Al diccionario se le acaba el papel

18 / 09 / 2014 Javier Memba
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El Diccionario de la Lengua Española que publica la Real Academia llega a su edición número 23... y se enfrenta a un futuro lleno de cambios.

Como colofón a los actos de conmemoración del III centenario de la Real Academia Española (RAE), iniciados el pasado año, el próximo 21 de octubre se pondrá a la venta la 23ª edición de su Diccionario de la Lengua Española (DRAE). Una vez más, la obra será editada por Espasa Calpe, como sucede desde 1925. En esta ocasión, el número de artículos es de unos 93.000, 5.000 más que en la edición anterior de 2001 y aproximadamente el doble de los aparecidos en la primera edición, la de 1780. Culmina con esta nueva entrega un trabajo por parte de los académicos que se remonta hasta el día siguiente a la presentación la 22ª edición.

Como también es habitual, han despertado mucha controversia los neologismos incluidos en las 2.400 páginas (en un solo tomo) que tendrá la obra. Entre ellos se encuentran voces como “precuela”, “hipervínculo” o “cortoplacismo”, palabras todas ellas de uso tan común como reciente. Hasta ahí todo entra dentro del interés que siempre despierta cada nueva edición del texto que “limpia, fija y da esplendor” a todas las voces de nuestro idioma que aparecen en él. Pero lo que sí es totalmente nuevo es la inquietud surgida ante la probabilidad de que esta vigésimo tercera sea la última edición en papel del diccionario. El pasado 14 de marzo, cuando José Manuel Blecua, director de la RAE, entregó el texto a sus editores (en un soporte electrónico, conviene subrayar esto), el también académico Pedro Álvarez de Miranda –director del diccionario junto a Elena Zamora, directora técnica de la obra– manifestó sus dudas sobre la continuidad del texto en forma de libro. “Dependerá de la respuesta comercial –declaró entonces Álvarez de Miranda–. Evidentemente, todo indica que el futuro se inclina hacia lo digital. Para muchos jóvenes, parece que lo que no está en la Red no existe”. Acaso para que no se estremeciera ninguno de los cientos de valiosos volúmenes atesorados en la sala Dámaso Alonso, donde tuvo lugar la entrega, Darío Villanueva, el secretario de la RAE, se apresuró a puntualizar que “la Academia no es libricida en modo alguno y seguirá haciendo un libro que es el diccionario”. A renglón seguido, Villanueva aludió a una de las paradojas de nuestro tiempo: “Hoy en día se publican más libros que nunca en la historia de la humanidad”.

En efecto, los profetas que anunciaron la muerte del libro se han equivocado. Basta con visitar cualquier librería y detenerse en sus mesas de novedades para rendirse ante la evidencia de que hoy se publican más libros que en cualquier otra época. Nunca ha habido tantas editoriales como en nuestros días. Pero no es menos cierto que las tiradas de sus novedades nunca habían sido tan reducidas. Limitándonos al DRAE, los 45 millones de consultas que registra al mes su versión online no tienen ni punto de comparación con las ventas del libro. Ni siquiera el éxito que, mediados los años 90, supuso la primera edición de bolsillo de la obra, económica y en dos tomos, se acerca a las consultas informáticas. Mucho más atenta al signo de los tiempos de lo que se le imagina, ya hace nueve años que la RAE colgó en su web el DRAE. Dada la gratuidad y la comodidad de las consultas por el nuevo procedimiento, los millones de usuarios llegaron con rapidez. El texto ha empezado a ser consultado mayoritariamente en su versión online. El mismo director de la RAE lo reconoce: “Es muy probable que sea así, y la mejor prueba de ello son esos más de 40 millones de consultas mensuales que llegan a nuestro diccionario en Internet. Eso no quiere decir que el acceso a las ediciones impresas haya desaparecido. Por fortuna, creo que son dos opciones que contribuyen, cada una a su modo, a satisfacer el interés de los hispanohablantes por conocer mejor su lengua”. El escritor José María Merino, silla m de la casa, también tiene sus dudas: “¿Quién puede saber si esta será la última edición en papel del diccionario? Lo cierto es que este tipo de libros en papel parece que tiene un destino dudoso, porque el espacio cibernético es mucho más amplio y hasta accesible, pero no me atrevo a asegurar que la edición vigésimo cuarta carezca de muestras en papel, siquiera sea como símbolo de una tradición tricentenaria...”.

Si además se consideran las posibilidades de hipervínculos a la Nueva gramática de la lengua española y a la Ortografía que la versión en línea ofrece, no hay lugar a dudas. Todo parece indicar que en el futuro se invertirán los términos y el DRAE, básicamente, será electrónico.

“Lo digital proporciona oportunidades magníficas a los diccionarios –estima Villanueva–. Nosotros en modo alguno suscribimos que la siguiente sea la última edición en papel. Seguimos pensando que habrá un tomo. Pero estamos seguros de que el orden va a cambiar. De la versión gutemberiana pasaremos a una obra concebida en plataforma digital”.

