Estas son las letras que leíamos…
Una gran exposición cuenta la historia de la Tipografía española y de letras legendarias, como la Ibarra: es la que encabeza estas líneas.
El asunto empezó escribiendo a mano. Un calígrafo que podía llamarse Juan de Icíar inventaba (o elaboraba a partir de la invención de otros) una letra, lo que hoy llamamos una fuente tipográfica, con todas sus mayúsculas y minúsculas, comas, acentos y signos diversos.
Después llegaba el grabador (como el gran Jerónimo Gil) y, también a mano, con una paciencia y una precisión que casi tenían más que ver con la joyería que con otra cosa, reproducía, al revés y en hueco, esas filigranas sobre troqueles de acero que se llamaban punzones: un punzón por cada carácter, a tamaño real. Eso podía llevar meses y hasta años. Los secretos de los grabadores para templar el acero de sus punzones eran valiosísimos y se usaban sustancias que hacen pensar casi en brujería. Una de las sustancias más preciadas, la templadura, se elaboraba así: “Una libra de pezuñas de buey bien molidas y quemadas, y media libra de piedra pómez” que se molían juntos y se mezclaban con orín humano hasta que se formaba la pasta.
Y los punzones servían para fabricar, cuidadosamente golpeados con un mazo (maceta) sobre piezas de cobre rectangular llamadas terrajas, la matrices de cada uno de los caracteres: esos eran los moldes maestros a partir de los cuales se fundían los tipos, o sea los miles de letras individuales con que se componía un texto de imprenta. Solían estar hechos de plomo y antimonio.
Eso era así o muy parecido en el siglo XVI... y, en términos generales, casi hasta anteayer, hasta la invención del offset y, sobre todo, hasta que cada cual tiene en su casa un ordenador capaz de albergar sencillos programas que permiten a cualquiera inventar una fuente tipográfica entera en dos tardes. Y con tipos escalables, que cambian de tamaño a voluntad. De haberlo imaginado siquiera, a Jerónimo Gil le habría dado un síncope.
¿Cualquiera puede hacer hoy eso? ¿Y en dos tardes? No es tan sencillo. Ésa es la conclusión que uno saca tras ver la magnífica exposición que se inaugura el 4 de diciembre en la sede de la Calcografía Real (en la madrileña calle de Alcalá, donde también tiene su sede la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando) y que pone ante el espectador, puede decirse que por primera vez, la historia de la Tipografía española, desde los tiempos heroicos de los calígrafos y pendolistas (como el joven vizcaíno Icíar, o Francisco Javier de Santiago Palomares) hasta hoy. Son más de cuatro siglos de diseño, en el sentido más noble del término, que explica a Tiempo el comisario de la Exposición. Se llama José María Ribagorda y es, además de profesor de Tipografía, uno de los más reconocidos diseñadores tipográficos de nuestro país, que, gracias a él a y a otros colegas suyos, vive una segunda edad de oro de estas Artes. Porque la primera fue (y a eso viene esta exposición) la de Carlos III, el legendario impresor Joaquín Ibarra, el Quijote de 1780… y una letra bellísima que hoy se llama Ibarra Real.
Es curioso que, como dice el profesor Ribagorda, los primeros avances de la Tipografía española se produjesen, hace cuatro siglos, para imprimir manuales destinados a que la gente escribiese con buena letra… a mano. Lo mismo que los viejos cuadernos escolares en los que todos hemos copiado de niños, bajo un modelo impreso, frases que glosaban lo mucho que nos mimaba nuestra mamá. Y todo para ejercitarnos en escribir bien la letra “m”.
Letras sin nombre.
La letra llamada bastarda española (la primera de la Edad Moderna, y de la cual hay hermosísimos ejemplos en la exposición) se llamaba de un modo tan extraño porque era una desviación –dice Ribagorda– de la famosa cancilleresca italiana, que servía para escribir documentos de la Cancillería Pontificia… siempre a mano, claro está. Pero las letras de tipografía no tenían, en realidad, nombre. El grabador las elaboraba imitando como mejor sabía y podía los modelos caligráficos. Lo que sí tenía un nombre preciso era el tamaño de cada tipo. Así, cuando el memorable Juan de la Cuesta recibe el encargo de imprimir, en 1604, la primera edición de la Primera Parte de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, manda fundir una nueva hornada de tipos llamados Atanasia. Pero ése no es el nombre de la letra, sino de su tamaño. También estaban la Misal, la Breviario, la Parangona, Letura, Non Plus Ultra (la más pequeña) y muchas otras.
