Los nobles más nobles
Cuántos títulos hay hoy en España, de qué viven, para qué sirven y quiénes son los primeros del escalafón.
En realidad somos como todos los demás, por dinero, por poder y por cómo nos llevamos”. La frase, que vuela sobre la mesa envuelta en una encantadora sonrisa, la dice Ángela María de Solís-Beaumont y Téllez-Girón, XVII duquesa de Arcos de la Frontera y, cuando fallezca su madre, XVII duquesa de Osuna. Ángela, como la llaman sus amigos, es la heredera de una de las cuatro grandes casas nobiliarias españolas (históricamente las otras tres son Alba, Medinaceli y Medina Sidonia) y participa de una característica común a casi todas ellas: lo de ser noble y varias veces Grande de España le produce bastantes más problemas que satisfacciones. ¿Cuántos nobles hay en España hoy día? ¿Para qué sirven y qué hacen? ¿Cuál es su verdadero poder? ¿Quiénes son? ¿Salen todos en las revistas del corazón? ¿Hay unos que son más nobles que otros? Para empezar, los aristócratas titulados son muy pocos. No llegan a 2.300 personas que se reparten unos 2.800 títulos, algunos antiquísimos y otros de antes de ayer. Por orden teórico de jerarquía primero están los duques, que son un centenar escaso de familias que poseen algo más de 150 títulos ducales. Todos los duques son Grandes de España (la máxima distinción de la nobleza española), algo que ya no sirve para nada práctico salvo para formar parte de la honorífica Diputación de la Grandeza o para ser tratado de “excelentísimo señor”. Su último privilegio tangible, el de tener pasaporte diplomático, fue suprimido en 1984. Y algunas otras costumbres son casi antiguallas históricas, como el derecho a permanecer con la cabeza cubierta en presencia del Rey.
Aunque alguna costumbre vieja tuvo utilidad hace no tanto. Muy poco antes de la muerte del general Franco la Junta Democrática de España (que controlaban los comunistas) necesitaba ponerse en contacto con don Juan de Borbón, que entonces estaba en París. Pero no sabían a quién enviar con la garantía de que el rey de derecho de España recibiese, sin más, a un comunista. Fue Santiago Carrillo quien asombró a todos al solucionar el problema: el enviado debía ser el escritor, actor aficionado y playboy José Luis de Vilallon- ga, marqués de Castellvell, porque el rey estaba obligado a recibir a un Grande de España, y Vilallonga lo era. Funcionó. Después de los duques vienen los marqueses: no llegan a 1.380 y sólo 141 son Grandes de España. Después, los condes (925, con 102 Grandezas) y, a continuación, títulos más infrecuentes, como barones, vizcondes, señores o títulos extranjeros que pueden usarse en nuestro país.
¿Es más un conde o un duque?
Como no podía ser de otro modo, hay muchos problemas a la hora de establecer un ranking o jerarquía (ver recuadro); esto es, para determinar quién tendría que ceder el paso, protocolariamente, a otro a la hora de entrar en un ascensor. Porque todos los aristócratas saben que es mucho más importante ser, por ejemplo, conde de Niebla (un título que ha estado en vigor ininterrumpidamente desde 1369, cuando lo creó Enrique II de Castilla) que duque de Mola, uno de los 38 títulos que se inventó Franco cuando, una vez que hizo aprobar la ley de sucesión, entendió que España era un reino y que él, en tanto que jefe del Estado, tenía perfecto derecho a otorgar títulos de nobleza. Pero eso es algo que sólo puede hacer el Rey. Y el rey Juan Carlos ha sido bastante más prudente que Franco. Los títulos que ha concedido no llegan a treinta, y muchos han sido otorgados a personalidades de la cultura: Cela, Dalí, Andrés Segovia. Además, se está reformando el derecho sucesorio de los títulos para que estos, que suelen tener normas propias de funcionamiento escritas en la carta de concesión de cada título, puedan ser heredados por hombres o por mujeres, como establece la Constitución, y no por el primer varón nacido, como hasta ahora ocurría en muchos casos. Eso está provocando quebraderos de cabeza y hasta amagos de revuelta en algunas grandes casas nobiliarias (ver Tiempo nº 1.370). Algo curiosamente frecuente, los disgustos entre familias nobles. Los Alba andan muy tensos desde que la duquesa, la octogenaria Cayetana, dijo que estaba muy ilusionada con un antiguo amigo de su segundo marido. Los Medina Sidonia andan a la greña desde bastante antes de que se muriese la duquesa roja, Luisa Isabel Álvarez de Toledo. La Casa de Osuna es todo menos una balsa de aceite. Sólo la de Medinaceli vive en paz y tranquilidad. ¿Y por qué tanta rencilla? ¿Por herencias y patrimonios? Sí, pero no sólo y no siempre. De las cuatro casas de mayor abolengo, y que fueron en ocasiones más poderosas y ricas que la Corona, tan sólo la de Alba dispone hoy de un patrimonio más que estimable: unos 3.500 millones (ver Tiempo número 1.380), tanto en tierras como empresas, propiedades inmobiliarias o arte. Las demás... no son ya lo que fueron. La Casa de Medinaceli, que procede del siglo XIV y que acumula, ella