La Europa prometida

17 / 09 / 2015 Nativel Preciado
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Ojalá compartamos el bienestar que nos queda con los que huyen del infierno

Hace meses que las organizaciones humanitarias reclaman nuestra solidaridad para acoger a los refugiados procedentes de Siria y el resto de los países invadidos por los yihadistas del autodenominado Estado Islámico. Lo hacen, a veces, de manera impertinente para insultarnos por nuestra pasividad. Acusan a los Gobiernos de incumplir sus propias leyes, violar tratados y acuerdos internacionales. Se les recuerda de forma apremiante el deber de amparar a las personas que demandan auxilio al encontrarse en peligro. Se consiguen millones de firmas para denunciar situaciones injustas o claramente criminales contra los refugiados retenidos en los campamentos de acogida. Nos hacen avergonzarnos de ser europeos. Mientras tanto, no cesan de convocar reuniones de urgencia para negociar soluciones que no acaban de llegar. Hasta que un día la situación estalla y, sin saber bien los motivos, desaparecen los impedimentos que parecían insalvables y el mundo se moviliza.

La semana pasada escribía en esta misma página sobre las imágenes que pueden herir la sensibilidad del público, sin saber que al día siguiente se publicaría la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio cuyo cadáver apareció en la playa y, por inexplicables circunstancias, se ha convertido en símbolo de todos los náufragos que intentan cruzar el Mediterráneo. Las estadísticas de la vergüenza se plasmaron en el cuerpo del niño ahogado para despertar la conciencia del mundo. Su imagen logró movilizar a los dirigentes europeos que, al fin, decidieron aumentar las ayudas económicas y acelerar los trámites para facilitar las peticiones de asilo y la construcción urgente de alojamientos para refugiados. Una medida que a Angela Merkel le ha costado enfrentarse con el sector más conservador de su coalición. Es posible que el drama tremebundo de los refugiados acabe con el euroescepticismo que llevamos arrastrando desde hace décadas y nos lleve a recobrar la confianza en las ventajas del viejo y maltrecho continente, convertido ahora en tierra de promisión. He aquí un gran desafío para los líderes políticos: estar a la altura de una excepcional circunstancia histórica. Quizá logren levantar cabeza si superan la enrevesada prueba de acoger a los solicitantes de asilo, al mismo tiempo que contienen la hostilidad de parte de la población alentada por algunos partidos que aprovechan la ocasión para inocular el veneno xenófobo. Ojalá el declive en el que entró la Unión Europea sea reversible y podamos compartir el bienestar que nos queda con los millones de migrantes que huyen del hambre y de la guerra.

Hay quien achaca el estallido de la crisis a la impactante imagen del pobre Aylan, sin embargo, estoy convencida de que es el resultado de todas esas actuaciones, pequeñas pero incesantes, que les contaba al principio.

Hace meses que las organizaciones humanitarias reclaman nuestra solidaridad para acoger a los refugiados procedentes de Siria y el resto de los países invadidos por los yihadistas del autodenominado Estado Islámico. Lo hacen, a veces, de manera impertinente para insultarnos por nuestra pasividad. Acusan a los Gobiernos de incumplir sus propias leyes, violar tratados y acuerdos internacionales. Se les recuerda de forma apremiante el deber de amparar a las personas que demandan auxilio al encontrarse en peligro. Se consiguen millones de firmas para denunciar situaciones injustas o claramente criminales contra los refugiados retenidos en los campamentos de acogida. Nos hacen avergonzarnos de ser europeos. Mientras tanto, no cesan de convocar reuniones de urgencia para negociar soluciones que no acaban de llegar. Hasta que un día la situación estalla y, sin saber bien los motivos, desaparecen los impedimentos que parecían insalvables y el mundo se moviliza.

 

La semana pasada escribía en esta misma página sobre las imágenes que pueden herir la sensibilidad del público, sin saber que al día siguiente se publicaría la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio cuyo cadáver apareció en la playa y, por inexplicables circunstancias, se ha convertido en símbolo de todos los náufragos que intentan cruzar el Mediterráneo. Las estadísticas de la vergüenza se plasmaron en el cuerpo del niño ahogado para despertar la conciencia del mundo. Su imagen logró movilizar a los dirigentes europeos que, al fin, decidieron aumentar las ayudas económicas y acelerar los trámites para facilitar las peticiones de asilo y la construcción urgente de alojamientos para refugiados. Una medida que a Angela Merkel le ha costado enfrentarse con el sector más conservador de su coalición. Es posible que el drama tremebundo de los refugiados acabe con el euroescepticismo que llevamos arrastrando desde hace décadas y nos lleve a recobrar la confianza en las ventajas del viejo y maltrecho continente, convertido ahora en tierra de promisión. He aquí un gran desafío para los líderes políticos: estar a la altura de una excepcional circunstancia histórica. Quizá logren levantar cabeza si superan la enrevesada prueba de acoger a los solicitantes de asilo, al mismo tiempo que contienen la hostilidad de parte de la población alentada por algunos partidos que aprovechan la ocasión para inocular el veneno xenófobo. Ojalá el declive en el que entró la Unión Europea sea reversible y podamos compartir el bienestar que nos queda con los millones de migrantes que huyen del hambre y de la guerra.

 

Hay quien achaca el estallido de la crisis a la impactante imagen del pobre Aylan, sin embargo, estoy convencida de que es el resultado de todas esas actuaciones, pequeñas pero incesantes, que les contaba al principio.

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