta la actualidad, y fue un factor para mantener la identidad nacional aun en los tiempos de crisis. En la Europa medieval se hablaba de un personaje mítico, el preste Juan de las Indias, un soberano cristiano de Oriente, que no era otro que el emperador etíope. Cuando en el siglo XIX los europeos emprendieron la dominación del África subsahariana, frente a los sistemas tribales del resto, en Etiopía encontraron una monarquía feudal. En 1868 Inglaterra invadió el país, regido por Teodoro III, al que la prensa inglesa llamó el rey loco. Teodoro había encarcelado a la misión diplomática inglesa, y a numerosos misioneros protestantes, que llegaban a Etiopía pensando que era tierra de infieles. La expedición perseguía no una conquista territorial, sino dejar bien claro que no se podía afrentar al Imperio Británico. Inglaterra estaba en su apogeo imperial, y su ejército superó todas las dificultades hasta llegar a la fortaleza de Teodoro, en Magdala, y conquistarla. El emperador se suicidó de un pistoletazo y los ingleses se retiraron con los rescatados.
Oportunidad italiana
En 1882 Inglaterra ocupó Egipto, pero no quiso distraer más fuerzas en las costas del Cuerno de Magdala, bajo soberanía nominal egipcia. Era la ruta de la India y no podía consentir tampoco que pusiera el pie Francia, la potencia colonial rival, de modo que animó a Italia a rellenar el vacío. En 1885 los italianos desembarcaron en el puerto eritreo de Masawa. El Congreso de Berlín había establecido que “el derecho” de apropiarse de un país africano dependía “del hecho” de ocuparlo efectivamente, más allá de los enclaves costeros, de modo que los italianos comenzaron la penetración. Pronto iban a encontrarse con otro poder en expansión, el del emperador de Etiopía. En 1889 subió al trono el Negus negusti (rey de reyes) Menelik II, un soberano fuerte y unificador que estableció un dominio efectivo sobre los Estados feudales del imperio etíope. Los diplomáticos italianos engañaron a Menelik con un tratado abusivo, pero al darse cuenta lo denunció. La guerra era inevitable. Las hostilidades comenzaron en 1895 y el ejército colonial sufrió una primera derrota en Amba Alagi. Pero eran tropas indígenas poco numerosas (2.500 hombres), así que no les sirvió de lección a los italianos. Formaron un ejército potente de 20.000 hombres, con tropas traídas de Italia y numerosa artillería, y emprendieron la invasión formal de Etiopía.
El cuerpo expedicionario estaba al mando del general Baratieri, un bersaglieri que había participado con Garibaldi en la guerra de unificación de Italia, y estaba formado por más de 17.000 hombres, de los que 10.000 eran italianos y 7.000 indígenas. Baratieri lo organizó en cuatro brigadas al mando de sendos generales. Enfrente, Menelik había logrado movilizar entre 110.000 y 120.000 guerreros, el doble de lo que calculaba el espionaje italiano. Se trataba de un ejército feudal, la suma de las huestes de todos los señores de Etiopía, con un núcleo de unas 35.000 tropas del negus, y llevaban escudos claveteados, espadas curvas y coseletes de piel de león. Aparentemente era un ejército medieval, pero estaba ar- mado con fusiles y tenía casi tantos cañones como los italianos, procedentes de un intenso tráfico de armas en el que participaban los propios italianos. El 29 de febrero Baratieri quiso sorprender al negus, acampado alrededor de Adua, con un avance nocturno que debía situar sus columnas en una posición elevada, dominante sobre el campamento etíope. Al negus no le quedaría más alternativa entonces que un difícil ataque contra una fuerte posición defensiva, o la retirada, que supondría una derrota política.
La batalla
Era una buena idea, pero fue mal realizada, porque las cuatro brigadas, que avanzaban separadas en cuatro columnas, se despistaron en la obscuridad de la noche por culpa de sus defectuosos mapas, perdieron la cohesión y terminaron lejos de las posiciones que les había asignado el general. Menelik estaba oyendo misa en Enda Gabriel a las cuatro de la mañana cuando le trajeron la noticia del avance italiano, e inmediatamente puso en movimiento a sus tropas. A las 5.45 del 1 de marzo la columna de la izquierda, cuyo despiste la había llevado varios kilómetros más allá de la posición debida, se encontró en solitario con el enemigo. Durante dos horas combatió bravamente, pero sin el apoyo del resto del ejército italiano sólo era cuestión de tiempo que la barriesen del campo. Fue aniquilada y su jefe, el general Albertone, hecho prisionero. La columna de la derecha intentó acudir en su socorro, pero el terreno era demasiado difícil para llegar a tiempo, se desorientó y se metió ella sola entre los cuernos de una formación enemiga. Lo único que logró fue encontrarse en las mismas condiciones que la anterior columna, es decir, teniendo que combatir a un enemigo muy superior al esperado en solitario. Fue asimismo destrozada, muriendo su jefe, el general Dabormida. En poco tiempo Baratieri había perdido, casi sin darse cuenta, la mitad de su ejército, con los efectos sobre la moral de la tropa que algo así conlleva. Y lo que es peor, toda su estrategia se vino abajo, porque habían desaparecido las dos brigadas que debían cubrir sus flancos. La columna central fue atacada precisamente por el flanco, muriendo el general Arimondi, y a Baratieri ni siquiera le dio tiempo a desplegar la brigada de reserva que llevaba consigo. La derrota era total y solamente quedaba la huida. Se había perdido no una batalla, sino la guerra.



