Cincuenta años en la carretera

10 / 09 / 2010 0:00 POR DANIEL JIMÉNEZ FOTOS: MANUEL DÍAZ DE RADA
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Los Pekenikes, el mítico grupo de los 60, siguen tocando y viajando en furgoneta. Tiempo ha compartido con ellos su última gira. Esta es la crónica de 24 horas on the road.

De camino a casa de Félix Arribas, batería del grupo, Juan cuenta la primera anécdota de una serie casi infinita. “Hay una vieja leyenda, alimentada por un chiste de Forges, que asegura que todos los españoles mayores de 50 años han conocido o tocado con algún miembro de los Pekenikes”. No se trata de una mera exageración si tenemos en cuenta que este grupo madrileño lleva más de medio siglo en activo, tocando y girando por toda la geografía española, solos o en compañía de artistas como Las Bácaras, Rocío Jurado y Albert Hammond. Además, como todo el mundo debería saber, Los Pekenikes actuaron de teloneros en uno de los dos únicos conciertos que los Beatles dieron en España.

Llegamos al punto de encuentro y, en pocos minutos, la furgoneta está hasta arriba de personas, instrumentos, trajes. Además de Juan y Félix, la formación actual del grupo la completan Ignacio Martín Sequeros, bajista y único miembro que queda de la primigenia formación; Manolo Más Ayensa, violinista y flautista, el mayor del grupo; Vicente Gasca, trompetista de baja a la espera de una operación, pero que aun así viaja con el resto del grupo; y José Vicente Losa, guitarrista ausente de esta gira porque tenía compromisos previos con Los Brincos, el grupo que en su día rivalizó con Los Pekenikes por el membrete de mejor banda nacional. Para dar crédito a la leyenda, a este grupo oficial hay que sumarle cinco músicos de acompañamiento que también subirán al escenario: Pepe Troya, Miguel Ángel Egido, Paco Gómez, Nacho de la Rosa y Mika Selander. Todos ellos, más dos técnicos de sonido, Javier y Marcos de Ben, somos hoy compañeros de viaje. Son más de las 11 cuando enfilamos la nacional 1 rumbo a Bilbao.

Tres generaciones unidas. El ambiente dentro de la furgoneta es tranquilo pero indescifrable. Las conversaciones se cruzan. Los móviles suenan. La radio emite melodías modernas que nadie escucha. Los recuerdos se reviven y quizá también, como siempre que se recuerda algo ocurrido hace tanto tiempo, se reinventan. Los músicos acompañantes, que rondan la cuarentena, preguntan irónicamente qué hace un chico joven en medio de los venerables sexagenarios. Todos sonreímos. Somos tres generaciones unidas por el amor a la música.

A las dos horas hacemos la primera parada. Echamos gasolina. Tomamos café. Fumamos. Manolo, que fue operado de la garganta hace tres años por culpa del tabaco, bromea: “No entiendo por qué la gente fuma”. Ignacio afirma, orgulloso: “La mejor decisión que he tomado en mi vida ha sido dejar de fumar”. Volvemos a la carretera. A las 14.30 horas estamos comiendo en un restaurante de la autopista hacia Bilbao. Mika, acaso el más dicharachero de la expedición, recuerda la primera vez que tocó con Los Pekenikes. Al terminar la actuación fueron a tomar una cerveza y cada uno de ellos empezó a relatar los malestares provocados por los achaques de la edad. Operaciones de todo tipo, dolencias, prohibiciones. No beber. No fumar. No tomar sal. No olvidar la medicación. “Bueno -le dijeron- y tú ¿qué es lo que tienes?” Mika respondió: “¿Yo? ¡Miedo!”.

El resto del viaje transcurre sin incidentes. A las 5 de la tarde llegamos a Bilbao. Descargamos la furgoneta y preparamos el escenario para la prueba de sonido. La acústica de la carpa instalada en la plaza de Doña Casilda para celebrar la Semana Grande, en la parte alta de la ciudad, resiste como puede las embestidas de una veintena de instrumentos de viento, percusión y cuerda. Antes de la cena hablamos con Ignacio y hacemos un repaso a la historia de la banda.

Pasado, presente y futuro.

“El grupo empezó a gestarse en el año 58, en el Ramiro de Maeztu, donde estudiábamos los hermanos Sainz y yo, pero no se formó oficialmente hasta el 19 de marzo de 1959, cuando en un programa de Radio Nacional nos bautizaron como Los Pekenikes. A nosotros nos pareció bien y para que el nombre cupiera en el bombo lo escribimos con dos K”, puntualiza Sequeros. “A mediados de la década de los 60 nos quedamos sin cantante y decidimos convertirnos en un grupo instrumental; y a principios de los años 70 se consolidó la agrupación actual”. Desde entonces, y hasta hoy, no ha pasado un solo año sin que Los Pekenikes hagan una gala. Aunque su discografía es extensísima y comprende más de 175 canciones, el grupo publicó su último disco, Diáspora, en 1996. En 2010 han aumentado los rumores sobre la aparición de un nuevo álbum a pesar de que, como apunta Ignacio, “hacer discos ya no es un negocio; es una forma más de hacer publicidad”. ¿Será así en el futuro? “El futuro es el presente –añade el bajista-. Estamos tocando, seguimos tocando, y existe la posibilidad de grabar un disco en directo y dedicar el otoño a hacer una gira por toda España”.

