“Ese judío raquítico y degenerado”

13 / 05 / 2011 0:00 Incitatus
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El día 18 de mayo se cumple el centenario de la muerte de Gustav Mahler, uno de los más grandes compositores de todos los tiempos.

A Mahler lo puso de moda en España Alfonso Guerra. Era yo apenas un crío. Cuando la democracia echaba a andar, alguien le preguntó al vicesecretario del PSOE cuál era su músico favorito y él contestó, con toda naturalidad, que Gustav Mahler. Me imagino que el entrevistador replicaría: “¿Quién dice?”, porque eso habría hecho entonces el 90% de los españoles con el bachillerato superior terminado. Algunos ciudadanos, amantes del cine exquisito, habrían visto una joya de Luchino Visconti, Muerte en Venecia, y sin duda contuvieron las lágrimas (o no) con el Adagietto de la 5ª Sinfonía, al que Visconti puso unas imágenes estremecedoras. La versión de Franco Mannino, al frente de la orquesta de la Accademia di Santa Cecilia, era bastante zarrapastrosita, empalagosa hasta el coma diabético, pero qué quieren: era lo que había.

Eso sí, hasta ahí llegaba la riada. Salvo los espíritus puros que habíamos llorado como Magdalenas con aquellos amores mudos e intactos de Gustav von Aschenbach (Dirk Bogarde, genial) y el adolescente Tadzio (Björn Andressen, que no tenía que hacer nada más que estarse quieto y sonreír una vez), sin atrevernos a reconocer que lo que estábamos viendo era puro sadomasoquismo untado en Mahler y en una estética prodigiosa, nadie más había oído hablar del compositor. Salvo cuatro devotos de Radio 2, ya digo. Hasta que llegó Alfonso Guerra y tiró la piedra al charco. Lo mismo que cuando Felipe González, ya presidente, dijo que aquel verano se estaba leyendo las Memorias de Adriano. Las obras de Marguerite Yourcenar se agotaron en las librerías. Este país es así.

Llevar la música al siglo XX.

Con Mahler pasó algo parecido. No tanto, desde luego, porque una cosa es leerte un libro -magnífico- y otra muy distinta ponerte a lidiar tú solo con la Resurrección o la De los Mil (segunda y octava sinfonías, respectivamente), y no hablemos ya de la Novena, que entusiasmaba a Alban Berg, o de la Séptima. Eso era mucho más difícil, pero Guerra había dicho lo que había dicho y el buen Mahler, el atribulado y nervioso y apasionado y despótico y débil Mahler, se convirtió en argumento político, hay que ver. Si bajabas al bar y decías que te gustaba Mahler, zas, eras del PSOE. A la derecha de entonces y a las sucesivas (UCD, AP, PP) les dio por satirizar a Guerra a causa de aquellos gustos –decían, aflautando la voz– tan delicados, sin darse cuenta de que con aquello no estaban haciendo sino dejar al aire las nada limpias posaderas de su propia ignorancia. Mahler se murió el 18 de junio de 1911, es decir, hace ahora mismo cien años, y que aquellos señores tan poderosos y tan atildados apenas supiesen quién era (es más: le tenían por medio maricón, a causa de la película de Visconti) les retrataba a todos cruelmente.

Porque Mahler es uno de los compositores más grandes de la Historia; yo diría, si ustedes me permiten el atrevimiento, que fue quien puso en hora la música del siglo XIX para meterla en el XX y quien acabó virtualmente con la sinfonía como género, porque después de sus nueve inmensas lecciones (la Décima no la terminó, como tantos otros) era dificilísimo hacer o decir nada más, y las sinfonías posteriores han sido, disculpen los militantes de estas cosas, o vueltas atrás, o vueltas en redondo, o experimentos de laboratorio. Y perdonen los guardianes de los sepulcros de Shostakovich, Sibelius, Prokofiev, Nielsen, Martinu, Tippet, Messiaen (qué hermosura la Turangalila) y por ahí seguido, pero es lo que pienso.

Mahler cumple cien años de muerto pero está más vivo que nunca. La prueba la tienen en las salas de concierto y en Radio Clásica. No se está produciendo el mismo fenómeno que en los dos “años Mozart” casi seguidos (1991 y 2006), porque la diferencia de tamaño mediático entre uno y otro es gigantesca, pero es difícil encontrar una programación de un teatro o de un auditorio europeos o americanos que, a lo largo de este 2011 y sobre todo en estos días, no disponga un Mahler para disfrute de los melómanos. Tiene su mérito. Cualquier sinfonía de Mahler, incluso la Primera y la Cuarta, son carísimas de montar, porque la orquestación de Mahler es de una abundancia y una perfección que no están al alcance de todos los bolsillos.

Muchos de ustedes dirán que les gusta más Mozart. Perfecto, eso mismo pensaba Mahler. El más carismático director que ha tenido jamás la Filarmónica de Viena (en su tiempo fue reconocido como batuta más que como compositor) tenía un altísimo concepto de su propia obra, pero cuando había que meter en un mismo programa su Cuarta sinfonía y la 40ª de Mozart, dedicaba unos minutos del último ensayo a repasar algún pasaje complicado de la partitura que él había escrito... y toda la santa tarde a la obra de Mozart, que los filarmónicos de Viena creían saberse de memoria. Esa anécdota basta para dar una idea del respeto que Mahler tenía por la música. Por la buena.

Matrimonio.

Su obra sigue siendo hoy extrema, vehemente, feroz algunas veces, otras de una tremenda ternura y siempre, siempre, de una perfección técnica asombrosa. Es decir, su música era efecto no solo de su tiempo sino de su propio carácter. Lo pasó apasionadamente mal en esta vida. El director teatral Max Burckhard se refirió a él como “ese judío raquítico y degenerado” que, a los casi 42 años, logró casarse con una de las bellezas de la gran sociedad vienesa, Alma Schindler. Además de hermosa era inteligentísima. Mahler la amó despótica, vehemente y exclusivamente. Ella tenía lo que podríamos llamar un corazón muy grande: en él cabía mucha gente, como bien sabían sus maridos (Mahler, el arquitecto Walter Gropius, el escritor Franz Werfel) y sus numerosos amantes, que no tenían que sucederse forzosamente uno tras otro (más bien se simultaneaban cordialmente) y que escogía siempre entre lo mejorcito del mundo del pensamiento y del arte de su tiempo: Klimt, el mentado Burckhard (claro, cómo le iba a caer bien su sucesor), Zemlinsky, Kokoscha, Paul Kammerer... y más vale que lo dejemos ahí, ¿verdad? Lean el libro Mi vida, de Alma Mahler: manipula, se justifica y miente más que Lorenzo da Ponte en su autobiografía, pero son unas páginas deliciosas en las que se puede ver la figura del gran músico mucho más allá de su machismo, de su carácter autoritario y de su tendencia a lo macabro, que es en lo que se ceba su desconsolada viuda.

Mahler, que se instaló en Estados Unidos harto de la Europa de su tiempo, fue repatriado casi manu militari cuando apenas le quedaba aliento: ni Viena ni su Filarmónica iban a consentir que muriese lejos de ellos. Escuchemos su increíble música, por ejemplo la Segunda o los Kindertotenlieder, y comprenderemos bien por qué.

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