El gran amor de Picasso

24 / 04 / 2006 0:00 Evelyn Mesquida
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Una exposición del Museo Picasso de París recorre un periodo clave del malagueño: la década que vivió junto a una mujer tan bella como inteligente, la fotógrafa Dora Maar.

Cuando la mujer entró en el café Les Deux Magots, en París, todo el mundo se volvió a mirarla. Era una mujer de 25 años “escandalosamente bella”, escribirían algunos más tarde. Picasso, que comía con un grupo de amigos, preguntó quién era. La mujer, la conocida fotógrafa Dora Maar, se dirigía ya hacia ellos. Se había dado cita allí con Paul Eluard. El poeta francés los presentó. Dora mantuvo la famosa mirada del pintor malagueño sin parpadear. Después, mientras seguía mirándole de frente, se sacó los guantes lentamente, como lo haría más tarde Rita Hayworth. “Eran unos guantes negros, con aplicaciones de pequeñas flores rosas”, recordaría Picasso años más tarde. Ese encuentro abriría una de las más importantes etapas artísticas de Picasso y una de sus más apasionadas historias de amor.

La más admirada

El encuentro tuvo lugar en octubre de 1935. Picasso tenía 53 años, estaba casado con la bailarina rusa Olga Koklova y acababa de tener una hija con su joven amante Marie Thérese Walter. A pesar de ello, Dora Maar (Rusia, 1907) no tardó en convertirse en el nuevo amor de su vida. En el loco amor del Minotauro. Su relación, apasionada, duró cerca de diez años. De todas las mujeres más o menos oficiales de Picasso, muchos coinciden en que además de una belleza, Dora era la más inteligente de todas. En la época en que conoció a Picasso, era una de las fotógrafas más conocidas y admiradas entre los surrealistas, mujer de izquierdas y amiga de grandes escritores, poetas y artistas.

Poco después de iniciar su relación con Dora, Picasso dejó bruscamente de pintar para dedicarse a la escritura poética. Durante todo un año escribió centenares de poemas de forma semiautomática, inspirado por los protocolos de creación surrealistas. En uno de los muchos dedica dos a Dora Maar, Picasso escribía: “Era un mediodía tan oscuro que podían verse las estrellas”.

Picasso volvió a la pintura al mismo tiempo que el Frente Popular se instalaba en Francia y que en España se declaraba la Guerra Civil. Apoyado por Dora, incitado por ella, su pintura se radicalizó y llegaron el Guernica y La mujer que llora. Dora participó activamente realizando con el Guernica el primer reportaje fotográfico de una obra en curso de ejecución e inspirando La mujer que llora. Las obras, realizadas entre 1936 y 1938, forman un ciclo excepcionalmente coherente en la obra de Picasso.

“Una mujer que llora”

Más tarde, en meses de pasión y fuego, siguieron los minotauros con Dora, la fusión de cuerpos en forma de combate, las criaturas mitológicas, las esfinges-Dora, las Dora-etruscas, las Dora-misterios. Y luego las Doralágrimas, las Dora-mirada-perdida, las Dora-que-sufre, cuando la pareja se fue deshaciendo. En la vida de Picasso había aparecido una joven de 21 años llamada Françoise Gilot, la nueva reina del país Picasso. Dora dejaría poco a poco de ser la amante y la musa preferida. Su relación, alterada por una breve estancia de Dora en el hospital psiquiátrico de Sainte Anne y por constantes escenas de lágrimas, finalizó a principios de 1946. Picasso habría dicho: “Para mí Dora era una mujer que llora. Ésa era su realidad profunda”. Y a él no le gustaban las lágrimas.

Dora pintó. Con éxito. Fotografió, con el mismo éxito. Pero ya nunca fue la misma. El que todos la citaran como la ex compañera de Picasso, como la mujer abandonada, la hizo retirarse de muchos círculos. Con una dignidad reservada, sin ningún lamento.

Cuando murió, 24 años después que Picasso y tras haber vivido con muchas dificultades económicas los últimos años, en su casa encontraron numerosas obras del pintor, que Dora había conservado sin querer desprenderse de ellas ni en sus peores momentos. Algunas han sido expuestas ahora en la muestra del Museo Picasso junto a muchas obras, pinturas y fotografías de Dora, realizadas en los años en que se amaron y que testimonian la relación artística sin equivalente que unió a Pablo Picasso y Dora Maar.

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