Los 35 segundos de Sully
En momentos de estrés nuestra memoria inmediata pide información a la remota.
La posibilidad de sufrir un accidente aéreo es de una entre tres millones, pero la alarma social que generan rompe nuestra cuota personal de probabilidad de riesgo y nos adentra en la irracional idea de que “podíamos haber sido nosotros”. Las fiestas navideñas son propicias para miles de desplazamientos. La aviación nos está impactando por diversos frentes. Por un lado, el terrible accidente del Avro Regional Rj85 cuando se aproximaba al aeropuerto internacional de Medellín y en el que viajaba el club de fútbol brasileño Chapecoense, ocasionó la muerte de 71 personas y dejó solo 6 supervivientes. La caja negra del vuelo revela la conversación del piloto con la torre de control y deja claro la existencia de un fallo eléctrico y la falta de combustible. ¿Fallo técnico, fallo humano, fallo organizativo? Todo tiene que ver. Hace tres años, la Administración Federal de Aviación de EEUU (FAA) tras investigar los desastres aéreos de los últimos años encontró en más de la mitad deficiencias en las habilidades de las tripulaciones. Para evitar que el piloto automático sea una fuente excesiva de relajación –lo que se conoce como capitán silicio– la FAA emitió una Alerta de Seguridad para recomendar a las compañías que los pilotos pasen más tiempo volando manualmente que con el piloto automático activado.
A propósito de los accidentes aéreos, y a pesar de los disgustos políticos que me da Clint Eastwood, no he querido perderme la película Sully, donde Tom Hanks hace el papel del piloto Chesley Burnett, Sully Sullenberger III, el héroe que amerizó en las gélidas aguas del río Hudson en Manhattan (Nueva York), un 15 de enero de 2009 y salvó a las 155 personas que iban a bordo del avión. Eastwood se recrea una y otra vez en las secuencias del amerizaje hiperrealista en el río Hudson. Más allá de sus logros técnicos, lo mejor de la película son los “35 segundos” que el capitán Sully pide al comité de investigación del siniestro que sumen a su informe donde se reproduce lo ocurrido; 35 segundos para añadir el factor humano a lo que la técnica y los ordenadores cronometran con absoluta frialdad. “He llevado a millones de pasajeros durante más de 40 años, y al final me van a juzgar por 208 segundos” sentenciaba ante el comité el capitán Sully, finalmente reconocido como un héroe. He tenido ocasión de oír la caja negra original en la que Sully dialoga sobre los problemas de su avión con las torres de control y es asombrosa la calma que demuestra en momentos tan decisivos; su pericia responde, ni se bloquea ni estresa; es el comportamiento que los psicólogos califican como “héroes”. En momentos de alto estrés nuestra memoria inmediata pide información a la memoria remota y esta se bloquea y no la envía, lo que los anglosajones asimilan a situaciones TOT en atención a las siglas anglosajonas de la expresión “lo tengo en la punta de la lengua”. Añadiría un detalle psicológico más, que la seguridad aérea está llena de héroes, pero solo se les reconoce cuando sufren un accidente que genera alarma social.


