El impacto de los festivales

25 / 06 / 2012 15:56 José Manuel Gómez
  • Valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

A pesar de los pesares, las grandes citas musicales del verano se mantienen con algunos recortes, pequeñas disputas domésticas y gran diversidad de propuestas.

JAZZALDIA San Sebastián 19 al 23 de julio de 2012 Sharon Jones, Marc Ribot, Antony & The Johnsons, Monty Alexander... El festival más veterano ha rencontrado su ser al regresar a la plaza de la Trinidad, donde se celebran las mejores citas con el jazz. El baterista Jimmy Cobb recibe el premio Donostia. Por otro lado, el festival se asegura el aire verbenero en los espacios gratuitos donde conviven las últimas propuestas del jazz vinculadas al pop. A destacar la mejor sección rítmica jamaicana, Sly and Robbie, acompañando al pianista Monty Alexander.

Los responsables políticos que apoyan los festivales que se celebran en nuestro país repiten dos palabras mágicas: impacto económico. Ese impacto se valora en varios millones de euros, que varían en función del festival y si se va de hotel o en tienda de campaña. La gente que goza de los festivales consume, y eso hace funcionar el comercio y la economía de las zonas donde se celebran, y activan el turismo. A estas alturas da igual el aspecto de la clientela, si va a restaurantes de muchos tenedores o come de bocata. Antes se llamaba hacer el agosto, ahora son las cifras las que bailan. Todos se han apretado el cinturón ante la situación, pero hay muchas ganas de música.

Hasta el momento el público no se ha retraído en las últimas citas celebradas en junio. El Sonisphere de Getafe se salda con un récord de asistencia, 92.450 personas (20.000 personas más que en la anterior edición). Los culpables, Metallica y mucho rock duro. En Barcelona, el Primavera Sound logró 150.000 personas a pesar de la cancelación de Björk. Impacto económico en la ciudad: 65, 3 millones de euros; en pocos días genera el 0,03 % del PIB catalán, con un 56% de visitantes de fuera de Cataluña. Del pop a la electrónica, el Sónar recoge el testigo en la Ciudad Condal con cifras parecidas. En Vitoria, el Azkena acaba de reunir a los fanáticos del rock.

Algunos festivales han caído, otros nacen y, por asombroso que puede parecer, algunos cultivan la meditación bajo el epígrafe Sonidos desde el silencio, en el que participan Luis Paniagua y Eduardo Laguillo, entre otros (del 26 de junio al 1 de julio, La hospedería del silencio, Robledillo de la Vera). Lo que se conoció como new age ahora exprime el turismo rural, lo macrobiótico y los sonidos sanadores. En el reverso, Rock In Rio, que convirtió un páramo de Arganda en la ciudad del rock y el paraíso de la publicidad. Lejos de horrorizarse, la mayoría de los mánagers del mundo le tienen envidia.

Este año los festivales de jazz de San Sebastián y Vitoria viven en la polémica, porque sus programaciones coinciden en tres días. En las presentaciones públicas sus responsables aguantan el gesto, en privado no son tan amables. Se ha roto un pacto de buena vecindad. La causa esgrimida por Vitoria ha sido no coincidir con las fiestas de San Fermín de Pamplona. La realidad es la disputa de los 260.000 visitantes al País Vasco por motivos culturales durante el mes de julio.

Hubo un tiempo en que los festivales de jazz vascos dependían de los sanfermines y arrastraban masas itinerantes que comenzaban las juergas en Pamplona y, tras cantar el Pobre de mí, se iban hasta San Sebastián para curarse las resacas en uno de los festivales de jazz más veteranos. En 1983 el de San Sebastián batió un récord con más de 12.000 personas de pago en el velódromo de Anoeta para ver a Chick Corea. La capacidad hotelera de la ciudad se congestionaba de tal forma que se habilitaba un frontón anexo para que las masas no durmieran al raso. Aunque aquel concierto fue un buen concierto, estaba claro que el jazz requiere más intimidad y la organización abandonó Anoeta y recuperó los conciertos en la plaza de la Trinidad, la ubicación original. Pero el festival donostiarra seguía teniendo una vocación masiva y, tras asociarse con una marca de cervezas, comenzó a ofrecer conciertos gratuitos en sus playas. De esa forma se diferencian dos clases de público: uno descaradamente burgués, de mesa y mantel (de hotel y restaurante); y otro de bocata, pincho y pensión.

Nadie se libra de la tijera. El festival del Cante de las minas en La Unión, Murcia, ha recortado un 15% su presupuesto, aunque mantiene la mayoría de las actividades. El alcalde de La Unión, Francisco Bernabé, destaca “la austeridad y la optimización del gasto”. “En la edición de 2011 pasaron por La Unión un total de 42.000 personas durante los 11 días que duró el certamen, de forma que el impacto económico es sumamente positivo, pues está garantizado el lleno en alojamientos turísticos, hostelería y comercio en una ciudad de 16.000 habitantes”, afirma.

Los próximos días la muchachada se va de festival. ¿De dónde sale el dinero? Es más que probable que muchos abuelos lo hagan posible.

Grupo Zeta Nexica