Luis Aragonés tiene un plan
Pese a su fama de intuitivo, el seleccionador lleva todo programado: desde las jugadas al tópico para la prensa.
No se va a enfadar. Con un periodista seguro que no. Forma parte del plan. Hubo un tiempo en que sí, en que acudir a Luis Aragonés constituía un desafío, una actividad peligrosa. La bronca aparecía por sorpresa detrás de cualquier pregunta, sin avisar. Los más habituales podían llegar a adivinar el índice de riesgo de las conferencias de prensa en función de la altura a la que el técnico llevara puestas las gafas: si las tenía caídas no había escapatoria.
A la mínima saltaba el Luis discutidor, el furioso, el borde incluso. Pero ahora, no. En el Mundial de Alemania no se le verá encararse con la prensa, no se le oirá gri- tar. Al contrario, Luis barnizará los dardos más envenenados con respuestas cordiales, con bromas, incluso, que desaten la carcajada de la concurrencia. No se va a enfadar, lo tiene decidido. Y no le mueve su conciencia, sino la investigación.
Buen rollo.
Después de estudiar con detenimiento el Mundial, de introducir decenas de experiencias ajenas en el ordenador, de hablar con seleccionadores anteriores, con jugadores, con periodistas, con directivos, con aficionados, con médicos y con cocineros, Luis Aragonés ha concluido que para la buena salud del equipo no sólo es conveniente mantener una relación relajada con los medios sino que resulta indispensable. Que por ahí, por la tensión mediática, empezaron a perder el torneo sus antecesores. Y se ha prohibido repetir errores. No fue espontáneo el tono distendido de la comparecencia del entrenador antes del estreno ante Ucrania, no lo fue su pericia para vencer el ambiente encendido por la suplencia de Raúl.
No fue casual porque nada de lo que se le vea hacer estos días lo es. Ni la sorprendente concesión de vacaciones a los jugadores nada más debutar, ni la pregunta repentina –“¿qué hora es Puyol, deprisa, de- prisa, qué hora es?”– que formula segundos después de dar por finalizado un entrenamiento. Luis lleva el Mundial apuntado en un cuaderno. Es su mundial, el fruto científico de todos los mundiales que han vivido los demás. Y sigue sus deducciones al pie de la letra. En ese cuaderno cabe todo: las jugadas a balón parado (de donde salen el 70% de los goles, insiste a los jugadores); las normas de convivencia y los guiños de psicología (su principal obsesión); la táctica y la siesta; el trabajo y el descanso; la alimentación y los vídeos a través de los cuales los jugadores reciben la información de los rivales. Está planificado hasta el mínimo detalle. Nada es improvisado.
Sueño de lobo.
Está programado y medido lo futbolístico: la apuesta por el balón y el centro del campo creativo, el fin de los extremos, la confección de una lista joven y poco maleada, más hambrienta que reivindicativa. Pero también se somete a un estricto guión en los mensajes a los jugadores (Luis tiene 67 años, pero sigue llegándoles, consigue que le vean aún como uno de los nuestros) y en los tópicos que suelta al entorno (el de moda es que duerme como un lobo,“cuatro horas pero profundas”). Detrás de Luis Aragonés, técnico intuitivo, entrenador de barrio, zorro viejo acostumbrado a resolver por olfato y oficio, hay esta vez un método. Y a él se agarra de forma estricta para ganar el Mundial.



