Generación X: la revolución que se durmió

06 / 05 / 2011 0:00 MANUEL ASTUR [email protected]
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Veinte años después, queda más bien poco de la generación de jóvenes que nunca quisieron ser héroes y que iban a la deriva.

Han pasado 20 años desde que saliera al mercado Generación X, la novela de Douglas Coupland que dio nombre a todo un fenómeno. En ella reflejaba cómo vivían y qué pensaban los jóvenes occidentales que no habían conocido guerra ni posguerra y que habían crecido con el auge del consumismo; los niños de la sociedad del bienestar, los descendientes de los que habían intentado cambiar el mundo en los 60. El resultado no era precisamente alegre. Una generación a la que Kurt Cobain, líder del grupo Nirvana, dio el pistoletazo de salida y además puso música, estética y sentimientos antes de convertirse él mismo en la metáfora del No Future mediante la bala con la que se suicidó en 1994. Dejó a toda una generación caracterizada por la falta de fe, por ir a la deriva.

Douglas Coupland tiene ya 50 años y los más jóvenes de esta generación están cerca de los 40. Basta ver a algunos de sus protagonistas para comprender qué queda de aquel movimiento lleno de contradicciones pero de gran efervescencia; qué supuso, sobre todo en España; en qué ha derivado y si queda algo de él. Separemos el grano de la paja e intentemos despejar esa ecuación, esa incógnita: esa X tan controvertida que todos sus miembros rechazan.

Triste, sensible, insatisfecho

Hay muchos parámetros para definir a la Generación X pero, simplificando, podemos decir que son los nacidos entre 1968 y 1980, después del baby boom. Personas que vivieron su adolescencia durante la década de los 80 y principios de los 90.

Siempre que se intenta definir la filosofía vital de esta generación hay polémica, pero arriesgándonos a caer en el tópico (que si está ahí es por algo), podemos decir que se caracterizaba por el inconformismo, el rechazo a todo lo anterior -ya fuera Dios, las tradiciones o la familia- el hastío, la apatía y la tendencia a la depresión: nada merecía la pena porque todo era falso. Millones de jóvenes enarbolaron como bandera la idea, plasmada por Douglas Coupland en su novela, de que la vida era un hartazgo. O las célebres últimas palabras de Kurt Cobain en su nota de suicidio, que decían: “Soy el típico piscis: triste, sensible, insatisfecho”.

En opinión de Francisco Fernández, escritor y excantante del famoso grupo de los 90 Australian Blonde: “Tras el fracaso de la izquierda americana en los sesenta, ciertas élites abandonaron la lucha política y se refugiaron en el hedonismo y el cinismo del consumismo (léase Jeff Rubin, o los desencantados del 68). Se suponía que el mercado iba a darle a todo el mundo lo que necesitaba”. Pero no fue así, o al menos no para sus hijos, que veían cómo cuanto más se asentaba el Estado del bienestar, más vacío estaba todo de sentido y más aburrida resultaba una vida en la que, si bien el estómago estaba siempre lleno, el espíritu se moría de hambre. Los hijos de los hippies soñaban con su propio Woodstok y su Verano del amor, pero ya no eran tan inocentes como lo habían sido sus padres; no querían cambiar el mundo, solo querían que los dejaran en paz; que no les obligaran a encajar en un sistema en el que no creían.

En cuanto a arte, es inevitable separar la Generación X de la música: aparte de algunos escritores como Irvine Welsh, Nick Hornby o el ya citado Coupland, fue en la música donde realmente encontraron su lugar. Como apunta Diana Aller, célebre bloguera y ex miembro del grupo de pop Meteosat (al que, por cierto, también pertenecía el polémico Nacho Escolar): “Nuestros padres escuchaban todos la misma música: en los 60, las opciones culturales eran monolíticas”. Por primera vez se vio el tremendo potencial de esta generación, ya que grupos de la llamada escena grunge o independiente como Sonic Youth, Pearl Jam, R.E.M o Nirvana, que fueron creados sin esperanzas de éxito, pasaron, de la noche a la mañana, a vender millones de discos y a llenar estadios. Con sus guitarras distorsionadas, sus letras depresivas y sus largas melenas desbancaron a artistas como Michael Jackson de los primeros puestos de las listas de ventas. Ni ellos mismos se lo creían.

España indie.

La Generación X en España fue especial, ya que tanto artística como espiritualmente tardó algunos años más en fraguar y no fue hasta ya bien entrados los 90 cuando empezó a notarse que algo estaba pasando aquí también.

