Qué supone para África el comercio de ropa usada

09 / 12 / 2016 Anna Kerber, Columbus Mavhunga y Sarah Lena Grahn (DPA)
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El mercado Gikomba de Nairobi, uno de los mayores lugares para la compraventa de ropa de segunda mano en África oriental. 

Lucy Wangoi va dos o tres veces por semana al mercado de Gikomba, a las seis de la mañana. Compra por uno o dos dólares prendas que luego vende en el mercado Toi, al otro extremo de la ciudad

Los comerciantes llevan grandes carretas de madera llenas de textiles usados empaquetados a presión en unos embalajes de plástico de unos 45 kilos. Entre los locales, estos paquetes tienen nombre propio: mitumba. En suahili significa algo parecido a fardo. 
Cuando estos paquetes de ropa llegan a África hace tiempo que pasaron de ser una donación a convertirse en mercancía. El comercio de mitumba es un gigantesco negocio con muchos detractores, pues debido a la exportación de textiles usados a los países en desarrollo, los productores locales pierden sus opciones de venta y acaban quebrando o destruyendo puestos de trabajo. Al menos, así se veía en los años 90. Desde entonces, los expertos apuntan a otro tipo de consecuencias. 
David Irungu recibe mensualmente dos cargas de camión con unos 630 mitumbas cada una. El comerciante paga aproximadamente unos 85 dólares por fardo, que luego vende en el mercado de Gikomba a unos 106 dólares. Con ese margen tiene que pagar entre otros a sus diez empleados y, sobre todo, las tasas a la importación de la carga: el Gobierno keniano recibe más de 10.600 dólares por cada una. 
La mercancía que le llega a Irungo proviene principalmente de Estados Unidos, Canadá y Alemania. En la localidad germana de Bitterfeld-Wolfen tiene su sede el grupo Soex, que afirma ser el líder del mercado en venta y reciclado de textiles usados. Alrededor de 700 trabajadores se encargan de evaluar y ordenar diariamente hasta 400 toneladas de ropa y zapatos, equivalentes a entre 20 y 30 camiones. 
En Nairobi, Lucy Wangoi va dos o tres veces por semana al mercado Gikomba, a las seis de la mañana. Compra por uno o dos dólares prendas que luego vende en el mercado Toi, al otro extremo de la ciudad. "Examino cada prenda", afirma. Francis Muthaka negocia con calzado que compra en el mercado de Gikomba. Y en Asia: unas tres veces al año viaja a China a por nueva mercancía, pero la calidad no es comparable a la europea, afirma.
Las exportaciones baratas procedentes de Asia dominan desde hace tiempo el mercado textil en el continente. "La falta de capacidad competitiva frente a los fabricantes asiáticos se está convirtiendo en uno de los principales problemas de la economía textil africana", afirma Thomas Ahlmann, portavoz de la asociación Fairwertung, una red alemana sin ánimo de lucro de recolectores de ropa usada. Y a ello se suma la falta de poder adquisitivo de la población.
En Zimbabue la importación de textiles usados está prohibida, aunque en la práctica no lo parezca. En torno a tres millones de los alrededor de 14 millones de habitantes del país depende, según la patronal, del comercio de mitumba. "Sólo hemos sabido de la prohibición por los periódicos", afirma Susan Maka, que vende calcetines y ropa interior en un puesto del mercado de Mupedzanhamo, en Harare. Por menos de cinco dólares uno puede adquirir allí ropa para toda la familia, añade.
He aquí las consecuencias positivas del negocio de la ropa usada: del comercio con mitumba depende toda una industria y varios miles de puestos de trabajo, desde comerciantes a empresas de transporte, costureros y trabajadores temporales. Para quienes tienen menos recursos, estos textiles de segunda mano suponen además la mejor opción para vestirse. "La mercancía usada es moderna, la calidad es buena y los precios son bajos".
Y es que según Fairwertung, el comercio de jerseys y pantalones donados no es algo reprochable. "Las donaciones superan con mucho las necesidades alemanas, incluso teniendo en cuenta la ayuda a los refugiados", afirma Ahlmann. "Además, estamos detectando que la demanda de ropa de segunda mano está creciendo a nivel mundial", añade. A través de su venta, muchas organizaciones sin ánimo de lucro obtienen los ingresos necesarios para su funcionamiento. De este modo, cada prenda que se dona apoya directa o indirectamente fines sociales.

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