Lejos del mundanal ruido

08 / 09 / 2016 Nativel Preciado
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Los conciertos tecno (como el Burning Man) deben hacerse en zonas despobladas.

 Acabo el verano maldiciendo el ruido. España, lo repito una vez más, es el país europeo con mayor contaminación acústica (sonido molesto y no deseado) que, como es sabido, genera trastornos de sueño, carácter irascible, hipertensión arterial y pérdida de audición. Un atentado contra nuestra salud. Les recuerdo que los militares estadounidenses lograron que el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, después de someterle durante tres días a escuchar heavy metal a todo volumen, abandonara su refugio y se entregara. En los meses estivales aumentan los decibelios. No sé por qué los ayuntamientos se disputan los multitudinarios conciertos de verano cuando sus vecinos –excepto los participantes– reniegan de ellos. Se supone que dejan dinero, sobre todo, a los promotores. Me refiero a los macrofestivales de música electrónica que se prolongan durante varios días en áreas cercanas a lugares poblados y generalmente visitados por turistas.

Sugiero que se reorganicen en espacios alejados de los núcleos urbanos, es decir, que se vayan a zonas despobladas. Un ejemplo interesante es el Burning Man (“hombre ardiente” o “en llamas”), festival anual que, desde hace casi tres décadas, se celebra en estos días, durante la primera semana de septiembre, en Black Rock, el desierto de Nevada, a 150 kilómetros de la ciudad de Reno. Se ha convertido en lugar de peregrinación, no solo para los amantes de la música tecno, sino para personajes como Larry Page y Sergey Brin, creadores de Google, o Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, que han participado en los últimos encuentros. La denominación de Burning Man obedece al ritual sabático que consiste en quemar una gigantesca escultura de madera con forma de hombre para celebrar el solsticio del verano boreal. Suele concentrar a unas 70.000 personas que se dedican a crear instalaciones artísticas y a escuchar o interpretar música electrónica. Deben llevar agua, comida y lo imprescindible para subsistir durante los siete días de un festival donde todo se comparte. No hay dinero, ni intercambios comerciales, ni patrocinadores, ni anunciantes, ni Internet, ni cobertura telefónica, ni agua, ni electricidad. Lo asombroso de este “experimento de comunidad de autoexpresión y autosuficiencia radical”, como se autodefinen, es que los participantes respetan un estricto código de conducta, basado en la libertad y en el respeto a la diferencia (cada uno se expresa como le da la gana), pero en el que todos se comprometen a no dejar rastro ecológico. Cuando desmontan su “ciudad efímera” no queda ni una brizna de basura en el suelo. Así no molestan a nadie y pueden hacer el ruido que les de la gana.

Tomen nota los amantes del tecno y, cuando superan los 55 decibelios, por favor, váyanse al desierto. 

Grupo Zeta Nexica