Moderadas ambiciones
El 80% de los ganadores millonarios de lotería lo pierden todo en diez años
Llama la atención que todos los concursantes de Pasapalabra anuncien que si ganan el premio dedicarán una parte a fines solidarios. El destino del resto del dinero lo distribuyen en objetivos muy similares: tapar agujeros, liquidar la hipoteca, ayudar a la familia, realizar el viaje soñado y, excepcionalmente, emprender un negocio. Es probable que en sus moderadas ambiciones resida el triunfo imparable de un programa que esta semana celebra el octavo aniversario en Telecinco con sus diez mejores concursantes. Se han analizado profusamente los motivos por los que aumenta la audiencia después de tantos años sin variar su fórmula. Los concursantes son personas corrientes que responden a un perfil con el que se pueden identificar la mayoría de los espectadores. El nivel medio de las preguntas es asequible a todos los públicos. Resulta divertido ver a los famosos someterse a una a prueba intelectual y, a veces, incluso pasar apuros. Son todas razones para el éxito, a las que se añade el factor intriga, el dominio de la escena y la excepcional simpatía del presentador Christian Gálvez.
Lo más atractivo, sin embargo, es que el concurso permite cumplir el sueño de ganar un dinero extraordinario de manera rápida y digna, gracias a una dosis de azar y otra de cultura. Se trata de un premio económico al esfuerzo, la templanza y el conocimiento, de manera que el ganador, a los ojos del público, tiene bien merecida su buena suerte, lo que le convierte en un ser envidiable pero, sobre todo, admirable.
Existen centenares de estudios psicológicos y sociológicos sobre el dinero y su relación con la felicidad. La mayoría dan mucha importancia al modo de obtenerlo. Si se consigue de una manera súbita y fácil, por ejemplo, a través de cierto tipo de juegos como la lotería, las quinielas, los bingos o los casinos, puede desembocar en graves trastornos. La primera prueba de fuego pasa por satisfacer las expectativas de familiares y amigos. Defraudarles crea mala conciencia. Al principio, el hecho de acceder a toda clase de objetos caros provoca una euforia desbordante. A la mayoría de los nuevos ricos les suele dar por lo mismo: comprar grandes casas, baños con jacuzzi, coches de lujo, viajes exóticos... pero adquirir dichas propiedades supone un placer efímero.
El exceso de riqueza inesperada genera envidias y enemistades. Se sabe, además, que el 80% de los ganadores multimillonarios de lotería, por su mala cabeza, lo pierden todo en tan solo diez años y eso les lleva a la desesperación. Estarán pensando que peores secuelas deja el paro, la incertidumbre laboral o el salario basura que impide cubrir las necesidades básicas. Los ganadores de Pasapalabra dicen mantener la misma vida que antes de ganar el premio, eso sí, sin agobios económicos. Lo más equilibrado, según el clásico, es tener dinero suficiente para no caer en la pobreza, pero sin alejarse mucho de ella.