Pero los tiempos corrían y las ciencias avanzaban. El gran arquitecto italiano Leone Battista Alberti (que era un sabio integral del Renacimiento) ya se ocupó de establecer que el diseño de las letras de imprenta debía obedecer a unas reglas geométricas estrictas y no al simple buen ojo del grabador. Él estudió, sobre todo, la llamada romana, procedente de la Antigüedad. En España hay personas irrepetibles en la historia de la Tipografía: como escribe el profesor Ribagorda, “Francisco de Lucas inicia el camino (…) que se puebla de nombres fundamentales como los de Pedro Díaz Morante, José de Casanova, Aznar de Polanco o Francisco Javier de Santiago Palomares”, cuyo manual de reglas y muestras de letra, de finales del XVIII, es uno de los hitos en la historia de la Tipografía española. Porque hasta entonces España estaba muy atrás en estas artes. Los ingleses tenían a John Baskerville, creador de una famosa familia tipográfica que lleva su nombre. Los franceses, a Claude Garamond, diseñador de numerosos tipos de letra (uno de ellos por encargo directo del rey Francisco I, la Grec du Roy). Italia disfrutaba de los grandes tipógrafos florentinos, que competían en perfección con los de Amberes. Y en España andábamos, como quien dice, a la cuarta pregunta, buscando quien nos quisiera vender matrices en Flandes o Italia a precios insultantes.
En los tiempos de Carlos III (mediados del siglo XVIII), con los ilustrados a las riendas de la nación y con el florecimiento por todas partes de las famosas Sociedades de Amigos del País, el propio Rey impulsó la creación de la Imprenta Real (1761), auspiciada desde la Real Biblioteca por Juan de Santander. Tenía obrador propio para fundir punzones y matrices. Eso dio un impulso decisivo a la Tipografía española. Aparecen verdaderos maestros hacedores de letras, como Eudald Pradell, Antonio Espinosa o el ya mencionado Jerónimo Gil. También impresores de primer nivel, como Antonio Bordázar, José de Orga, Antonio de Sancha o el mítico Joaquín Ibarra.
Y así se llega a la célebre edición del Quijote de 1780, impulsada por la Real Academia… diríase que en respuesta a la soberbia que había publicado Jacob Tonson en Inglaterra, en cuatro tomos, en 1738. No se reparó en gastos. El papel se mandó hacer en Cataluña, en la fábrica de Joseph Llorens. Se añadieron “estampas, cabeceras y remates”, hechos por “dibuxantes y grabadores hábiles, cuyos nombres se ven en las mismas estampas”. Y, esto sobre todo, “se hicieron tras fundiciones de la letra destinadas precisamente para esta obra, con las matrices y punzones trabajados en Madrid por Don Gerónimo Gil para la imprenta de la Biblioteca Real (…) La impresión se ha hecho en casa de Don Joaquín Ibarra impresor de Camara de S. M. y de la Academia…”
El Quijote de Ibarra, sin duda el mejor que se había editado e impreso hasta entonces desde Cervantes, alcanzó tal notoriedad que acabaría dando nombre a la tipografía con que se compuso: lo que hoy llamaríamos fuente tipográfica de aquel Quijote, una verdadera obra de arte diseñada por Jerónimo Gil, se llama hoy la Ibarra, sin más. O la Ibarra Real: ésa es la letra que el profesor Ribagorda ha recuperado, con paciencia y mimo de grabador de hace cuatro siglos, por encargo de la Calcografía Nacional; esa es la letra con la que se ha compuesto el catálogo de esta exposición; esa es la que, propiedad de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pronto podrá estar en los ordenadores de todo el que la quiera. Es la que podríamos llamar letra española por excelencia.
El propio Ribagorda, con diseñadores gráficos como Mario Feliciano, Andreu Balius, Josep Patau y muchos más, han colocado hoy a nuestro país en la cabeza del diseño tipográfico. Es la segunda edad de oro de este arte que vive en todo el mundo, gracias al ordenador, un resurgimiento que nadie habría soñado hace 40 años. Lo que podrá verse en la sede de la Calcografía Nacional, a partir del día 4, es nada más y nada menos que nuestra historia: cómo se escribió. Y con qué.



