50 años de James Bond no son suficientes
El próximo 5 de octubre se cumplen 50 años del estreno de Agente 007 contra el Doctor No, la primera película de la saga más larga de la historia del cine.
La primera vez que James Bond apareció en una pantalla de cine vestía un elegante esmoquin y fumaba mientras acumulaba ganancias en la mesa de un casino. “Admiro su suerte, ¿señor...?”, preguntaba sugerente la actriz Eunice Gayson, cuyo personaje se había presentado segundos antes como “Trench, Sylvia Trench”. “Bond, James Bond”, respondía Sean Connery con estudiada galantería en aquella escena fundacional. La expresión se convirtió en lugar común: los seis actores que han interpretado al agente secreto han pronunciado esa fórmula, que se ha erigido en epítome del mito. El 5 de octubre se cumplen 50 años del estreno en Londres de Agente 007 contra el Doctor No, la primera entrega de la saga oficial de James Bond, la más larga de la historia del cine. Ni Ian Fleming, creador del personaje y autor de las novelas que recogen sus imposibles aventuras –y que murió dos años después de ver su sueño estampado en celuloide–, podría imaginarse que su legado se extendería en el tiempo hasta llegar a nuestros días. Pero aquí está, dispuesto a desbaratar los planes de cualquier criminal o banda organizada durante otros 50 años. Bond sigue en forma y prueba de ello es que el próximo 23 de octubre se estrena su 23ª entrega, Skyfall, dirigida por Sam Mendes (American Beauty, Camino a la perdición) y protagonizada por Daniel Craig y Javier Bardem.
“La distancia entre la locura y la genialidad la determina el éxito”, sentencia el magnate de los medios de comunicación Elliot Carver, el villano al que se enfrenta el James Bond de Pierce Brosnan en El mañana nunca muere. Y la afirmación, casi un axioma, podría aplicarse para entender la repercusión de la saga del agente con licencia para matar.
Ningún productor en su sano juicio podría pensar en que una saga llegaría a mantenerse viva cinco décadas a pesar de cambiar hasta seis veces al actor que interpreta al protagonista. A pesar, también, de que su universo exige a los espectadores una perpetua suspensión de la incredulidad: giros narrativos insensatos, escenas de acción imposibles, artefactos increíbles, villanos inimaginables. Pero Bond va más allá de la lógica: su linealidad la determinan las fechas de estreno, no los argumentos. Solo hay dos títulos con continuidad directa entre sí: los dos últimos hasta la fecha, Casino Royale y Quantum of Solace. Todas las demás son atemporales y se pueden contemplar en cualquier orden. Hemos visto a Bond casarse -en Al servicio secreto de su Majestad, la única película que interpretó el modelo australiano George Lazenby-, pero nunca le veremos morir. Porque la saga es rentable, por supuesto, y porque un mito es inmortal. Y sobre esa certeza se sostiene el relevo de los actores. Cada reencarnación es una reinvención del personaje, una nueva forma de entenderlo y de ajustarlo correctamente en el contexto -la Guerra Fría, el narcotráfico, el terrorismo internacional-.
El público y la crítica.
Los 22 títulos que componen la saga oficial de James Bond -que excluye títulos apócrifos como la sátira Casino Royale (1967) y el remake de Operación Trueno, nunca digas nunca jamás (1983), producido por Sean Connery- son una colección de películas irregulares que han complacido siempre al público, pero no tan asiduamente a la crítica. El último Oscar -de un total de dos- que bendijo a la saga fue el de los mejores efectos visuales de 1965 a Operación Trueno, y la última nominación -de siete-, en 1981 con Solo para tus ojos. No obstante, los 22 títulos -hasta la fecha- representan en sí mismos un recorrido por los últimos 50 años de la historia del cine que aglutina técnicas y tendencias artísticas.
Las películas de Connery establecen un canon de cine de espionaje que coquetea con la ciencia-ficción kitsch de los años sesenta. Con Roger Moore, los filmes se empapan de aventuras y comedia ligera. Timothy Dalton representa al agente más oscuro y violento, en la estela del cine de acción de los últimos años de los ochenta. El Bond de Pierce Brosnan moderniza la saga, los enemigos se actualizan y la venganza mueve al personaje tanto como el leal servicio a la Reina. Y el actual, Daniel Craig, es el agente más factible: letal, pero vulnerable -se asoma a la muerte-, contagiándose del nuevo canon de acción hiperrealista que establece otra saga, la del desmemoriado Jason Bourne.
En Operación Trueno, el villano Emilio Largo, número dos de la organización criminal Spectre (Ejecutivo Especial para Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión, en español), a la que se enfrenta recurrentemente Bond en la saga, pregunta: “¿Sabe mucho de armas, señor Bond?”. La voz de Connery responde: “No, pero sé un poco de mujeres”. Bond es una proyección idealizada del hombre que se ha ido amoldando a los tiempos. Se ha desprendido con los años de ese machismo que caracterizaba al personaje de los primeros filmes y al mismo tiempo se ha adaptado a los cánones de belleza. Del pecho hirsuto de Connery hemos llegado al pectoral depilado y musculado en el gimnasio de Craig. Pero las características del personaje, que le erigen en modelo de masculinidad, apenas se han modificado: sofisticado, elegante, pulcro, inteligente, ingenioso y, por supuesto, mujeriego.
Las chicas Bond también han cambiado. Desde la mujer florero encarnada por Ursula Andress en Doctor No -presentada convenientemente en biquini para ser finalmente rescatada por el héroe- a la sofisticada sensualidad representada por la ucraniana Olga Kurylenko en Quantum of Solace: inteligente, hermosa y letal. Entre la primera y la última, varias decenas de mujeres fatales que tratan de seducir o de asesinar al héroe -o ambas cosas a la vez-, entre las que destaca un momento que es ya historia del cine: Halle Berry, con un biquini naranja que deja poco espacio a la fantasía, emerge de las aguas del Caribe cubano -en una secuencia que fue rodada en Cádiz-.
Todo parece indicar que Bond nos sobrevivirá a todos y seguirá fiel a la Reina, luchando contra el Mal. Una curiosidad para justificar este pronóstico: Craig es el primer Bond nacido después del primer Bond (el de Connery). Es parte del acervo cultural británico y su lealtad al servicio de Su Majestad se renovó hace apenas dos meses, en la ceremonia de inauguración de los Juegos de Londres. En las pantallas del estadio se proyectó el cortometraje Happy and Glorious dirigido por Danny Boyle, en el que Craig, enfundado en el esmoquin bondiano, acudía al palacio de Buckingham para recoger a la reina de Inglaterra -la auténtica- y la subía a un helicóptero en el que recorren la capital británica. La pieza audiovisual concluía con ellos dos -obviamente, dos especialistas- lanzándose al coliseo olímpico en sendos paracaídas estampados con la Union Jack mientras sonaba el archiconocido tema de 007, arreglado por John Barry.



