Átame mon amour

19 / 02 / 2014 10:15 Lucía Martín
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El bondage viene de Japón y es un arte antiguo, pero ahora se enseña en selectos talleres. Nos colamos en uno de ellos.

Atame, la película de Pedro Almodóvar, o la canción Lía, de Ana Belén, son expresiones del bondage... ¿Le suena esta palabra? Podríamos decir que es una de las técnicas más populares que forman parte del BDSM, acrónimo para bondage y sadomasoquismo. Se trata de la privación y limitación del movimiento. O sea, de que le aten a uno, bien sea con cuerdas, o con cintas, esposas, etcétera. Puede pensarse que cualquier cosa es bondage, pero no es así: esta técnica o disciplina se aprende, es algo que lleva tiempo. Atar es todo un arte, de hecho, muchas de las ataduras sobre el cuerpo de otro son creaciones artísticas. Por eso mucha gente se apunta, cada vez más, a talleres de bondage, en los que enseñan la teoría de la disciplina y además, se pasa a la acción practicando ataduras.

El bondage es un arte que viene de Japón: inicialmente denominado shibari, que significa literalmente “atadura”, sus orígenes se remontan al uso creativo de cuerdas y envoltorios que tuvo lugar desde el periodo Jomon, que va desde el 14.000 hasta el 400 antes de Cristo. Era muy habitual entonces utilizar las cuerdas de yute para adornar jarrones y piezas de alfarería... En el caso del bondage se trata de una práctica más en el juego erótico, en la que uno, el atado, queda a merced, sumiso, del que ata.

Un juego indoloro.

En la exquisita boutique Lily Blossom, en el centro de Madrid, se imparten desde hace cuatro años talleres de bondage. La maestra de ceremonias es Almudena Martínez, sexóloga, que lleva años formándose en la materia. Acudimos a uno de estos talleres para que nos enseñen a atar. El curso, que dura entre dos y tres horas, se desarrolla en la más estricta intimidad (hay cursos para una persona, para parejas y grupales), como así nos lo garantizan las aterciopeladas cortinas rojas de Lily Blossom.

Lo primero que hay que saber en cuanto al bondage es que no vale cualquier cuerda, y la de tender, menos, porque quemaría la piel y acabaría haciendo heridas. Primer mito que se nos cae: el bondage no duele. “No tiene por qué ser solo un juego de sumisión. Es una técnica basada en la confianza. Si dejo que me ates es porque sé que luego me vas a desatar”, aclara Martínez. En la primera parte del taller se trata la teoría: de dónde viene la técnica, anatomía, medidas de seguridad, etcétera. Después, se pasa a la parte práctica: recoger cuerda, de la misma forma que se hace con las de escalada y después, se practican algunas ataduras. No hay problemas en encontrar voluntarios porque lo que los asistentes vienen buscando es aprender, practicar. “Cuando son talleres para uno solemos acudir a modelos para practicar las ataduras en su cuerpo”.

Segundo mito que se nos cae: el bondage no se practica solo sobre el cuerpo desnudo. De hecho, se hace tanto sobre personas vestidas como desnudas. En el taller se hará en función de lo que pidan los asistentes. ¿Qué partes del cuerpo se atan? “Manos y pies. También se aprende a atar una extremidad a algo, normalmente, a un bambú”, comenta. Este sería el taller de iniciación, existen dos niveles más: el intermedio y el superior, donde se practica con otras partes del cuerpo o incluso, se suspende al otro en los shibari ring (en la tienda hay uno que pende del techo). “Al estar suspendido las sensaciones son mayores, porque a la de sentirte a la merced del otro se une la de ingravidez”, añade Martínez.

¿Quiénes van a estos talleres? Pues un público muy heterogéneo: jóvenes pero también mayores, y cada vez más hombres. “Ahora tenemos un 60% de mujeres y un 40% de hombres”, cuenta. ¿Existe algún peligro? “Llevo atando más de diez años y nunca he visto a nadie cortar una cuerda, que es lo peor que podría pasar”, explica. Si hay que hacerlo, se usan unas tijeras de vendaje que no suponen ningún peligro para la piel. Eso sí,  hay partes del cuerpo delicadas a la hora de atar: “El cuello y las articulaciones, no por la sangre sino por la posibilidad de pinzar un nervio”, comenta.

¿Se siente uno incómodo al ser atado, si le atan por ejemplo, el pecho? No hay como probar para saber: durante el taller, esta redactora se prestó a que le ataran manos y pecho. Y, a pesar de lo que uno pueda pensar, no se siente presión alguna (se deja una distancia entre la cuerda y tu piel, aunque sea imposible desatarte). La sensación fue de mucha comodidad. “Cuando se ata el pecho a una mujer, por ejemplo, suelen sentir empoderamiento porque el pecho y la espalda, por las ataduras, se te colocan. Te sientes muy sensual”, finaliza Martínez. Palabra de profesional...

El set básico es una cuerda, aunque también hay cinta adhesiva, lazos, esposas... Hay distintos tipos de cuerda: de algodón, de yute, de cáñamo. Para empezar se recomienda la de algodón, las sensaciones serán más suaves. “Aunque cuando la gente prueba la de cáñamo, se aficiona enseguida, las sensaciones son más duras y además, esta cuerda tiene un olor especial”. Para los que están empezando se recomienda una longitud de 4 metros (para atar extremidades). Se pasaría luego a 8 metros. Un ejemplo: suspender a una persona colgada supone utilizar 80 metros de cuerda.

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