El primer club privado de mujeres de España
Situado en el centro de Madrid, abrió sus puertas en junio pasado. Aunque es un club femenino, también se permite el acceso a hombres. ¿Cuota de inscripción? 1.800 euros anuales. Un lugar exclusivo y con mucho glamour.
Hace unos meses hablábamos del origen de los clubes masculinos (ver TIEMPO número 1.716), surgidos sobre todo en Inglaterra, establecimientos exclusivos, en su mayoría abiertos solo para hombres (de los que existen en España, en alguno de ellos las mujeres pueden acceder a las instalaciones pero no ser socias). Y es que faltaba por llegar un club para féminas, que si bien en nuestro país es algo innovador, ya existe en otras latitudes como el Reino Unido, EEUU o Australia. El club Alma Sensai, localizado en el centro de Madrid, tiene varias particularidades.
¿Cómo surgió la idea? Hace cosa de un año, un grupo de amigos (hombres y mujeres, aunque la presencia femenina era mayor), con trayectorias muy cosmopolitas, se percataron de que no existía ni en la capital ni en el resto de España un lugar de ocio de este tipo. Y de esta forma se pusieron manos a la obra: “Las mujeres fundadoras querían que en el espacio se cuidasen especialmente la decoración y los servicios que se ofreciesen, que se apreciase a simple vista el universo femenino”, comenta Enrique Cantero, uno de los socios fundadores.
Distintas actividades
Entre los creadores del concepto hay unas 50 personas, ninguna viene del mundo de la hostelería y todos tienen perfiles muy variopintos. A pesar de primar el aspecto femenino, no querían un club cerrado por cuestión de género, de ahí su eslogan: Women’s private club. Also open to a few good men (“Club privado de mujeres. También abierto a unos pocos hombres buenos”). Sería un club para mujeres pero estas podrían acudir con acompañantes masculinos, que también podrían formar parte de la asociación. Con la idea en la cartera, había que localizar un emplazamiento idóneo y lo encontraron, a tenor del magnífico edificio que lo alberga. El inmueble, que fue hogar del doctor Jiménez Díaz, curiosamente está vinculado a figuras femeninas desde hace siglos, de hecho, pertenece a la Fundación Conchita Rábago de Jiménez Díaz.
Unas imponentes escaleras dan acceso a los distintos salones (la superficie supera los mil metros cuadrados y dispone también de un jardín), adecuados para distintas actividades. Hay un restaurante, una coctelería, un bar, un salón de té, espacios de coworking que pueden ser utilizados por las socias, salas de exposiciones... Porque sus socias pretenden sobre todo que el espacio sirva de ocio pero también de encuentro: “Queríamos que la gente que venga se sienta a gusto, como cuando invitas a alguien en tu casa. Por ejemplo, cuando hay un concierto, los presentes comparten mesa con los músicos. Valoramos mucho las actividades culturales que programamos (arte, música, talleres...) pero no queremos ser culturetas”, explica Cantero. Las socias pueden incluso organizar eventos, siempre y cuando no afecten a la programación habitual del centro.
El club abrió sus puertas en junio pasado: en pocas semanas se recibieron unas 200 solicitudes y eso que la inscripción no es especialmente económica: 1.800 euros anuales, tanto para ellas como para ellos. Y, ¿de dónde vino la idea de dar acceso a los hombres? “Fue cosa de las socias americanas, era una especie de guiño”, aclara. Aunque evidentemente, abundan más las mujeres que los hombres: un 60% son féminas.
Carácter cosmopolita
Helena Avilés es una de las socias fundadoras: “Fue una amiga quien me dio a conocer el club e hizo que me embarcara en este proyecto. Fue un impulso de ilusión. Lo que más me gustó fue el carácter cosmopolita y el ambiente acogedor. Un palacio que todos vivimos como un cómplice entre nuestros trabajos y hogares”. Ella ya conocía este tipo de clubes en otros países: “Fue una estimulante sorpresa descubrirlo también en Madrid. En Londres frecuento Grace Belgravia y el ambiente de Annabel’s”, añade. Respecto al perfil de las socias, es muy diverso: “Diría que la edad media está en 38 años. El rasgo común es que somos muy cosmopolitas, hay empresarias, directivas, gente discreta. Claro está que hay gente conocida pero prefieren guardar el anonimato”, explica Cantero.