Hasta que eso ocurra, todos los miembros del grupo se dedican a otras actividades relacionadas con la música. Félix tiene un estudio de grabación; Ignacio escribe en una revista; Juan es profesor. “Las cosas han cambiado muchísimo –rememora Ignacio-. En nuestros inicios nos construimos nuestras propias guitarras eléctricas, usamos los primeros aparatos eco, fuimos el primer grupo instrumental español que utilizó el sintetizador Moog, un instrumento complicadísimo en aquellos tiempos. Hoy, en cambio, el negocio de la música se ha transformado y seguirá transformándose. Pero, por suerte, la música nunca va a desaparecer”.

Son las 9 de la noche. Cenamos en un restaurante de la zona. Mientras Ignacio muestra las fotos de la anterior gala en Murcia, Vicente recuerda una época de su vida en que tocaba 10 veces al día durante tres cuartos de hora con un descanso de 15 minutos, en los cuales aprovechaba para dejarse querer por las norteamericanas que acudían a sus conciertos.

Antes de la actuación nos encontramos con Sergio Gómez, un joven admirador de Los Pekenikes. En pocos minutos nos cuenta otra docena de anécdotas. Habla de películas en las que aparece el grupo (Los chicos del Preu, Escuela de enfermeras); menciona una edición americana del archifamoso disco Hilo de seda; refiere la vez en que el general Perón regaló a Ignacio el primer bajo Fender que se compró en España. Antes de despedirnos, Gómez argumenta: “Grabar el festival de Jazz de San Sebastián está muy bien, pero ¿por qué no hay aquí una cámara de La 2 para filmar?”.

El espectáculo debe continuar.

A las 11.30 de la noche comienza el espectáculo. La expectación creada es grande. Dentro de la carpa y en los alrededores se dan cita varios centenares de personas. Mariano Gutiérrez, representante del grupo, lo explica de esta forma: “La variada orquestación y la amplitud de timbres sonoros siempre sorprenden al público. También la fusión de estilos musicales, que pasan del funky al rock, del jazz al clásico y del pop al folclore. Por eso este concierto es algo único, una experiencia verdaderamente inolvidable”. Decenas de personas contoneándose al ritmo de la música dan fe de esta afirmación. Entre ellos hay abuelos, hijos y nietos unidos por y para el disfrute de la buena música.

La lista de éxitos que interpreta el grupo es interminable. Hilo de seda, Embustero y bailarín o Frente a palacio enternecen a los oyentes. Canciones como Cerca de las estrellas y Palomitas de maíz, reconocidas por los jóvenes que las escuchan en las sesiones de los Dj más modernos, estimulan a los espectadores, que se agitan con el charleston Felices 20 y se emocionan cuando el grupo anuncia que ha recuperado para el directo Los cuatro muleros, otra canción popular convertida en hit por Los Pekenikes. El virtuosismo de los intérpretes subidos en el escenario queda patente en los solos de saxo, de flauta, de bajo y de batería que jalonan la actuación. La versatilidad del grupo es inagotable. También lo es su energía, como queda patente en las versiones de Eleanor Rigby, de los Beatles, y en las más recientes composiciones, como Dolores y Viento del sur. La última canción, el conocido Zorongo gitano de Lorca, cierra un concierto excelso y hermoso. Cuando se encienden las luces varias parejas están besándose, saboreando una y otra vez el candor de la nostalgia.

Es la 1.30 de la madrugada. El concierto ha terminado y ha empezado el cansancio. Una docena de seguidores se acerca al camerino para saludar a sus mitos. En menos de una hora el escenario está vacío y la furgoneta está otra vez llena. Nada de fiestas y altercados en hoteles de lujo. Nada de sexo, drogas y rock and roll. Sólo carretera y manta. Volver. Con la frente marchita. Las nieves del tiempo. Juan dice: “¿A quién le toca conducir?”. Nadie responde, así que se coloca otra vez al volante. Veinte, 40, 60 años no son nada. La música no termina porque se acabe el concierto. El espectáculo siempre debe continuar. Nos subimos a la furgoneta. Volvemos a casa.

¿Os acordáis a los 40?

A las 3.30 somos dos luces blancas deambulando entre montañas oscuras. Después de referir entre risas varias anécdotas más sobre la actuación de esta noche, los músicos se quedan en silencio. A las 5 de la madrugada paramos para tomar un café. “La vida pasa muy deprisa -dice Ignacio-. Cada vez más. ¿Os acordáis cuando teníamos 40 años?” A las 7 de la mañana empieza a clarear. A las 8 ya es de día. Alguien se levanta y pregunta: “¿Cuánto queda?”. El sol arde en el cielo de Madrid la mañana del último domingo de agosto. Descargamos la furgoneta en casa de Félix. Los Pekenikes se despiden, por enésima vez. “¿Cuándo volvemos a actuar?”, pregunta Mika. Juan, el técnico de sonido y yo llevamos la furgoneta a Vallecas. Son las 10 de la mañana, la temperatura es de 25 grados y la carretera está desierta.

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