Genovés

29 / 05 / 2013 13:22 Vicente Molina Foix
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En Crowds reconocemos al pintor que nos acompañó e inspiró en las reivindicaciones de la libertad.

Hubo un tiempo en que todos teníamos un genovés en casa. No se trataba de un cuadro suyo, pues el artista valenciano se hizo caro muy pronto, a fines de los años 60, sobre todo cuando pasó a representarle una de las más grandes galerías internacionales, Marlborough, con la que sigue asociado. Lo que los progres de la última década franquista teníamos eran pósters y pegatinas; yo llevaba dos en mi carpeta de apuntes de Historia de la filosofía, a modo de emblema ideológico más que de adorno. De su pintura de aquella época quizá la obra más significativa fuese El abrazo, que adquirió el valor de un símbolo trascendiendo el territorio del arte; ese llamativo grupo de ciudadanos vistos de espalda en una actitud de compartir, de eludir quizá un peligro inminente y de autoprotegerse, fue adaptado (muy torpemente, hay que decirlo con pena) en la escultura conmemorativa de los asesinatos de Atocha de enero de 1977, situada en la madrileña plaza de Antón Martín, cerca del lugar donde la extrema derecha irrumpió criminalmente en el bufete de abogados laboralistas. Genovés, desde sus inicios artista comprometido contra la dictadura y a veces represaliado por ella, ha sido siempre, sin embargo, mucho más que un militante que pinta.

La extraordinaria calidad de su pintura, y su plena forma, a los 83 años, en la reinvención de un idioma personal, se comprobaba en la última exposición de su trabajo reciente, que estuvo hasta marzo en la galería Marlborough de Madrid, y aún gana en amplitud y relevancia en la que ahora se puede ver (hasta el 30 de junio) en el Centre del Carmen de Valencia, que ha editado además un excelente y completo catálogo. En Crowds(Multitudes), que así se titula esta retrospectiva en dos tiempos (se muestran importantes obras de los años 60 y 70 que el artista conservaba en su estudio, al lado de una amplísima muestra de las actuales), reconocemos al pintor que nos acompañó e inspiró en las reivindicaciones de la libertad, pero recuperamos también al artista ocurrente, fiel a un mundo propio que sigue enriqueciendo con la intensidad cromática de su paleta y la exploración de nuevos y sorprendentes puntos de vista narrativos, más cercanos que nunca al cine.

De los individuos que corren y huyen, que sufren apaleo y tortura, de las estampidas ante una agresión que no se ve en los cuadros de sus primeras décadas, tan memorables, el Genovés de hoy pone de manifiesto algo que no conviene olvidar, como señala en su texto del catálogo Martin Coomer: su raíz pop art, un pop que en la negra España de Franco tendía a los monocromos y con el tiempo, sin perder el filo agudo, ha incorporado el color y la materia.

Hizo de la multitud un leitmotiv, aunque en los grandes lienzos de los años 2010-2013, que componían el conjunto de la Marlborough y ahora la segunda parte de Crowds, el signo ha variado. En las vibrantes aglomeraciones de pequeñas figuras salpicadas de manchas, numeradas, cuadriculadas, realzadas por el pegote del acrílico, la resonancia es mayor. Las multitudes siguen estando en soledad o agrupadas para unir su temor, pero ya no son los españoles víctimas de la dictadura. Escapan de una amenaza menos cruenta y a la vez letal, la que se cierne en forma de manipulación y abuso de poder sobre toda la condición humana.

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