En nuestro país, la sociedad del bienestar aún no había llegado a aburrirnos y nuestros padres no habían sido, desde luego, hippies. Además, los años 80, al contrario que en otros países, habían sido espléndidos en libertades y utopías y muy fructíferos en el arte. Más que de Generación X podríamos hablar de Generación Indie (herederos de los JASP: Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados) porque, después de tomar nota de lo que estaba ocurriendo en el mundo anglosajón, el arte se liberó, o al menos lo intentó, del corsé del mercado: miles de jóvenes se lanzaron a escribir, a formar grupos de clara influencia británica, a montar discográficas y revistas desde la más absoluta independencia. En opinión de Paco Loco -quizá el productor musical español más importante de los últimos 20 años-, la generación de los 90 era muy culta y con muchas inquietudes, y ya no querían ser rock stars. Esta primera generación de niños de la democracia, mayoritariamente universitarios y de gran nivel cultural, estaba dispuesta a demostrar lo que valía. Además, obviamente, también aquí hubo algún que otro escándalo. Aparecieron jóvenes escritores como Ray Loriga con su novela Héroes, en la que decía, entre otras perlas: “En mis sueños Dios me la chupa”, o José Ángel Mañas que en Historias del Kronen retrataba la vida de unos niños bien madrileños que malgastan su vida (y de paso el dinero de sus padres) drogándose, follando y siendo inmorales. Ambos autores lograron hacerse enormemente conocidos. Pero no fue, ni por asomo, el mismo fenómeno que en el mundo anglosajón, ni hubo grandes aportaciones en el arte, pues no había auténtica rebeldía ni ideales. Según Francisco Fernández, “los indies (españoles) son los nerds que han sido marginados en el instituto de su pueblo y luego tienen la ocasión de la vida universitaria en la gran ciudad, y ahí se vengan de los deportistas y populares”.

Porque, sea la generación que sea, estamos hablando de algo muy antiguo e inherente al hombre: el rechazo a lo inmediatamente anterior para buscar la propia identidad. Como dice Diana Aller: “Todas las generaciones son X”.

En opinión de Enric Montefusco -cantante del grupo catalán Standstill y el más joven de los aquí citados-, “esta dialéctica es inevitable y sana, higiénica; todo se pudre y malbarata muy rápido, cada vez más, y hay que llegar pronto con ideas e imaginarios frescos”. Como apunta, con humor, Roberto Nicieza, también miembro de Australian Blonde y fundador de la imprescindible discográfica independiente Astro: “Mi novia tiene nueve años menos que yo y odiaba a mi grupo porque era el grupo de moda en su adolescencia, que representaba además a los pijos que cantan en inglés y se las dan de modernos... es la vida abriéndose paso”. Por algo el himno de esa generación, Smell Like Teen Spirit (“Huele a espíritu adolescente”), de Nirvana, sigue siendo coreado por los más jóvenes.

La incógnita.

Así pues, ¿existió una Generación X? La opinión mayoritaria es que no: fue un invento de los medios de comunicación para vender revistas, ropa, libros y discos, un filón que cuando se agotó dejaron abandonado. Ciertas actitudes específicas e individuales –piensa Montefusco– a veces se convierten en icónicas y, por lo tanto, en carne de cañón de oportunistas, y al final en referencias manipuladas y simplistas para adolescentes perdidos. El consumismo entró en escena una vez más y consumió, valga la redundancia, a una generación hastiada de consumismo: Kurt Cobain no aceptó su propia fama ni ser líder espiritual de nadie, y terminó con su vida de forma violenta. A los grupos y artistas que, en general, más encajaban en el patrón se les ofrecieron contratos multimillonarios y una fama desmedida que, por lo menos en España, no se vio reflejada en auténtica influencia. Como dice Roberto Nicieza: “Personalmente opino que se encumbraron artistas que no digo que no lo merecieran, pero quizá llegaron a la gente antes de que estuvieran preparados para entretener como lo hicieron sus antecesores”. Demasiado pronto. Y cuando, como es lógico, los auténticos empezaron a escasear, la máquina ya no podía pararse y comenzaron a crearse falsos profetas a la medida de las discográficas, editoriales y revistas: ídolos con pies de barro que nada tenían que decir fuera de una estética y una serie de clichés para seguir vendiendo la marca X. Pura ley de mercado.

Algunos, como Montefusco, opinan que quizá todo esto, la amarga conciencia sobre lo rápido que todo pasa, es una manera de explicar la posmodernidad y el cinismo de la última década. Otros apuntan a que estamos viviendo los últimos coletazos de la Generación X, que aún no ha habido ruptura -en palabras de Nicieza, los nuevos artistas solo se diferencian de los de los 90 en que dan por hecho que no van a vivir de su arte– y que el cambio está a punto de producirse. La situación es insostenible y si bien la Generación X se rebeló contra el capitalismo y el feroz consumismo dándole la espalda, la nueva generación que tiene que venir ha aceptado estas ideas pero será, a la fuerza, mucho más combativa, pues, como apunta Francisco Fernández: “En Las tribulaciones de un chino en China se cuenta la historia de un opulento que, hastiado de la vida, decide suicidarse. Como le falta valor, se lo encarga a un tercero. Pero luego, ante la inminencia de la muerte, ansía vivir. Creo que la crisis que se avecina (y que todavía no ha empezado) hará que el Estado del bienestar se tambalee y entonces la gente saldrá de la apatía. Los nacidos entre el 45 y el 55 se han traído del futuro todo el dinero de los jóvenes que no hemos tenido acceso al poder y que no vamos a poder pagar la hipoteca. Es una verdadera guerra generacional. Se acercan tiempos interesantes”.

Decía Coupland que la vida era un hartazgo y que la revolución solo era posible desde el sillón. Quizá, visto lo visto, los más jóvenes se vayan dando cuenta de que desde el sillón solo se puede ser un esclavo.

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