El arma secreta sudafricana contra la caza furtiva
Hoedspruit, Sudáfrica- Dozer reacciona de inmediato: al grito de "¡atrápalo!", el perro aprieta los dientes, corre hacia el hombre en cuestión, salta sobre él y le muerde el brazo. Si en lugar de un entrenamiento se tratara de una misión real, este pastor belga de dos años habría capturado a un cazador furtivo en el famoso Parque Nacional Kruger de Sudáfrica
Van Straaten está convencido de que la introducción de estos perros, cada vez más extendida, cambiará de manera decisiva la lucha contra la caza furtiva. "Los perros no sólo rastrean mucho más rápido que las personas, sino que además pueden actuar en la oscuridad", señala el entrenador. Unos 200 cazadores furtivos fueron detenidos en 2015 sólo en el Parque Kruger. Y en algunas de estas detenciones ya participaron perros.
El año pasado, 1.175 rinocerontes fueron víctimas de la caza ilegal en todo el país, 40 menos que en 2014. Según la organización Pro Wildlife, los cazadores furtivos también son responsables de la muerte de 36 elefantes en lo que va de año en el Parque Kruger, frente a los 22 de 2015.
Los rinocerontes son sacrificados porque en Asia se paga mucho por sus cuernos, a los que se atribuyen propiedades curativas. En el caso de los elefantes, los colmillos se convierten en joyas de marfil. En Sudáfrica aún viven unos 20.000 ejemplares de ambas especies.
El SAWC forma anualmente a unos 2.000 agentes y otros expertos procedentes del sur y el este de África para vigilar los Parques Nacionales y las reservas. Allí se entrena a unos 30 perros para que aprendan a detectar el rastro de los cazadores a través del olfato. Junto a ellos, los agentes buscan pistas como restos de ropa, huellas en la hierba o colillas de cigarrillos.
No obstante, los perros pueden literalmente oler el miedo: cuando un cazador se da cuenta de que un perro le sigue el rastro, la subida de adrenalina provocada por el estrés produce un olor característico, explica el entrenador Van Straaten. Esto facilita que los cuadrúpedos puedan encontrar a sus víctimas.
Además, las patrullas obtienen apoyo desde el aire con pequeños aviones que avisan a los guardias de dónde posicionarse mejor. Los guardias o "rangers" se comunican entre sí únicamente por señas, para no alertar al cazador, apunta el entrenador Barend Visser. Cuando dan con uno, en cuestión de un segundo deben decidir si el perro ha de lanzarse a por él.
"Cuando ahí ves a un hombre con un fusil AK-47, no enviamos al perro a una misión suicida. Pero si no está armado e intenta huir, ahí es cuando el perro lo puede atrapar", explica Van Straaten.
La formación en esta academia dura un año y, entre otros aspectos, los guardias aprenden que las armas sólo están para utilizarlas en caso de emergencia. De hecho, se han dado situaciones en las que han tenido que disparar contra un cazador. Pero entre los matorrales se esconden también otros peligros.
"Hable con el rinoceronte, dígale que está ahí para protegerlo. Dígale a una mamá elefante que su cría es maravillosa", aconseja el entrenador Visser a los guardias que se topan con uno de estos animales. "Los animales no entenderán las palabras, pero reconocerán por el tono cuál es la intención".
Con todo, el peligro traspasa las fronteras de los parques y llega incluso a los pueblos. Y es que allí los guardias pueden ser reconocidos por cazadores furtivos. "Sé de 'rangers' a los que han pegado una paliza", cuenta Visser.
Aunque a muchos de los 119 agentes en formación no parece importarles, ni tampoco que el trabajo sólo se pague con unos pocos cientos de dólares. Como explica el estudiante Jermia Sizwe Ncala, "es fantástico trabajar con animales y en la naturaleza".



