Estrellas de David debajo de la esvástica
Cuando apenas tenía veinte años, el berlinés WernerGoldberg participó en la toma de Varsovia por parte de las tropas nazis el 1 de septiembre de 1939. Casi nadie sabía entonces que Goldberg era judío.
Polonia, 1 de septiembre de 1939. Corren horas trágicas para la humanidad, pero no para el millón y medio de invasores en uniforme nazi, que tardarán sólo unas semanas en borrar la débil república polaca de la faz de los mapas. A sus 20 años, el berlinés Werner participa de la triunfal Blitzkrieg, la guerra relámpago. En alguno de aquellos días iniciales de la Segunda Guerra Mundial, un fotógrafo militar se acerca al joven y le saca una instantánea. Sus ojos claros, barbilla ligeramente partida, nariz rectilínea y cabello claro configuran un rostro modélico: es la cara de la raza aria. Días después comunican a Werner que su perfil ha ilustrado la portada de un diario, acompañado por un titular: “El soldado alemán ideal”. Quien lo escribió desconocía que Werner se apellidaba Goldberg y que era judío. Regresemos por un instante al presente. Unos 200 miembros del actual ejército alemán practican la confesión hebrea, según datos recientemente publicados por la Asociación de Soldados Judíos Alemanes.
El principal objetivo de esta entidad, fundada en 2006 por el capitán Michael Berger, pasa por honrar a los combatientes hebreos caídos por el káiser Guillermo II en la Primera Guerra Mundial. Entre 1914 y 1918, unos 85.000 soldados judíos defendieron un país en el que ya germinaba el odio antisemita. 12.000 de ellos se dejarían la vida en las trincheras. Pero ni Berger ni su asociación parecen por el momento ocuparse de un vericueto de la Segunda Guerra Mundial espinoso y desconocido a partes iguales: los judíos que -como WernerGoldberg- combatieron en el ejército de Adolf Hitler. Acallada durante seis décadas, sólo en 2003 un libro del historiador americano Bryan Mark Rigg revelaría su verdadera dimensión: unos 150.000 judíos (o mestizos) juraron fidelidad al Führer entre 1939 y 1945. Hasta la publicación de Los soldados judíos de Hitler, los escasos cálculos al respecto manejaban cifras inferiores.
Las leyes de Nuremberg
Con el acceso al poder de Hitler en 1933, el Estado alemán asumió las teorías pseudo- científicas que propugnaban la superioridad de la raza aria. Dos años después, el Gobierno sancionaría las leyes raciales de Nuremberg, un artificio jurídico para discriminar a los hebreos y recortar sus derechos civiles. Así, se consideró judíos a todos aquellos con al menos tres abuelos hebreos y, entre otras restricciones, se les vetó el acceso a la Wehrmacht, el ejército. Sin embargo, los parcialmente judíos, o Mischlinge, sí podrían ser reclutados y no padecerían el exterminio organizado por parte del Estado. “Mi padre ni siquiera sabía que era medio judío”, recuerda hoy para Tiempo el hijo de WernerGoldberg, el “soldado alemán ideal”. “Se enteró cuando llegó al colegio un nuevo director y le expulsó porque su apellido sonaba a judío. Mi padre respondió con sorna: “No sé, tendré que preguntarlo en casa”.
Efectivamente, la familia paterna de Werner era hebrea pero se había convertido al luteranismo antes de que él naciera. Semejante revelación sacudió la cosmovisión de Goldberg que, a sus 14 años, se vio repentinamente transformado en un ciudadano de segunda. Al llegar a la mayoría de edad, sólo vislumbró un resquicio legal para no sentirse extranjero en su propio país: entrar en el ejército. “No pensó en sobrevivir. Solamente quería demostrar que era tan alemán como los demás”, recuerda HansGoldberg. Según el libro de Rigg, entre esos 150.000 uniformes bajo cuya esvástica latía la estrella de David convivían básicamente dos grupos: el mayoritario, formado por ciudadanos cristianos sorprendidos al conocer que la mirada inquisidora del Estado nazi había encontrado en sus árboles genealógicos algún antepasado hebreo, y otro más reducido y dramático, constituido por jóvenes plenamente judíos en desesperada huida del Holocausto. Goldberg pertenecía al primero. Como Helmut Schmidt, un estudiante hamburgués de 20 años, hijo ilegítimo de un comerciante hebreo y futuro canciller de Alemania Occidental.
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O ArnoSpitz, brillante universitario que se enrolaría en la Wehrmacht en 1938 para proseguir sus estudios. “El ejército no era político”, argumenta Spitz, con una lucidez envidiable a sus 88 años. “Hasta que comenzó la guerra, hubo una clara división entre las organizaciones estatales y las del partido. Había buenos alemanes, contrarios a Hitler, entre la oficialidad”, resalta en su villa del sur de Berlín. Un año antes, el padre de Spitz, judío, se había exiliado en Estados Unidos. Arno, educado en el cristianismo, no le siguió. “Pensaba que nada podría ocurrirme. Por encima de mis ideas contrarias a Hitler me consideraba un patriota alemán y en el ejército nadie me preguntó si era medio judío. Nunca fui discriminado”. El joven Spitz se sentía seguro bajo el uniforme de paracaidista, el mismo que le llevaría a Polonia, Dinamarca o la URSS como miembro de unas tropas invasoras. “Jamás combatí en una zona con población hebrea”, se defiende, antes de asegurar que desconocía completamente el curso que tomaba la Solución final: reunida en una mansión del Wannsee en 1942, la cúpula del Tercer Reich organizó minuciosamente el genocidio del pueblo judío.
Un exterminio planificado con frialdad y eficiencia germánicas, como si se tratase de presupuestar una autopista y no de borrar a seis millones de seres humanos de la faz de la Tierra. Es imposible determinar hasta qué punto los razonamientos de Spitz son honestos o conforman un entramado de pretextos diseñados a posteriori. Por un lado, recuerda con emoción su primer pensamiento cuando recibió la Cruz de Hierro por una acción militar -“me acordé de aquellos que acusaban a los judíos de cobardes y me dije: Arno, tú no eres un cobarde”-. Por otro, según él mismo concede, sólo una vez en toda la guerra reconoció en voz alta los orígenes de su padre: al ser capturado por las tropas americanas, en 1945. Este pequeño detalle le permitiría emigrar a los EEUU para escapar de la mísera posguerra. En cambio, Goldberg había abandonado las armas mucho antes. En 1940, se decretó la expulsión de los Mischlinge del ejército, aunque quien quiso, como Spitz, pudo continuar. Goldberg, no: regresó a Berlín y, gracias a eso, pudo salvar varias veces a su padre de ser detenido.
Al final de la contienda, serían los únicos miembros de su familia que sobrevivieron a Hitler. Werner falleció en 2004. Pero el ejército también sirvió de inaudito escondite para adolescentes completamente judíos. A diferencia de los mestizos, los creyentes hebreos -obligados a lucir la estrella de David amarilla bordada en el pecho- fueron masivamente deportados a los campos de exterminio. Así que el motivo de aquellos jóvenes para desfilar al paso de la oca por media Europa no albergaba dudas: resistir a la espera de una derrota del Eje o de cualquier posibilidad de entregarse al enemigo. En total, 12.000 judíos alemanes sobrevivieron; los otros 585.000 censados, no.



