Entramos en el reino del látex: así es un club BDSM

17 / 07 / 2015 Lucía Martín
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Fustas, cuerdas, jaulas... ¿Le tienta mirar por el ojo de la cerradura de un club de sadomaso? Pase y vea.

“De haber venido hace 3 horas habríais encontrado a 40 personas follando, todos con todos. Era una fiesta de cumpleaños. Alquilamos el local fuera de horarios, para eventos privados”. Así nos reciben en este club BDSM de Barcelona, un club clandestino que no tiene más que un cartelito de “asociación cultural” en la puerta. No aparece en los mapas, no tiene web, no se publicita… solo se puede entrar porque conozcas a alguno de sus miembros. Nos recibe J., su maestro de ceremonias, que se acaba de poner unos leggins de cuero justo para nuestra visita. Se lo agradecemos. Tomamos asiento en unos cómodos sillones, al lado de un grupo de personas charlando, tomando una copa y hablando de sexo, bondage, shibari (un tipo de atadura)… Más allá, en la otra sala, una chica está siendo atada para, posteriormente, ser colgada de uno de los muchos puntos de suspensión del techo. A otra, un esclavo le está dando un masaje de pies. J., con una transparencia pasmosa a pesar de saber que somos de la prensa, nos cuenta todos los detalles y muestra las distintas dependencias: las jaulas donde dejar “aparcado” a alguien, las camillas y los abalorios de lo que se denomina medical (y saca una aguja para introducir en la uretra que hará las delicias de los amantes del sadismo), el zulo, una especie de pasillo claustrofóbico con un triciclo al fondo al que le falta el sillín…

Desde que salió el libro 50 Sombras de Grey y, posteriormente, la película, el público en general siente mayor interés por el BDSM, acrónimo para Bondage, Disciplina, Sadismo, Masoquismo, si bien ni el libro ni el film hacen un tratamiento fidedigno de la materia. Para ser un producto mainstream conviene no entrar en muchos detalles. Lo que es indudable es que el superventas  sacó estas prácticas del armario y sirvió para que se vendiesen más esposas, fustas y cuerdas de atar.

Hace unos años existían en España revistas sobre esta materia (el director de cine porno José María Ponce dirigió una de ellas), y tanto en Madrid como en Barcelona existían clubes para sus acólitos. En Madrid ya no quedan, fueron cerrando aunque sigue habiendo grupos que se reúnen. “En Barcelona, quizá por motivos históricos, se da un caldo de cultivo más propenso al asociacionismo. También hubo un empuje inicial muy fuerte a cargo del fallecido Kurt Fisher (fundador del club Rosas 5) y de Dómina Zara (fundadora del Fetish Café), dos pioneros en el BDSM español”, comenta Josep Lapidario, escritor y formador sobre temas relacionados con BDSM en Sex Academy Barcelona. “Hay practicantes de BDSM distribuidos por toda España y grupos que se reúnen en Málaga, Gijón, Granada, Pamplona, y por supuesto, Barcelona y Madrid”, añade.

En el BDSM se distinguen tres grandes grupos de actividades: las relacionadas con el Bondage (ataduras, inmovilizaciones), la Dominación/sumisión (intercambio de poder, órdenes, fetichismos) y el Sadomaso (técnicas de dolor erótico). “El BDSM es un buffet variado del que cada cual elige los platos que mejor se amoldan a su sexualidad. Hay quien sólo gusta de las cuerdas y odia el dolor, hay quien disfruta de los azotes de un spanking pero no le gusta que le aten de ninguna manera, hay quien se centra más en los aspectos psicológicos de la dominación…”, explica Lapidario.

En efecto: durante las horas que estamos en este club de la Ciudad Condal podemos ver una demostración de shibari (estilo japonés de bondage), un esclavo que lame los pies de su ama y una chica que disfruta siendo azotada... Incluso, uno de nosotros se encuentra a su vecina, ésa que te cruzas todas las mañanas cuando llevas tus hijos al cole…

En este club en concreto no hay que vestir de una forma determinada, pero lo habitual es que si. Por ejemplo, en Rosas 5, que lleva 14 años abierto y es uno de los más conocidos en Barcelona hay que vestir de negro y se admiten también cuero, látex, vestimenta elegante, militar, fetish… Una de las mayores atracciones del Rosas 5, (que curiosamente, comparte paredes con un colegio mayor del Opus Dei), es su jaula que cuelga del techo y donde muchos de los habituales, y los nuevos, gustan de hacerse fotos. Su otro punto fuerte es la mazmorra: puntos de suspensión, en techo y paredes, potro y una lustrosa cruz de San Andrés giratoria, que no es más que una cruz en forma de aspa en cuyos extremos van fijados los miembros de la persona atada. “Es muy llamativa pero no es el elemento más usado, se usa más el potro, por ejemplo”, comenta MJ, una de las dueñas del local. La mazmorra dispone de una grada y de un mirador, en el piso superior, desde donde contemplar lo que sucede entre esos cuatro muros. Porque, al contrario de lo que se piensa, uno puede ir simplemente a mirar, no tienes por qué formar parte de la acción, salvo que quieras. Sorprende el respeto que impera en estos lugares: una chica será más acosada en cualquier discoteca a las cinco de la noche que aquí.

