Contra la España del lamento

09 / 03 / 2017 Nativel Preciado
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Los Españoles, desde el punto de vista personal y colectivo, nos valoramos poco.

La baja autoestima de los españoles va en aumento. El último barómetro del Observatorio de Imagen España del Instituto Elcano constata que, tanto desde el punto de vista personal como colectivo, nos valoramos muy poco. A esa pésima autovaloración se refería Miguel Ángel Revilla en La Sexta noche. El presidente cántabro se lamentaba de que los países vecinos tengan mejor opinión de los españoles que nosotros mismos e insinuaba lo difícil que lo tiene el alto comisionado Carlos Espinosa de los Monteros para defender la marca España.

Lo sorprendente es que, acto seguido, Revilla hizo una crítica de la actualidad nacional que daban unas ganas irresistibles de exiliarse en cualquier otro país. En una hora y media dio un repaso inmisericorde a la injusta sentencia del caso Nóos, la nefasta política energética, los fraudes de Afinsa, las preferentes, las tarjetas black, el caso Bankia con Rodrigo Rato y Miguel Blesa... y así hasta la derrota final. Supongo que los que vieron la entrevista terminarían con la moral por los suelos o quizá no.

Me consta que esta parte del programa hizo muy buena audiencia, porque Revilla es uno de los políticos mejor aceptados entre los espectadores. Mi conclusión es que al público le va la marcha o el derrotismo feroz o como quieran llamarlo.

Tras leer el informe del Instituto Elcano y asistir a la dura autocrítica televisiva se puede deducir que somos los principales responsables de avivar la “leyenda negra” en este país de toros, fiesta y flamenco, o el lamento machadiano de que una de las dos España ha de helarnos el corazón.

Han tejido nuestra negra historia con unos cuantos brochazos gordos: que la reina Isabel no se lavaba, Felipe II era un temible parricida o Carlos IV una lagarterana. Como decía Romain Gary, “el patriotismo es el amor de lo propio y el nacionalismo el odio de lo ajeno”. Es obvio que, en el mejor de los casos, somos más nacionalistas que patriotas.

No hay manera de recuperar, si es que alguna vez lo tuvimos, el orgullo nacional, el aprecio a la bandera, a los himnos y al resto de los símbolos que en otros países veneran. Venimos arrastrando un derrotismo de siglos, agravado por una Guerra Civil y una larga dictadura franquista que nos dejó heridas profundas que aún hemos sido incapaces de cicatrizar. Es difícil construir sobre un pasado que dilapidamos.

Para concluir con el ánimo un poco más elevado sugiero la lectura del libro 1.785 motivos por los que hasta un noruego querría ser español, donde se mencionan las materias en las que los españoles somos líderes. Ojalá los dirigentes actuales, en vez de apedrearse mutuamente cada día, fueran capaces de dibujar un futuro en el que podamos proyectar nuestra dignidad como nación.

Nos queda la esperanza de que las jóvenes generaciones miren a su país con ojos más limpios que los de sus abuelos.

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