La basura en Río de Janeiro

04 / 08 / 2016 dpa
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Gramacho es un lugar raro. Es peligroso, es una catástrofe ecológica, pero además genera energía. Es una parte de la ciudad que turistas y participantes en los Juegos Olímpicos nunca llegarán a ver. Aquí se descarga una gran parte de la basura generada en Río de Janeiro. 

En Gramacho se puede apreciar uno de los problemas elementales de la Villa Olímpica: la falta de control estatal lleva a que la recogida de basura y de sustancias tóxicas se haga de forma ilegal. Y eso tiene como consecuencia la contaminación de las aguas y otros delitos ambientales.
Unos pocos kilómetros detrás del aeropuerto internacional sale un desvío de la avenida de tres carriles. En principio, todo se ve normal. Una pequeña ciudad, calles asfaltadas. Pero también hay una favela con unos 40.000 habitantes, que viven en su mayoría del negocio de la basura. Tras aproximadamente un kilómetro hay que salir a la izquierda. Se trata de un desvío a otro mundo, criminal e ilegal.
Calles de tierra polvorientas, coches destartalados a ambos lados, heladeras viejas. Y casillas miserables. Los carreñeros observan desde los árboles. La zona es controlada por la mafia de la basura de Río. Es enorme. Hasta aquí llegan de noche los camiones cargados con residuos de contenido desconocido. Aproximadamente la mitad de la basura recogida ilegalmente va a parar a este lugar.
Para descargar un camión sólo hay que pagar unos 44 reales. A pie se pueden recorrer las montañas de basura quemada. También por aquí hay buitres entre los restos de basura. Trabajadores empleados por el "patrón", en general vecinos, buscan a ver si pueden encontrar algo que se pueda convertir en dinero. Todo bajo el control de los que dominan la zona. No es posible, por ejemplo, tomar fotografías sin autorización.
Aquí vive Bruna, que no quiere decir su apellido. Lleva en brazos a Jazmín, de dos años. Su pequeña casa tiene una cocina y una habitación en la que duermen Bruna, su marido y los siete niños. "Mis padres vinieron aquí cuando tenía 14 años. También ellos eran buscadores de basura".
Bruna trabaja para el "patrón" que controla la entrada de camiones. Recibe 200 reales (unos 60 dólares) por semana por separar la basura. Si encuentra alimentos, se los puede quedar. Bruna tiene cinco hermanos y siete hermanas. También ellos viven cerca del depósito de basura en viviendas precarias. El lugar para jugar de los niños es la basura. Nadie sabe lo tóxica que es. También hay mucha chatarra electrónica. ¿Control, protección? Nada de eso.
A pocos kilómetros se encuentra uno de los depósitos de basura más grandes de Sudamérica, de 40 metros de profundidad y 70 metros de alto en una superficie gigante. Está cerrado desde 2012. Es un símbolo de los delitos ambientales de Río. 
Durante décadas, los residuos fluyeron hacia la Bahía de Guanabara, a la que se ve de lejos. Allí se celebrarán las competiciones de vela de los Juegos Olímpicos. Quien visite Gramacho entenderá por qué esa bahía está tan contaminada con supervirus y bacterias. 
El grupo Petrobras, en tanto, mantiene aquí una planta de gas: Se saca gas de las montañas de basura para generar energía.
El franciscano Frei Paulo visita regularmente a los habitantes de Gramacho con voluntarios del hospital San Francisco de Asís. Con su autobús médico quiere ofrecer a las personas al menos una atención médica básica. 
La acción episcopal Adveniat, una institución de ayuda de los católicos de Alemania para Latinoamérica, apoya aquí varios proyectos, entre ellos, una cooperativa en la que antiguos buscadores de basura trabajan ahora legalmente en la separación de los residuos. Por un kilo de plástico reciben un real. 
También es un buen negocio la recuperación de los escombros de obras. Por mes se pueden ganar así hasta 2,5 veces un salario mínimo estatal.
Roberta Alves, alias "Docinho", trabajó en el depósito de Gramacho. "La política nos abandonó aquí", se lamenta. Muchos habitantes de la favela se ven obligados a entrar al servicio de la mafia de la basura. "La gente tiene que sobrevivir de alguna manera". 
Alves está feliz de que gracias a la cooperativa ella misma pudo dejar atrás esa época, al contrario de otras mujeres como Bruna. ¿Qué es lo peor que encontró en la basura? "Un cadáver y fetos. Encontré muchos fetos", cuenta.

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