En esa misma idea abunda Blecua: “Es impredecible, pero lo más probable es que las ediciones impresas y electrónicas de los libros coexistan durante mucho tiempo todavía. Me parece muy arriesgado decir que esta será la última edición del diccionario de la RAE en papel”.

Pese a que esta edición ya tiende a potenciar las herramientas digitales, “es la última de la serie que se inició con la fundación de la Academia”, ha anunciado el secretario de la casa. “Sigue obedeciendo a la conceptualización de los primeros diccionarios. La planta o estructura ha sido muy estable desde el Diccionario de Autoridades, en 1726”.

Quién iba a imaginar entonces, cuando el marqués de Villena y los primeros académicos llevaron a la imprenta el primer diccionario, que en el simposio anunciado con motivo de la próxima edición de ese mismo texto participarían firmas tan prominentes del mundo digital como Microsoft o Amazon.

Pero los gigantes informáticos acudirán para explicar sus métodos de trabajo y crear sus propios diccionarios, que no para llevar a cabo el DRAE. La Real Academia cuenta con su propio equipo de informáticos. Además, la elaboración del diccionario online no es especialmente costosa. Así que todo parece indicar que el DRAE en papel quedará como algo testimonial, casi un objeto de culto. Sobre este punto, Blecua puntualiza: “En las ediciones impresas hay amor al libro, sin duda, pero no podemos obviar el hecho de que siguen vendiéndose aún muchos volúmenes en papel. Hoy por hoy, el libro electrónico, que ofrece enormes ventajas y es muy recomendable, no ha desbancado al impreso”.

Otro dato: la RAE –que ha visto reducidos en un 70% los fondos públicos con que contaba– tiene una de sus principales fuentes de ingresos en las ventas del diccionario impreso. Pero los responsables de la casa aseguran que su estado financiero no es tan alarmante como el de otras instituciones culturales que han visto reducidas sus subvenciones en proporciones similares. Mucho menos circunspectos de lo que se les imagina, incluso consideran la posibilidad de incluir publicidad en la versión en línea para sufragar sus gastos.

Corrección política.

Desde su entrega a la editorial hasta el momento de llevarlo a la imprenta, se han estado corrigiendo las pruebas del que pudiera ser el último DRAE en libro de papel. Eso se viene haciendo desde 1726. Desde mucho antes, desde que la RAE abrió en su web una sección de consultas lingüísticas, se reciben quejas sobre el machismo, el racismo o cualquier otra inconveniencia de las acepciones. En efecto, la censura del texto en aras de la corrección política de nuestros días es el segundo de los asuntos a los que se le dan más vueltas desde que la Academia estableció una comunicación directa con los hispanohablantes. Muchos de ellos se muestran convencidos de que la RAE, al ser una Academia, está obligada a dar un carácter moral a cuestiones meramente técnicas.

“Ni se ha ejercido ni se debe ejercer ninguna censura ni desde el punto de vista de la lengua ni del de la ciencia –explica José María Merino–. Los depositarios y usuarios del léxico son los hablantes, y a ellos les corresponde, en cualquier caso, dejar de utilizar las palabras o expresiones que, por cualquier razón, deban abandonarse. Pero mientras determinadas palabras sigan vivas, la RAE no puede eliminarlas del diccionario. Sería una censura contradictoria con la función de la propia RAE”.

En términos muy parecidos se expresa Álvarez de Miranda, quien durante el acto de entrega del texto recordó la “sorprendente petición” de un abogado que pretendía que el DRAE “recogiera un significado insultante de la palabra ‘moro’. Si eso se hiciera habría otros que lo reprocharían ferozmente”. Otro académico, Arturo Pérez Reverte, ha polemizado mucho sobre dicho término en sus tuits y en sus artículos. Darío Villanueva se muestra conciliador a este respecto: “La RAE no inventa, promueve o publicita palabras. Recoge las que existen con un nivel de uso intenso y amplio. Eso quiere decir que en el diccionario están las palabras que sirven para seducir, pero también las que sirven para insultar porque el idioma es un instrumento de los seres humanos que sirve para lo bueno y para lo malo”.

Sería por tanto una censura intolerable que solo aparecieran las palabras políticamente correctas. Otra cosa es, como el propio Villanueva considera, dejar constancia en las definiciones de la inconveniencia de lo definido. Por lo demás, el criterio para incluir nuevas voces, como explica José María Merino, no es otro que su “uso generalizado, su suficiente implantación. Hay palabras efímeras, sobre todo en el terreno de las nuevas tecnologías; por eso hay que esperar a que se incorporen realmente al habla común para incluirlas. Si queremos que una palabra nueva entre en el diccionario, usémosla con insistencia a lo largo del tiempo”.

El libro podrá agonizar, pero más de 300 años después de sus primeras reuniones, el trabajo de los académicos que elaboran el DRAE (en el que ahora colaboran todas las academias hispanoamericanas) sigue siendo el mismo. Fijan, limpian y dan esplendor. Cuidan de la salud del idioma.

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