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El frigorífico del hambre

11 / 08 / 2015 Macu Llorente
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Las neveras solidarias han llegado a nuestro país. El objetivo es que no se tire nada de la comida que sobra.

Con la llegada de las vacaciones en muchos hogares se vacía el frigorífico y muchos alimentos terminan en la basura. ¿Qué se puede hacer con las judías congeladas de mamá? Nada de tirarlas. Lo que uno no quiere, a otro le puede servir, y lo que es mejor, puede alimentarle. Frutas, legumbres, restos de platos ya cocinados o incluso una lata que nos sobra pueden acabar en la mesa de una familia que lo necesita más gracias a un proyecto ciudadano que consiste en instalar frigoríficos en barrios para que la gente pueda dejar los alimentos que no va a consumir dando la opción así a que otros los aprovechen. La inmediatez de su consumo hace que se puedan incluir también productos que están excluidos habitualmente de las campañas alimentarias por sus problemas de conservación. Eso sí, los platos preparados tienen que ir con una etiqueta donde se indique la fecha de elaboración y los productos que se han utilizado para evitar problemas de alergias.

Cadena solidaria. Este movimiento de poner en común alimentos que cualquiera puede dejar o coger en el frigorífico que se instala en la calle surgió en Berlín y se ha ido extendiendo como una cadena solidaria por numerosas ciudades del mundo, desde Montreal a París pasando por Marsella o incluso Arabia Saudí. Nuestro país también se ha unido a esta interesante iniciativa que trata de luchar contra el desperdicio de alimentos ayudando a que alguien necesitado pueda comer ese día. El primer frigorífico fue puesto en marcha por la Asociación de Voluntarios de Galdakao, el pasado 30 de abril, en la calle Zabalea, y desde entonces ha evitado que cientos de kilos de comida de hogares, restaurantes e instituciones acabaran en el vertedero. En esta nevera solidaria se depositan a diario platos de ensalada, frutas, guisos e incluso helados y pinchos que cada día sobran en los bares de la zona. Esta acción solidaria está promovida por asociaciones y también por personas privadas a las que la necesidad de otros les ha tocado la fibra sensible. Tras Vizcaya ya se ha estrenado la segunda en Murcia a iniciativa de Juan Miguel Varea, dueño de una peluquería canina que la ha instalado en la puerta de su negocio, y es el que se encarga de gestionarla e incluso corre con los gastos.  “Se llena y se vacía varias veces al día. Está previsto que se vayan instalando más en diferentes ciudades españolas, aunque lo ideal sería que hubiera una en cada barrio”, cuenta a TIEMPO.

Según un informe del Parlamento Europeo, cada habitante de la Unión Europea desperdicia unos 179 kilogramos de alimentos al año de los 499 que consume, lo que equivale a medio kilo al día. Donde más se desperdicia es en los hogares, aunque tampoco se quedan atrás restaurantes, hospitales o supermercados. En este contexto de despilfarro alimentario no hay que olvidar que en la Unión Europea existen 79 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza y que cuando se sientan a la mesa, no cuentan ni con lo estrictamente básico. En momentos de crisis y con tantos hogares pasándolo mal toca arrimar el hombro porque las cifras son realmente desalentadoras. Por si fuera poco, España es el sexto país de Europa que más comida tira, unos datos que, sin duda, no son para sentirse orgullosos. Los alimentos que más se desperdician en los hogares españoles son el pan y los cereales, seguido de las frutas y las verduras.

Esta cadena solidaria de economía compartida no ha hecho más que empezar. La crisis empuja a las personas a buscar maneras de economizar y también de compartir. Después de la ropa, de los muebles y otros objetos llegan ahora también las frutas, las legumbres y los platos cocinados, un lujo para muchos que acaba demasiado fácil en la basura.

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