¿Dónde estabas hace 40 años?

19 / 11 / 2015 Nativel Preciado
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¡Gracias!

Ante su cadáver solo deseé que el sufrimiento que había causado acabara con él

Ha sido fácil recordar dónde estaba yo la madrugada del 20 de noviembre de hace 40 años. Cuando murió Franco hacía guardia en el hall del hospital La Paz. Veinte días antes pasaba la noche a la intemperie, en las afueras de su residencia del palacio del Pardo, junto a docenas de periodistas españoles y extranjeros que vivíamos pendientes de su enfermedad. El 3 de noviembre había sufrido una hemorragia gástrica masiva y le tuvieron que operar en condiciones desastrosas. Muchos le dimos por muerto. Para su desgracia, sobrevivió y le trasladaron a La Paz. Estaba agonizando pero era imposible que durase tanto tiempo. En aquella época casi todo lo que nos contaban era mentira. Ni siquiera nos parecían fiables los partes que emitía diariamente “el equipo médico habitual”. Apenas había filtraciones del personal sanitario. Lo único fiable era que estaba soportando una larga y terrible agonía con dolores atroces. Por eso digo que tuvo la desgracia de sobrevivir cuando ya era una auténtica piltrafa. Luego supimos que sus familiares políticos le sometieron a un duro ensañamiento terapéutico, a una auténtica tortura, para tener tiempo de dejar todo “atado y bien atado”. Cuando nos comunicaron su muerte, 5.30 de la madrugada, me fui a escribir la crónica al semanario Doblón, donde ya había vivido demasiados sobresaltos para mi corta carrera periodística. Lo peor fue cuando al director, José Antonio Martínez Soler, le secuestró un comando ultra y le torturaron para que revelase sus fuentes. Hago este paréntesis para dar idea del peligro que suponía informar en aquel tiempo. Había que andarse con ojo, porque si molestabas a esa gente te podían dar un susto.

Pocas horas después, me tocó cubrir la capilla ardiente y la posterior misa corpore insepulto en el Palacio Real. Evité las colas kilométricas gracias a la acreditación y, cuando me vi en el Salón de Columnas delante de Franco, es decir, de un diminuto cadáver embalsamado, con su uniforme de gala, sus medallas, rodeado de coronas de flores, no sentí odio ni pena, solo el deseo de que todo el inmenso sufrimiento que había causado acabara con él. Tenía mis dudas. Me asustaba ver a tanta gente llorando como plañideras, enfermos en silla de ruedas, militares de uniforme, excombatientes, guerrilleros de Cristo Rey, algunos dando sonoros taconazos, con el brazo en alto y cantando el Cara al Sol, otros arrodillados con los brazos en cruz, la familia enlutada al fondo, monjas rezando el rosario, obispos ultras como José Guerra Campos y una nutrida representación del búnker como José Antonio Girón de Velasco o Blas Piñar.

Todo eso lo veía por primera vez y no supe interpretar aquella corte de los milagros desfilando ante el féretro de Franco. Pensé que segui-rían dando guerra, como así fue, pero los más fanáticos, por suerte, se extinguieron con él.

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