Los malos humos de Lady Di
El actor Jeremy Irons cuenta en este artículo cómo metió la pata el día que encendió un cigarrillo delante de Lady Di.
Durante la mayor parte de mi vida he disfrutado fumando tabaco de liar con la excepción de ciertos periodos largos, en los que paré para comprobar que realmente podía dejarlo.
Hace 25 años, durante el tiempo en que interpreté Ricardo II para la Royal Shakespeare Company, la princesa Diana me invitó a mí y a otros miembros de la compañía a un almuerzo en apoyo de una de sus causas humanitarias favoritas, la investigación contra el cáncer de mama. Como yo estaba interpretando al rey, me sentaron en la mesa principal, justo a la derecha de la princesa.
Al igual que yo, un gran número de intérpretes y bailarines de la compañía también fumaba, y ante la posibilidad de que la comida se alargara, a muchos nos preocupaba cuándo podríamos finalmente encendernos un cigarrillo. Lo normal en este tipo de actos es que ese momento llegue tras el brindis oficial por la reina, pero había oído el rumor de que no habría brindis ni discursos debido a que la princesa quería darle a aquel acto un toque más informal. Prometí, pues, preguntarle durante la comida en qué momento se podría empezar a fumar, de modo que cuando yo me encendiera el pitillo todos pudieran seguir mi ejemplo.
De este modo, mientras retiraban el postre y empezaban a servir el café, le dije a su alteza real: “¿Le importa que fume, señora, o tal cosa le importunaría?” Ella respondió que, pese a que no le molestaba, no debería hacerlo por el bien de mi salud. Pese a que en líneas generales estaba de acuerdo con aquella afirmación, le expliqué que los de mi oficio teníamos que soportar mucha presión, y que aquel mal hábito ayudaba a sobrellevarlo. Tras decir aquello me encendí el cigarrillo, y por toda la sala fueron surgiendo pequeñas nubecitas de humo que fueron ascendiendo, aliviadas, hacia las lámparas de araña.
Al día siguiente toda la prensa ridiculizó cortésmente mi comportamiento. Solo entonces caí en la cuenta de que aquel había sido el Día Nacional contra el Tabaco, y que ahí había estado yo, fumando como un carretero junto a nuestro amado icono nacional. Ella nunca dejó de recordármelo.
La verdad es que esta historia no encierra ninguna lección, ninguna conclusión; yo todavía fumo. Y entonces, ¿qué fue lo que me enseñó? Que aún existen raras ocasiones en que no debería fumar. Si me hubiera esperado media hora nada de aquello habría ocurrido. Tal vez la única lección que aprendí fue que debo valorar más sentarme junto a una mujer hermosa que fumarme un cigarrillo.



