La escuela donde se enseña a los millonarios

07 / 01 / 2015 Lucía Martín
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Un programa de formación individualizado intenta desde 1987 encarrilar a los hijos de los muy ricos. 

Cuenta corriente con muchos ceros. Coches y casas de lujo. Tren de vida a todo trapo. Viajes por todo el globo terráqueo. Exquisita formación en las mejores universidades y escuelas de negocios del mundo. Vida fácil. Pero, a pesar de todo lo anterior, no acaban de arrancar, tienen baja autoestima y llevan colgada una pesada etiqueta, casi una losa: “Soy fulanito, hijo de tal”. Tienen de todo pero les faltan cosas imprescindibles, de las que se enseñan en casa. “No se las han enseñado porque sus padres estaban ausentes, dedicándose al negocio”, cuenta Leopoldo Abadía Jr., uno de los hijos del famoso escritor Leopoldo Abadía, autor de La crisis Ninja.

El anterior podría ser más o menos el retrato robot de los alumnos que acoge en su ambicioso programa de formación individualizado: hay hijos de famosos empresarios, directivos, deportistas de élite, actores, toreros, gente pública...  Lleva 27 años impartiendo el programa y por sus aulas, considerando que no hay aulas en este caso, han pasado 243 alumnos. La formación, con asignaturas de contabilidad, comercial, recursos humanos, marketing... sigue el método del estudio de casos, como suele hacerse en las escuelas de negocios. Puede impartirse hasta protocolo, porque algunos, según afirma Abadía, pueden no saber ni sentarse a la mesa, ni que hay que taparse la boca cuando se bosteza: “Nadie les ha dicho nunca que no, ni les ha puesto límites, por eso, cuando tú se los pones, se sorprenden”, comenta. “Hubo uno que nos pidió que le diésemos la clase mientras montaba a caballo, evidentemente, le dijimos que no. Al final acaban agradeciendo que les digas que no”, añade. Otros llegan a las formaciones en helicóptero, para algunos su pasatiempo es destrozar deportivos y unos cuantos dicen que su guardaespaldas es su mejor amigo. En fin, como reconoce Abadía, “solo tienen dinero”. A veces incluso le ha tocado ser asesor de imagen: hubo un alumno que se presentó para una comida totalmente vestido de color teja y se lo tuvo que llevar a unos grandes almacenes a comprarse un traje. Abadía no publicita su curso. No tiene página web. A veces le llaman los padres, otras, los propios hijos, algunas, los amigos. El caso es que siempre que acuden a él es cuando ha fallado todo lo anterior: otras formaciones, psicólogos, psiquiatras... Llegan de vuelta de todo.

Una escuela sin aulas.

El primer alumno le llegó por casualidad: él trabajaba entonces en la consultora de la familia cuando un empresario le pidió ayuda con su hijo y él diseñó un programa de formación a medida. Y funcionó. Después llegarían el segundo alumno y el tercero y así hasta los más de 240 que ha formado. Él es el fundador de esta particular formación y además, ejerce de tutor de cada uno de los alumnos, aparte de ser el coordinador entre estos y los profesores. “Me reúno con los chavales, sin prisa, para saber cómo son y qué necesitan, así podemos estar tranquilamente una semana, para conocernos. A algunos les he dicho que no”, aclara. Tras analizar lo que les sucede, diseña el programa, que se adapta como un guante. Para ello cuenta con un claustro de 90 profesores, que han sido antiguos alumnos de escuelas de negocios y que están todos activos en puestos directivos de distintas empresas. “No quiero entre mis profesores ni a consultores ni a jubilados”, aclara.

Cada alumno tiene asignado entre ocho y diez profesores, solo hay un alumno por clase. No hay aulas, las clases pueden tener lugar en cualquier sitio, incluso se impartió una en una cafetería de un aeropuerto porque el alumno solo disponía de ese rato libre un domingo por la tarde. Eso sí: se exige puntualidad, y el día y el lugar de la clase son inamovibles. Y se imparten a horas decentes, eso sí. “El objetivo no es que aprendan, porque la mayoría tiene una formación envidiable, sino que arranquen. Que tengan la suficiente confianza en sí mismos como para sentirse válidos, que puedan discutirle a su padre, en el buen sentido, una decisión empresarial”, añade.

Proteger su identidad.

¿Nombre de los alumnos? Secreto de Estado, al igual que la identidad de los profesores, que prefieren guardar el anonimato. Solo un alumno le autorizó en su día a dar su nombre: Manuel Lao Hernández, presidente de Cirsa. ¿Perfil del alumnado? Más hombres que mujeres (un 60% son varones), de entre 19 y 55 años. Todo tipo de nacionalidades: españoles, rusos, filipinos, franceses, mexicanos, de Colombia, Perú... De hecho Abadía acaba de mudarse a México porque el número de alumnos en Latinoamérica está en crecimiento.

¿Es diferente el rico del otro lado del Atlántico? “Realmente no, casi todos tienen el mismo problema, de autoestima. Ellos han querido ser siempre como sus padres pero los padres es que a veces somos muy burros y cuando llega la hora de que el chico herede el negocio familiar se le dice simplemente ‘aquí esto se ha hecho siempre así’, y no se le dan oportunidades. Sí que puede haber alguna diferencia entre algunos países y que en unos sean más ostentosos y en otros más discretos”, aclara.

¿Precio del curso? La cifra es tan secreta como la identidad del alumnado: la cuantía varía en función del lugar donde tienen las clases, el día de la semana que se elige, la carga de trabajo, la duración... Evidentemente, disponer de un profesor particular que llega en helicóptero hasta tu cabaña en una isla perdida no debe de ser económico... ¿Cuánto dura la formación? “Depende, entre un año y un año y medio, puede ser más. Soy yo quien decide cuándo se acaba y finaliza cuando los profesores me dicen que el chico ya está preparado”, concluye.

Abadía dice que no hay ningún programa de formación similar al suyo a nivel mundial. Quizás sea eso, y su total discreción, lo que explique que su teléfono siga sonando para ir a ver a un posible nuevo alumno. No sabemos quién será pero sí que su cuenta bancaria tendrá muchas cifras...

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