Rosas 5 tiene dos tipos de socios: el que acude habitualmente y no paga y el que paga 50 euros al año y tiene descuentos en cursos, ofertas especiales… “Tenemos un público habitual, de todas las edades, de 20 a 50 años”, comenta M.J. que apunta algo importante: “El BDSM es una práctica basada en la confianza, tienes que ponerte en manos de alguien que conozcas. Por eso, si alguien conoce a alguien, sobre todo a través de redes, y quiere experimentar este tipo de juegos, le aconsejo que lo haga en un entorno seguro, por ejemplo nuestro club. Aquí estamos pendiente de que no pase nada y de que todo vaya bien. Mejor eso que prestarte a hacerlo con un desconocido en una habitación de hotel”, apunta. Una de las reglas de su normativa, claramente especificadas en su web, lo dejan claro: “Las actividades del club, de sus socios, invitados y visitantes se rigen por la base de un juego sensato, seguro y consensuado, quedando fuera de éstas todo tipo de práctica de violencia o agresión, tanto física como psicológica”.

Tras tantos años abierto, acumulan multitud de anécdotas: “Una vez se encontraron en un evento padre e hijo, casi les da un infarto a ambos, ya que no sabían de sus gustos en esto. A partir de ahí crearon una norma, la de avisarse mutuamente si iban a fiestas, para no volver a coincidir. En otra ocasión me encontré a una profesora que me hizo la vida imposible en el colegio. A cuatro patas y recibiendo la del pulpo en una fiesta”, ríe M.J.

Rosas 5 organiza varias veces al año fiestas temáticas, una de las más vistosas es la dedicada al látex: fetichismo de ropa, máscaras, cama de envasado al vacío.. La cama de látex es una cama en la que uno se introduce y se extrae todo el aire, dejando el látex pegado al cuerpo como si de una segunda piel se tratara. Se produce un aislamiento total del entorno. Hay distintas opciones para respirar: puedes tener la cabeza al aire, con agujero en la boca, tubo de respiración directo a la boca, tubo lateral…  ¿No es cierto que con las máscaras de gas y los juegos de asfixia (también denominada hiposifilia) hay que tener especial cuidado? “Hay que tenerlo,  pero como con todo en la vida en general”, asevera M.J. “Es cierto que estas prácticas son de las más arriesgadas pero más gente muere al año por alpinismo”, comenta Lapidario.

Estas prácticas, junto con las del SadoMasoquismo son las que, evidentemente, más llaman la atención pero no olvidemos la definición de BDSM como “un gran buffet”, en el que no a todos tiene que gustar lo mismo y no todos experimentan placer con el dolor. Pero, ¿son una parafilia?”: “En 2013 se publicó el DSM V (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders). Se mantiene la noción de parafilia con respecto a la anterior versión pero establece que las parafilias solo se considerarán desórdenes mentales si se establecen en relaciones no consensuales o con personas que no tienen la edad legal para consentir, o cuando causan estrés personal que no provenga de la desaprobación social”, añade Lapidario. “En el DSM V, el masoquismo, el sadismo y el fetichismo no son desórdenes mentales si se realizan en relaciones consensuadas”, explica. No hay que olvidar tampoco que a lo largo de la historia, la denominación de parafilia también ha dependido de las convenciones sociales imperantes en el momento: por ejemplo, la masturbación y el sexo oral fueron considerados parafilias hasta mediados del siglo XX.

Un aspecto importantísimo del BDSM es que su práctica está basada en la confianza más absoluta, puesto que te pones en manos de otra persona, literalmente. Sino que los que lo practican suelen firmar un contrato, con las condiciones de lo que están dispuestos y no a hacer. Y un no, es un no. “No intentas sobrepasar esos límites. Solo lo he visto a veces, el intentar ir más allá, entre homosexuales que practican BDSM”, explica J. Aunque pueda no entenderse a primera vista, estas prácticas sexuales son las más democráticas, porque los dos miembros están absolutamente de acuerdo en el rol que juegan, algo que muchas veces no suele pasar en el polvo del sábado noche…

Pero, ¿cómo entender que alguien disfrute con el dolor? “En el SadoMasoquismo hay una parte física y una mental. La mental va por verse en las manos de otro, una mezcla de indefensión morbosa, exposición y liberación de vergüenzas internas. La parte física es en realidad muy sencilla... No todos los tipos de dolor son eróticos, ni una persona masoquista disfruta con cualquier tipo de dolor: si le pica una abeja o se da con el canto de la mesa por sorpresa se caga en todos los infiernos, como todo el mundo”, explica Lapidario. “El dolor erótico tiene ciertas características: no es inmediato sino que empieza suave y va subiendo de intensidad gradualmente, tiene un cierto ritmo y pausas estratégicas, y se aplica de formas precisas en partes concretas del cuerpo. Por ejemplo, un spanking o azotes con la mano en las nalgas: generalmente no se empieza azotando muy fuerte, sino que se va "calentando" el culo gradualmente, dando tiempo al cuerpo a que procese el dolor. Si se hace bien, el cuerpo acaba segregando endorfinas y adrenalina, un cóctel de drogas endógenas que resulta analgésico y fuertemente placentero. Combinado con la parte mental, se entra entonces en el "subespacio", que suena un poco a Star Trek pero no es más que un buen viaje, un estado mental de relajación, placer y dolor en que entra la parte que recibe”, finaliza. Damos fe: justo a nuestro lado, un hombre azota a su pareja primero en el trasero, luego en la cara interna de los muslos, en las rodillas… Al finalizar la noche los encontraremos tomándose una copa en el bar.  

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