Dionisio Ridruejo: de la Falange a la cordura
Una nueva edición de Casi unas memorias rescata, al siglo de su nacimiento, la figura de este poeta con vocación de político cuyas ideas adelantadas quedaron ocultas por el franquismo.
La fascinación que despierta una figura como la de Dionisio Ridruejo tiene mucho que ver con lo que representa. La nueva edición de Casi unas memorias (Península, 2012), aparece con puntería editorial en el centenario de su nacimiento, en medio de la crisis de sistema político por la que atraviesa España, y crea un retrato que va mucho más allá del personaje. Es un retrato de ideas políticas fuera de lo común. “Hace tiempo que me he hecho el propósito de no aceptar en modo alguno actitudes convencionales”, dijo Ridruejo en 1955 en el Ateneo barcelonés.
Ridruejo pertenece a esa tercera España poblada de voces como las de Madariaga y los institucionistas, rescatada en clave de ficción por Antonio Muñoz Molina en la novela La noche de los tiempos y últimamente fortalecida con nuevos enfoques sobre figuras tan inesperadas como la del Ramón Serrano Suñer crepuscular, fascista en la versión convencional, cuñadísimo de Franco y chivo expiatorio que se redescubre como un crítico silenciado por Franco en la exhaustiva biografía de Ignacio Merino.
En fin. Ahí está, bajo los adoquines de la oficialidad, esa España que no pudo ser y que algunos describieron. Buscar una arcadia política es misión para historiadores con tintes románticos y vocación de idealismo práctico, pero el profano puede descubrirla echando el guante a las biografías de esos secundarios de la historia, que se convierten en los protagonistas de la revisión.
El caso de Dionisio Ridruejo es espectacular. En Casi unas memorias, compuesto por artículos autobiográficos de Ridruejo y un anexo documental valiosísimo (todo al cuidado de Jordi Amat) se echa por tierra la vieja visión del poeta falangista y aparece en tres dimensiones una figura asombrosa: la de un hombre que en los años cincuenta se atrevía a pedir para España, desde dentro, una democracia y, también desde dentro, llamaba a Franco estafador.
Un poeta que pasó de la camaradería falangista a la soledad de la clarividencia, de los cargos oficiales al ostracismo, un hombre que en la madurez solo se jactaba de una cosa: ser libre en España pese a la dictadura.
Falangismo juvenil.
La peripecia vital de Ridruejo comienza en la pequeña aldea de Burgo de Osma, donde nace en una familia de clase media en la que pronto desaparecen el padre y los demás varones. Ridruejo justifica el germen de su apasionamiento falangista en Explicaciones, artículo que abre el libro: “Ni de mi casa ni de mi pequeña villa episcopal, donde el correr de la historia era casi insensible, ni de los diversos internados donde había ido cursando mis estudios, incluidos los superiores, había podido yo recibir estímulos para interesarme por la política”. La candidez aldeana y el conservadurismo del entorno le llevaron a la derecha, pero una figura poderosa tuvo mucho que ver con su adhesión fiera al falangismo: nada menos que la de José Antonio Primo de Rivera.
En 1933 Ridruejo ingresó en Falange Española con sus dos hermanas. Dos años después, por medio de su amigo Agustín de Foxá, conoció al líder José Antonio y quedó impresionado por su personalidad: su ingenuidad tomó la vigorosa forma del falangismo, que daba caldera holgada a su apasionamiento juvenil y maleaba bien su sensibilidad socialista y su catolicismo.
Fueron años de aventuras: dedicarse a la propaganda falangista no era mala forma de ver mundo. Viajó a Alemania e Italia (“Roma es la única ciudad a la que uno puede amar como si fuera una mujer”) pero tuvo aventuras en tierras más exóticas, por ejemplo el Tánger internacional. Allí tenía que dirigirse para dar una conferencia pero perdió el avión. Ni corto ni perezoso, puesto que estaba en Sevilla, se dirigió al general Queipo de Llano para que este le prestase su avioneta. El militar accedió, pero le advirtió: “La avioneta es un cacharro y seguramente te vas a matar en el Estrecho. Pero tranquilo, si consigues llegar a Tánger te matarán allí”. Sobrevivió y llevó a cabo la gran aventura de tantos jóvenes de aquella época: el viaje guerrero a Rusia como combatiente de la División Azul.
En aquel tiempo aventurero empezó a publicar su poesía (Plural sería su primer libro) pero también se introdujo en el periodismo. Su perfil cultivado y su oratoria le valieron el nombramiento de jefe nacional de Propaganda.
Duró poco. Con una mirada totalmente irónica sobre sí mismo, Ridruejo recuerda un besamanos que ofreció Adolf Hitler en su primer viaje oficial a Berlín. Cuando el tirano se paró ante él, uno de sus ministros le comentó al oído que ese muchacho delgado era el goebbels español, comparación que Hitler aprobó con una risilla enigmática, pues ciertamente Ridruejo se le parecía.
Pero Hitler no había dado la mano a un fanático propagandista del régimen sino a quien sería, en palabras de Luis Ortega, el único hombre que podía encontrarse dentro de España dispuesto a levantar la voz contra Franco.
Disidencia madura.
A Ridruejo le llegó la madurez democrática mucho antes que a España. En 1942, recién cumplidos los 30 años, dimitió de su cargo público. Las razones de su alejamiento seguían siendo falangistas. Ridruejo consideraba que la Guerra Civil había desembocado en un fraude y acusaba a Franco de servirse a sí mismo más que al país, y lo hacía con palabras durísimas y sin ambages en una carta que le envió a Serrano Suñer.
Pero su pensamiento se vuelve mucho más audaz cuando abandona también el falangismo. Desde finales de los 40 fue avanzando hacia una posición visionaria. Ridruejo entró en una pasividad política tiznada de disidencia que le llevó a varios exilios en provincias alejadas y a la cárcel en un par de ocasiones más graves, y poco a poco su nombre se fue convirtiendo en un tabú para la prensa española. Incluso intentaron asesinarlo, disimuladamente (“todo era casual, unas anginas podían servir de excusa para un asesinato político”) en Huelva.
Pero siguió, confinado, pensando en libertad. Su crítica al franquismo estaba ya totalmente madura cuando en 1957 concedió una entrevista a Luis Ortega Sierra para la revista cubana Bohemia. Lo más sorprendente es que allí, a lo largo de nueve puntos, daba las pautas necesarias para que España mejorase. Se llevarían a cabo en la Transición, meses después de su muerte.



