Bueno para la salud, malo para el bolsillo

20 / 03 / 2012 17:48 Carolina Valdehíta
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Comida convencional con añadidos artificiales y alterada genéticamente, pero más barata; o comida ecológica, más cara pero más saludable y sabrosa. Ese es el dilema.

La comida bio es una moda en auge. Y no es para menos. Si nos parásemos a pensar en los aditivos que llevan los platos que consumimos a diario y cómo pueden estos afectar a nuestro organismo diríamos au revoir a muchos alimentos. Pero existen otras opciones, aunque, casi siempre, resultan más caras. La comida ecológica es mucho más saludable para el organismo, ya que no ha sido tratada con productos químicos ni modificada genéticamente. Además, durante su proceso de cultivo (o crianza en el caso de los animales) cuida el medio ambiente, promoviendo la sostenibilidad y el respeto por la naturaleza, a la vez que procura a los animales una vida y una muerte más dignas.

Es cierto que comer bio es más saludable y sabroso. Pero también es cierto que esa calidad se paga más cara. Tiempo ha paseado por el supermercado y ha navegado por Internet con el fin de hacer una comparativa entre los precios de los productos ecológicos y los convencionales. Las diferencias no son tan elevadas en los casos de los productos hortofrutícolas (desde algunos céntimos a algo más de un euro), pero sí lo son en el caso de la carne, que puede llegar a doblar su precio, justificado por la mejora de las condiciones de vida de los animales, que potenciarán la calidad final del producto. Al final de la compra, si echamos un ojo a ambas facturas, podemos ver cómo la de la cesta de productos ecológicos asciende a más del doble que la de la cesta convencional. Pero todo tiene un porqué.

Transgénicos y demás.

Cada vez más gente está tomando una ecoconciencia, tanto en su vida como en su alimentación, aunque esta siga siendo una asignatura pendiente. Íñigo de Juan, director de márquetin de Enterbio, empresa de distribución de alimentos ecológicos, cuenta que en España el consumo de este tipo de productos “apenas representa el 1%, mientras que en Francia, Alemania o Reino Unido es de un 10%”. Aunque resalta que la gente “está viendo lo importante que es cuidar la alimentación y saber realmente qué come”. Entre 2006 y 2009 la producción ecológica creció un 15% al año, aunque desde 2010 es del 5%, siendo Andalucía la comunidad con más superficie de hectáreas dedicadas a este tipo de cultivo (el 60% del total del país).

Aunque resulte difícil de creer, son precisamente las frutas y verduras los alimentos que más contaminados están. “Una manzana convencional suele recibir una media de entre 20 y 30 tratamientos de plaguicidas, baños de fungicidas y gaseados para hacer que madure antes”, cuenta el experto Mariano Bueno. Una lechuga normal tardaría dos meses en cultivarse, frente a una tratada con “hormonas de crecimiento” que lo hace en solo un mes. El mayor atractivo de las frutas y verduras ecológicas es que tienen un aspecto mucho más apetitoso y son más sabrosas. ¿Por qué? Porque no se utiliza ningún producto químico, ni fertilizantes, ni plaguicidas. El único condicionante es que solo se pueden tomar durante su temporada de cosecha. Además, se ha constatado que los alimentos frescos deben ser consumidos en la misma región, o al menos en el mismo país donde se han producido y no a miles de kilómetros de su origen.

Para Manuel Luis Castellano, que distribuye comida ecológica en Madrid y Toledo, estos alimentos presentan dos tipos de beneficios: “Los que se ven y los que no se ven. Tienen más vitaminas y menos agua, por lo que además de saber mejor tienen mejor calidad”. Una calidad que será catalogada de eco solo si “al menos el 95% de sus ingredientes agrícolas han sido producidos de manera ecológica”. Es decir, que el producto haya respetado los ciclos naturales de producción y que esta esté basada en una “degradación mínima del entorno en el que coexiste y que sea suficiente para resultar rentable”, según un informe de Facua. “Todo lo que demandan los clientes tiene que ser lo más ecológico y local posible, desde la comida hasta el proceso que sigue hasta llegar al domicilio”, relata Castellano. En su caso podría decirse que el negocio de comer sano no entiende de crisis, ya que su cuota de mercado aumenta entre un 10% y un 15% al año.

Según Facua, los efectos que pueden producirse en la salud con la ingesta de transgénicos son diversos y el mayor problema es la “bioconcentración en nuestro organismo”, ya que “el cuerpo humano no es capaz de digerir [ciertas sustancias] por sí mismo, lo que provoca un daño permanente”. A pesar de ello, “España es el único país de la Unión Europea que cultiva transgénicos a gran escala, mientras que en Francia o Alemania los han prohibido”, critica la Asociación de Amigos de la Tierra.

Esclavos de la producción.

Después de conocer las condiciones en que viven los animales que consumimos, habría que replantearse si estamos de acuerdo con ellas. Por lo general, un pollo se cría de manera muy intensiva y tiene una esperanza de vida de poco más de un mes, durante el que está obligado a comer y beber durante todo el día. “El animal engorda mucho porque prácticamente no se puede mover, mientras que los pollos ecológicos viven más de tres meses y están en mayor libertad”, explica Castellano. Por eso un pollo ecológico puede llegar a costar el doble que uno tradicional (unos 22 euros el kilo). Por otro lado, las gallinas están obligadas a permanecer en jaulas conjuntas y “se les quitan los picos para evitar que se agredan unas a otras”, mientras que las ecológicas viven al aire libre y tienen sus propios nidos para poner los huevos.

En el caso de las carnes, el sistema tradicional trata de criar “las especies que mejor se adaptan al medio y que más carne proporcionan, ignorando las razas autóctonas que se han criado en el campo”, dice Castellano. Conchi Gutiérrez cría terneras en Cantabria respetando el ciclo de vida del animal: “Los animales maman de su madre durante unos cuatro meses y después viven adaptados al medio y sin estrés, alimentándose básicamente de hierba”. Gutiérrez vende a 5,40 euros el kilo de carne ecológica. En opinión de Mariano Bueno es necesario “evitar” las carnes de animales criados en cautividad, que llegan a nuestros platos en forma de bistecs y pechugas “a buen precio”, ya que para rentabilizar la producción “se están deforestando selvas y cultivando millones de hectáreas de soja y maíz transgénicos”. Hay que recordar que comiendo bio por un lado prevenimos “posibles trastornos relacionados con la acumulación de  sustancias tóxicas en nuestro organismo”; y por otro tomamos alimentos con más nutrientes, donde “las sustancias antioxidantes y regeneradoras celulares son superiores”, especifica Bueno.

Ahora la elección es de cada uno: comer sano por más dinero o seguir con la dieta cotidiana.

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