La indecencia
Cada vez que escribo sobre la crisis de los refugiados me llueven insultos. Una sarta de energúmenos me dedican parrafadas ofensivas, al tiempo que pronuncian la consabida frase de “si tanto te gustan, mételos en tu casa”. No me quejo de su incomprensión, porque es mutua. Soy incapaz de entender por qué unos desalmados holandeses, seguidores del PSV Eindhoven, se divirtieron humillando a las mujeres que pedían limosna en la Plaza Mayor de Madrid. ¿Qué clase de cerebro tendrán esos hinchas de fútbol que lanzaban monedas al aire para ver cómo las pobres rumanas se arrastraban por el suelo para recogerlas? Hay cosas más infames todavía. Es inconcebible que unos canallas merodeen por los campamentos en busca de niños para venderlos a las mafias que los convierten en esclavos sexuales. Muchas de las mujeres y niñas que huyen de Siria e Irak y viajan solas son frecuentemente violadas y sometidas a tratos vejatorios por parte del personal de seguridad. Amnistía Internacional (AI) denuncia su indefensión en las zonas de tránsito y en los campos de refugiados, donde pasan frío, hambre y no tienen comida suficiente ni atención médica básica. Hemos visto imágenes terribles de empujones y apaleamientos por parte de las fuerzas de seguridad dentro del territorio europeo. Están vulnerando, según AI, el Derecho Internacional Humanitario, la Convención de Ginebra, el Convenio Europeo sobre Derechos Humanos, la Carta de Derechos Fundamentales de la UE y el Sistema Europeo Común de asilo.
En anteriores entregas me he referido a las bestias encapuchadas que merodean por las calles de Estocolmo y agreden a los inmigrantes con puños americanos. Y a la mezquina ley aprobada en Dinamarca que permite a la Policía confiscar el dinero y los objetos de valor a los refugiados. Pero no todos los europeos son iguales. Hay muchos activistas que están dispuestos a oponerse a las leyes que consideran injustas en esta materia. Es cierto que Dinamarca y otros países nórdicos ya no son un ejemplo en materia de derechos humanos, porque en la última década han ido derogando las leyes que garantizaba el asilo. En la nueva ley de extranjería se considera un delito transportar a personas sin permiso de residencia, sin embargo, muchos daneses se arriesgan a ser sancionados con fuertes multas por ayudar a los refugiados. Esta semana, The Guardian publicaba la ejemplar historia de Lisbeth Zornig, famosa escritora danesa, que ha sido procesada bajo la ley de trata de personas y condenada a pagar una multa de 3.000 euros, por llevar en su coche hasta Copenhague a una familia de origen sirio. A su marido también le han multado con la misma cantidad por invitar a dicha familia a tomar un té y un poco de comida en su casa y llevarlos después a la estación de tren donde les compró pasajes para Suecia. Ambos han dicho que volverían a hacerlo, porque hay que rebelarse contra esta “criminalización de la decencia”.


