Politizar las tragedias

23 / 06 / 2016 Nativel Preciado
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La islamofobia se ha instalado en el corazón de Occidente y, llegados a este punto, no será fácil desterrar el odio mutuo entre ambas facciones, cada una parapetada a un lado de la trinchera. Hay poco que hacer contra los que meten a todos los árabes en el mismo saco, y menos aún después de un atentado tan brutal como el perpetrado en el club gay de la ciudad de Orlando (Florida) por Omar Mateen, estadounidense de origen afgano. Escribo con demasiada antelación como para conocer sus efectos sobre la campaña presidencial a la Casa Blanca. De momento, Donald Trump, como era de esperar, ha politizado groseramente la tragedia intentando llevar el agua a su molino. “Agradezco las felicitaciones por tener razón sobre el terrorismo islámico”, declaró el candidato republicano recién producida la masacre. Ni una referencia, por supuesto, a las 33.000 personas que mueren al año en Estados Unidos por culpa de las armas de fuego. Y menos aún sería capaz de establecer alguna diferencia entre “musulmán”, “islámico” o el “islamista” de carácter fanático, violento y defensor del integrismo radical. La mayoría del pueblo árabe vive aterrado por el fundamentalismo, sin embargo, los estereotipos trazados desde Occidente impiden cualquier gesto de solidaridad o comprensión hacia ellos. Algunas teorías conspiratorias aseguran que existen intereses estratégicos para agravar el rechazo hacia todo lo que tenga reminiscencias árabes. De nada sirve argumentar, y menos en este delicado momento, que las primeras víctimas de la barbarie yihadista son los propios ciudadanos árabes, pero lo cierto es que, desde el año 2000, el 87% de los atentados del terrorismo islamista se han llevado a cabo en países donde el islam es la religión mayoritaria.

De un modo especialmente feroz las más perjudicadas son las mujeres. Hace unas semanas coincidí con varias ciudadanas magrebíes, en el festival Voces del Mediterráneo celebrado en Granada, y me contaron su dramática situación. Mujeres de enorme prestigio intelectual, independientes y combativas, defensoras de la democracia y la libertad, forzadas finalmente al exilio ante la imposibilidad de soportar la presión del integrismo en sus respectivos países. Ellas se juegan bastante más que sus compañeros y, sin embargo, nuestro mundo las juzga con total rigor e incredulidad. Durante mucho tiempo han sido víctimas del peso de la tradición, la miseria, el analfabetismo y ahora también de los yihadistas que quieren reintegrarlas al medievo. Es necesario reclamar solidaridad con estas mujeres magrebíes que se enfrentan a sus Gobiernos autoritarios y a lo peor de la tradición. También lo hacen los millones de ciudadanos que protagonizaron las primaveras árabes, los refugiados que huyen de la guerra en Siria y todos aquellos a los que Europa, ingratamente, ha dado la espalda. Sintamos, al menos, un poco de compasión o empatía.  

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