Gato blanco, gato negro
Participar de las instituciones es un juego peligroso para quien se declara asambleario o antisistema. No conozco un solo caso de alguien que haya dado el salto sin contaminarse de sus rutinas y procedimientos. Parece imposible excluirse e integrarse al mismo tiempo, aunque no descarto la posibilidad de que lo consigan los partidos, candidaturas o agrupaciones como la CUP, Podemos, En Comú Podem o cualquiera de los que comparten su nuevo espacio junto a la vieja política. En la reciente sesión de investidura de Carles Puigdemont, dijo Anna Gabriel, diputada al Parlamento de Cataluña por la Candidatura d’Unitat Popular, que no han perdido la dignidad ni abandonado ninguno de sus bastiones. Enseguida pensé que algo se pierde cuando pasas por alto la frase que ella misma desveló del interlocutor de Junts pel Sí: “Nos dijeron que la cabeza de un israelí [en referencia a Artur Mas] vale diez cabezas de palestinos [de la CUP]”. Hay que tener tragaderas para aceptar semejante insolencia sin levantarse de la mesa. Por algo se empieza.
Quizá la palabra contaminar, empleada unas líneas más arriba, se preste a confusión. Así, en abstracto, no hay por qué valorar más la democracia directa que la democracia representativa, ni considerar la superioridad de una sobre la otra; las dos tienen sus carencias.
Sin embargo, no es fácil combinar el carácter utópico, que se les supone a los sistemas asamblearios, con el declarado pragmatismo de los sistemas parlamentarios, porque saltan chispas. Siempre se imponen los vicios de los segundos sobre la supuesta virginidad de los primeros que, al final, terminan por adoptar la doctrina de Deng Xiaoping, “gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones”, que es la versión oriental de “el fin justifica los medios”. Quizá fuera más útil que se complementaran ambos desde sus respectivas posiciones. Lo digo mientras especulo sobre la herencia del 15-M, el movimiento ciudadano que pronto cumplirá su quinto aniversario. Dos de cada tres españoles, según las encuestas de entonces, compartían la indignación de los acampados en la Puerta del Sol. Su mayor éxito fue movilizar a miles de ciudadanos hartos de los privilegios de políticos ineficaces y corruptos que solo defendían sus propios intereses. Los representantes de los partidos tradicionales que intentaron aproximarse a las asambleas fueron rechazados sin contemplaciones. Se evitaba así caer en manipulaciones partidistas. Ese fue otro de los aciertos más novedosos del 15-M, el llamado liderazgo sin rostro, porque evitó los personalismos que siempre terminan por alejarse de las bases.
Era impensable que de aquel movimiento salieran liderazgos tan personalistas, mediáticos y carismáticos como los del líder de Podemos, Pablo Iglesias, o la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, por poner un ejemplo.


