La fiebre del inglés

20 / 03 / 2014 Alberto N. Sierra
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La crisis dispara el número de estudiantes de idiomas, pero ahora triunfan métodos más divertidos que las tradicionales clases de gramática.

Cuando un parado acude a una oficina de empleo, el primer consejo que suele recibir se resume en una palabra: “Estudia”. Y es que los funcionarios del Servicio Público de Empleo Estatal (Sepe) saben muy bien que la falta de formación es el principal obstáculo que impide que buena parte de los 4,7 millones de parados encuentren un empleo.

Y lo que más se suele recomendar es aprender idiomas, el tradicional talón de Aquiles de los españoles. El inglés, por ejemplo, apenas lo manejan con corrección el 35% de los adultos, según los datos del Instituto Nacional de Estadística.

Por tanto, no es de extrañar que en los últimos meses se esté viviendo una auténtica fiebre por el estudio de lenguas extranjeras, especialmente el inglés, que se ha convertido en la lengua franca de todo el planeta.

Sin embargo, las tradicionales clases de gramática, método con el que buena parte de los adultos españoles aprendieron, o intentaron aprender, están dejando paso a otras formas más divertidas y eficaces: cursos on line a través de los periódicos, inmersiones profundas sin salir de España, intercambios espontáneos en cafeterías...

Uno de los métodos que más está creciendo últimamente son los cursos de inmersión profunda, que obligan al estudiante a enfrentarse con la lengua durante las 24 horas del día. Tradicionalmente, esos cursos se solían contratar fuera de España, especialmente durante las vacaciones de verano, pero la crisis y el paro no permiten semejante gasto.

El fenómeno del Pueblo Inglés.

Por eso iniciativas como Pueblo Inglés, que la empresa Diverbo ofrece en diversos hoteles rurales españoles, se están convirtiendo en un auténtico fenómeno. La idea es muy sencilla: un grupo de estudiantes son recluidos durante ocho días junto con otro grupo de angloparlantes. Y allí conviven, cual casa de Gran Hermano, compartiendo charlas, juegos, copas y risas.

La experiencia cuesta 1.950 euros, pero el progreso es tan alto y tan rápido que merece la pena según todos los que lo han vivido. “Yo necesitaba mejorar mi inglés y lo he conseguido sin tener que viajar al extranjero, y encima he conocido a gente de muy diversos países”, resume Mariló Acosta, directora de un colegio en Málaga y asistente a uno de los cursos en La Alberca (Salamanca).

La estancia en el hotel está permanentemente controlada por dos miembros de la empresa organizadora, que se encargan de que todo esté en orden y de animar las actividades. El británico afincado en Marbella Allan Davies, que lleva cuatro años trabajando como maestro de ceremonias, tiene clara la causa del éxito: “Un curso de inmersión como el nuestro equivale a 12 meses de clases”.

Pero el Pueblo Inglés es mucho más que un curso. Según todos los asistentes consultados, se trata más bien de una experiencia muy intensa desde el punto de vista emocional. “El ambiente es único y si se lo cuentas a alguien no se lo cree”, comenta un ejecutivo de una importante firma de abogados española que prefiere mantenerse en el anonimato.

Buena parte del éxito está en los angloparlantes que acuden voluntariamente al curso sin recibir más contraprestación que la pensión completa. Suelen ser profesores de inglés que proceden de casi todos los países anglosajones del mundo. Melissa Dura es uno de ellos. Trabaja en una escuela en Canterbury, pero suele venir algunas semanas al año a España para participar en cursos como el de Diverbo. ¿Por qué? “Aprendo tanto como los españoles, y esos conocimientos los aplico luego en mi profesión”, explica.

Richard Morley, un jubilado inglés que vive desde hace años en Madrid, también es uno de los voluntarios habituales. Según Morley, “estos cursos tienen más que ver con cómo ganar confianza que con aprender inglés”. Y no le falta razón. En Pueblo Inglés lo que más se trabaja son todo tipo de situaciones para obligar a los más tímidos a ir ganando soltura con el idioma extranjero.

Así, durante los ocho días que dura la experiencia los alumnos deben preparar, por ejemplo, dos exposiciones orales ante el resto de los compañeros, un ejercicio que les obliga a arrancarle horas al sueño para no hacer el ridículo. “La verdad es que acabé exhausta, pero para eso pagué”, confiesa Acosta. Aparte de esas presentaciones, los alumnos son sometidos a teleconferencias, entrevistas telefónicas e incluso obras de teatro.

Otras opciones.

Para los que tengan menos recursos, hay otras opciones. Una de las que más de moda están se desarrolla en el centro de Madrid con los encuentros que organiza la empresa Milingual, que monta pequeños grupos liderados por un profesor nativo para mantener charlas de una hora en bares y restaurantes. Por apenas diez euros, con consumición incluida, se puede conversar sobre cualquier tema sin salir de la capital.

Andrés Pazos, cofundador de Mingles, asegura que su iniciativa tiene éxito porque “no se asocia a la típica clase de inglés, ya que tiene un componente social que hace que la gente disfrute y que el tiempo se pase volando”. Pazos considera que, más que una fiebre por aprender inglés, lo que existe es “una necesidad imperiosa de los españoles por mejorar en el aprendizaje de idiomas”.

Y si la economía no nos permite ni una alegría, o tenemos aversión al contacto con otras personas, siempre nos quedará el móvil y el sofá de casa. Desde allí, y aunque parezca mentira, se pueden hacer maravillas. Las aplicaciones para móviles y las tabletas están ampliando enormemente las posibilidades.

Así, han surgido miles de aplicaciones que ayudan a aprender idiomas, diccionarios específicos, clases de gramática y divertidos juegos. Una de las que más éxito está teniendo últimamente es Duolingo, una curiosa aplicación que propone un plan de entrenamiento diario y cuya mecánica es muy parecida a los juegos que tanto triunfan en los dispositivos móviles. Todo sea por aprender inglés... al fin.

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