Traficantes paneuropeos

11 / 02 / 2016 Nativel Preciado
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Panorama aterrador es un término poco elocuente para describir lo que está sucediendo en Europa con el drama de las migraciones. Existe una “infraestructura criminal paneuropea”, enormemente sofisticada, que secuestra a niños refugiados y los vende a mafias dedicadas a la explotación sexual y el esclavismo. Las noticias más alarmantes proceden de la Oficina Europea de Policía (Europol), que denuncia la desaparición de 10.000 niños que se han escapado de la supervisión de las autoridades. Se supone que algunos estarán con sus familias, pero otros habrán caído en manos de estas bandas de traficantes-buitres que merodean por los campamentos para robarlos. El año pasado, según datos de Save the Children, llegaron a Europa cerca de 26.000 menores sin acompañamiento, del total de los 270.000 niños refugiados que huyen de zonas de conflicto. Si los Gobiernos europeos se dejan llevar por el pánico y toman decisiones erróneas la situación se agravará, denuncia Naciones Unidas. Aunque el presente ya es pavoroso, las cosas siempre pueden ir a peor. En Dinamarca acaban de aprobar una mezquina ley que permite confiscar el dinero de los refugiados, como sucede en Suiza y en algunos Estados alemanes. Solo podrán conservar poco más de 1.000 euros y bienes de valor sentimental, como alianzas o medallas.

Se ha establecido una competición entre europeos para ver cuál es el país más inhóspito y desagradable. El objetivo es reducir la afluencia de solicitantes de asilo, poco importa que sea a costa de violar los derechos humanos. Mientras tanto, centenares de ultras vestidos de negro y encapuchados merodean por las calles de Estocolmo, agreden con puños americanos a los inmigrantes y distribuyen panfletos que amenazan con ejercer acciones violentas contra niños refugiados: “...no vemos más alternativa que impartir nosotros mismos el castigo que se merecen”. Todo es tan oscuro y tenebroso como el escándalo de las agresiones sexuales de Nochevieja en Colonia y otras ciudades alemanas. Parecen sucesos programados para alentar la xenofobia y culpabilizar a la canciller Merkel por su gestión de la crisis.

La población subsahariana se multiplica al mismo ritmo que su pobreza y que los conflictos bélicos en Siria, Irak, Afganistán, Somalia o Libia.

Frente a la incontenible demanda migratoria es inútil responder con medidas policiales, bandas criminales a la caza del refugiado y cierre de fronteras. Cada país no puede seguir actuando por su cuenta. Hay que pensar medidas comunes y de largo alcance; no por razones humanitarias, sino de supervivencia. De lo contrario, los pronósticos son demasiado sombríos. Terminarán invadiendo la Unión Europea y al continente más desarrollado del planeta y a Europa, como diría Alfonso Guerra, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió.   

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