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Cuando herimos su sensibilidad

10 / 09 / 2015 Nativel Preciado
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El público ve con avidez, al tiempo que las critica, las imágenes de decapitaciones

Como el público, en general, nos tiene poco aprecio clama enseguida contra los medios de comunicación cuando publicamos determinados sucesos. Me refiero a noticias como la de este individuo apodado Bryce Williams que disparó hace unos días a los periodistas Alison Parker y Adam Ward mientras realizaban una entrevista para el canal WDBJ de un pueblo de Virginia (EEUU). Grabó el asesinato en directo y lo compartió en las redes sociales. Durante el tiempo que las terribles imágenes permanecieron online, antes de que Twitter y Facebook suspendieran su cuenta, se propagaron instantáneamente causando un impacto atroz. A los pocos minutos de lograr su difusión y justificarse como víctima de discriminación racial y sexual en el trabajo, el asesino, homosexual de raza negra, se suicidó. Cuando la televisión local decidió emitir el vídeo, teniendo en cuenta que ya se había difundido, le llovieron los insultos habituales de sensacionalistas y carroñeros mediáticos. De nada les sirvió la advertencia previa “estas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador”.

Cada vez que se publican escenas impactantes surge el mismo debate. ¿De qué sirve mostrar continuas calamidades en directo? El público ve con avidez, al tiempo que las critica, las imágenes de las decapitaciones perpetradas por los yihadistas, los cadáveres de náufragos en el Mediterráneo, los niños mutilados en el regazo de sus madres rotas de dolor, las secuencias truculentas de campamentos de refugiados. Lo más turbio, a veces, está en la mirada de quienes las contemplan. Los psicólogos dicen que no conviene publicitar algunos sucesos que solo sirven para alimentar el morbo y, en el caso de asesinatos y suicidios, para facilitar el objetivo de los criminales o dar ideas a todos los perturbados de este mundo.

Hace años era mejor tolerar los excesos periodísticos que aplicar la censura. Se consideraba contraproducente impedir la publicación de noticias, incluso cuando los medios de comunicación hurgaban innecesariamente en las entrañas de las víctimas. La única limitación era apelar a la responsabilidad de los periodistas o, en caso de traspasar los límites legales, la aplicación del Código Penal. Escribo en pasado porque hoy el debate ha quedado obsoleto por dos motivos en apariencia contradictorios. El primero es que en algunos países democráticos el derecho a la libertad de expresión ha dejado de ser prioritario (véase la ley mordaza) con el engañoso argumento de favorecer la seguridad de la ciudadanía. La paradoja es que las redes sociales, a las que cualquiera tiene acceso, impiden cualquier intento de limitación informativa y carecen de escrúpulos a la hora de exhibir las peores escenas de este mundo. Solo nos queda una salida: educar al que las mira.

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