Confidencias de un socialista
Si no fallan todas las encuestas y un milagro no lo remedia, en un par de días se habrá producido la debacle del centro izquierda. La duda es si fueron sus dirigentes los que se buscaron su propia ruina o ha sido una cuestión de pésima suerte. Tal vez sea una combinación de ambas cosas: las carencias que vienen arrastrando desde hace tiempo y también el azar. Hace unos días el historiador Santos Juliá recordaba la cantidad de trabajos científicos que se han publicado bajo el título de decadencia, caída, desaparición y final de la socialdemocracia en Europa en el último cuarto del siglo XX. Así que el desmoronamiento, acelerado en los últimos tiempos por la crisis, viene de lejos. La puntilla final ha sido que a Pedro Sánchez, a pesar de su meritorio empeño y su emblemática fuerza de voluntad, todo le va saliendo regular tirando a mal.
Me lo reconocía esta semana uno de los dirigentes más cercanos al secretario general. Admite que el 20-D, más allá de lo que dijeran en público, fueron conscientes de haber sacado el peor resultado de la historia y de que les había pasado por encima un terremoto. Que ha sido imposible colocar los mensajes del PSOE en esta campaña mediatizada por los extremos. Que Podemos se ha apropiado indebidamente de la etiqueta de socialdemócrata. Que los debates se han montado para provocar el enfrentamiento, que es lo que da más audiencia, y deslucir a los moderados de izquierda y derecha. Que la pinza ha funcionado con una eficacia colosal. Que el tactismo y la banalización pervierten el valor de la política y ha sido imposible rebajar el debate a lo concreto, es decir, a asuntos cruciales como la creación de empleo. Que tan imposible va a ser apoyar al PP como a Podemos, porque entre los dos nos van a fagocitar. Y por si no fuera suficiente con el acoso externo, a Pedro Sánchez le han intentado mover la silla una docena de veces desde el frente interno. Su antecesor, el primero, dejándose manipular por Pablo Iglesias, consciente de que ambos no se pueden ver. Los barones no le perdonan que nada más llegar a la secretaría general cometiera el error de querer volar solo. Su guardia pretoriana procede en su totalidad del entorno de Pepe Blanco y se da la paradoja de que Pedro Sánchez, el primer secretario general elegido en primarias, es el que menos poder orgánico tiene. Sin embargo, es el típico político trucha, que nada contra corriente. Es el más peleón y no va a tirar la toalla. “¿Aunque pierda?”, le pregunto para concluir. “Aún nos queda esperanza. El valor muestral de las encuestas es cada vez menos fiable y el actual voto oculto es el del PSOE, porque a la gente le da vergüenza decir que nos vota. El próximo Gobierno de España pasa por nosotros, eso es evidente. Todavía se puede producir el milagro de ver a Pedro Sánchez en La Moncloa –concluye– y entonces ya no habrá quien le mueva la silla”.