sola, más de 50 títulos de nobleza (la actual duquesa es Victoria Eugenia Fernández de Córdoba y Fernández de Henestrosa, de 91 años), tuvo la inteligencia de vender lo vendible cuando era tiempo (las tierras) y de colocar todo lo demás bajo el amparo de una institución, la Fundación Casa Ducal de Medinaceli, que gestiona con innegable habilidad un patrimonio que sigue siendo asombroso. Allí está el impresionante hospital de San Juan Bautista, más conocido por hospital de Tavera, en Toledo; la casa de Pilatos en Sevilla; el palacio de Oca, muy cerca de Santiago de Compostela, y la capilla del Salvador, en Úbeda. Y entre los edificios que no están abiertos a la visita del público están nada menos que el palacio Ducal de Medinaceli, en la villa del mismo nombre, en Soria; los castillos de Feria, Nogales, Salvaleón, Sabiote o de los condes de Castellar; el palacio de los Cobos y el de los Acebedo, las fortalezas de Torés y de La Mota... y un patrimonio artístico incalculable, casi tan importante como el que atesoran los Alba. Además está el inmenso archivo. Así que los Medinaceli han sabido hacer bien las cosas. Los Osuna, otra de las cuatro grandes, no han tenido tanta suerte. La frase popular “ni que fueras un Osuna”, que usa la gente para referirse a alguien que derrocha a manos llenas, procede de finales del siglo XIX, cuando el XII duque, Mariano Francisco Téllez-Girón y Beaufort, se pulió él solo una fortuna descomunal (la suya y la de su esposa, la princesa alemana de Salm- Salm) a base de aparentar. Embajador en San Petersburgo, encargaba (todo de su bolsillo) vajillas de oro para las fiestas que daba. Vajillas que los invitados solían arrojar desde las ventanas, entre grandes risotadas y vapores de vodka, al río Neva.
El peligro de los manirrotos.
No hay fortuna que resista a un manirroto así, y la Casa de Osuna padeció persecución por causa de los acreedores. Vivió un resurgir a principios del siglo XX, cuando los Osuna entroncaron con los Fernández de Córdoba, y una época de prosperidad cuando la actual duquesa, Ángela María Téllez-Girón y Duque de Estrada, se casó con su primer marido, Pedro de Solís- Beaumont. Fue este un hombre emprendedor que creó un productivo vergel en los secarrales que la familia poseía en la Puebla de Montalbán (Toledo) y que hizo otro tanto con las tierras de Bañuelos, Puente Genil y Espejo, todo en Córdoba. Serían, en total, unas 30.000 hectáreas de las que hoy apenas queda nada, como dice la que algún día será XVII duquesa, Ángela María de Solís-Beaumont. Tan sólo el histórico palacio de La Puebla de Montalbán, deterioradísimo; el castillo cordobés de Espejo y lo poco que va quedando de aquellos regadíos toledanos que se han ido vendiendo poco a poco, como todo lo anterior, para disgusto de los herederos de la actual duquesa. Peor es lo de la cuarta gran casa de la nobleza española, los Medina Sidonia. El único patrimonio de verdadero valor que sigue perteneciendo (y muy discutido) a la familia es el palacio de Sanlúcar de Barrameda, sede de la fundación Medina- Sidonia. Allí se alberga el inmenso archivo familiar. Esa fundación la creó la última duquesa, Luisa Isabel Álvarez de Toledo, para garantizar el futuro de quien se casó con ella en las últimas horas de su vida: su secretaria de siempre, la alemana Liliana Dahlmann. Pero los tres hijos de la duquesa muerta (Leoncio, Pilar y Gabriel González de Gregorio), que llevaban años pleiteando contra su madre para recuperar cuantiosas herencias escamoteadas, ahora se enfrentan entre sí por lo que queda del patrimonio de la Casa (básicamente el palacio de Mortera, en Cantabria, a medio rehabilitar, y viejas herencias cubanas de la bisabuela Julia Herrera) y, lo que es más enojoso, por los títulos nobiliarios.
Mantener los títulos.
Porque esa ha sido la gran tragedia de los Medina Sidonia. Los títulos no se traspasan automáticamente de padres a hijos cuando aquellos mueren. Hay que rehabilitarlos y mantenerlos en uso, lo cual lleva su tiempo, su dinero y una indispensable voluntad de hacerlo. Un noble perezoso o con mala fe puede hundir un patrimonio histórico de siglos. Y así, como dice Gabriel, el menor de los hermanos, entre los dos últimos duques de Medina Sidonia, la Casa ha perdido (ver recuadro) la friolera de 21 títulos, muchos de los cuales son irrecuperables. Menos de cuarenta años han bastado para que una de las cuatro grandes, que viene de cuando Guzmán el Bueno, haya descendido muchos puestos en el escalafón de la nobleza española. Y para que sus herederos sean hoy como, en realidad, son la gran mayoría de los nobles: unos señores y señoras particulares, sin grandes fortunas, que tienen nombres muy largos y muy sonoros, sí, y títulos a veces muy ilustres, pero que hacen lo que pueden para seguir viviendo. Lo que dice la duquesa de Arcos de la Frontera, Grande de España: “Como todos, hijo. Como todos”. Aunque como también dice el abogado y marqués Javier Timermans: “La ruina de un duque quiero por fortuna”.



