Vistalegre II, porque Podemos no es lo que era
La alegría y esperanza que rodeó el primer congreso del partido morado contrasta con el clima de enfrentamiento y división con que la formación afronta Vistalegre II.
La semana que viene (10, 11 y 12 de febrero) se celebra en la plaza de toros de Vistalegre (Madrid) el segundo congreso de Podemos, en el que los dirigentes del partido intentarán redefinir las esencias del proyecto, su estrategia y sus órganos de dirección, en un clima de división y enfrentamiento que tiene poco que ver con la ilusión y esperanza con que se celebró el congreso anterior, Vistalegre I, en octubre de 2014. Aquel en el que quedó grabado en piedra el objetivo marcado por su secretario general, Pablo Iglesias, elegido casi por unanimidad: “El cielo no se toma por consenso, sino por asalto”. Un congreso llamado a sentar las bases de un partido que quiere pasar de la “maquinaria de guerra electoral”, a un “movimiento popular”.
También contrasta el clima actual con la alegría y espontaneidad del acto de la fundación en Madrid, en el teatro del Barrio de Lavapiés, el 17 de enero de 2014, el año de la gran ilusión. Una ilusión que puso en marcha e impulsó Iglesias, convenciendo a un grupo de amigos, la mayoría estudiantes de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, de que había que intentar dar el salto a la política. “Si sale bien es un paso importante para generar ilusión en el país, si no sale bien, nos divertiremos”, fue el argumento de Iglesias para convencer a Íñigo Errejón, Miguel Urbán, Jorge Moruno, Teresa Rodríguez y Juan Carlos Monedero, este último el más reticente, para el inicio del proyecto, inscrito a toda prisa en el Registro de Partidos Políticos, dependiente de la Dirección General de Política Interior, del Ministerio del Interior.
Cuentan que cuando se presentaron en el ministerio estaban tan despistados que no sabían siquiera el nombre con el que debían inscribir el nuevo partido. “En eso no podemos ayudarles”, les dijo una secretaria del registro. Se les iluminó el rostro: “Podemos, Podemos es el nombre del partido”. Entre ese acto de la fundación y Vistalegre II, mucho ha llovido, mucho han cambiado las cosas, muchas amistades se han roto y mucho se ha deteriorado el partido en el que, hasta ahora, Iglesias ha sido el monarca absoluto al que nadie ha osado llevarle la contraria y que ha llevado a cabo todo tipo de depuraciones, empezando por el secretario de Organización Sergio Pascual, del sector de Errejón.
Hoy, Podemos es el tercer partido del país, gobierna en las principales ciudades españolas, apoya al PSOE en algunas autonomías y, con Unidos Podemos y las confluencias, cuenta con cinco millones de votos y 67 escaños en el Congreso de los Diputados. Pero hoy, también, llega al congreso de febrero con enfrentamientos entre quienes fueron sus fundadores, especialmente entre Iglesias y Errejón, entre sus antiguas parejas y entre concepciones distintas de estrategias y de partido. Uno, el de Iglesias, más vertical, con un poder más centralizado de raíz marxista, con más dedicación a la calle y más cercano a Izquierda Unida y al Partido Comunista, y el otro, el de Errejón, de origen personal, anarquista, más horizontal, más práctico, más centrado en las instituciones y más cercano al PSOE, con el que quiso pactar cuando se presentó a la investidura Pedro Sánchez.
El tercer aniversario de los primeros pasos de Podemos en Lavapiés ha tenido lugar en pleno debate interno sobre la refundación del partido y en plena lucha por el poder entre las distintas tendencias y, por encima de todo entre pablistas y errejonistas, con los urbanistas (la corriente Anticapitalistas, de Miguel Urbán y Teresa Rodríguez) como tercera fuerza, y Equo, Izquieda Unida y las Mareas como espectadores críticos. Un debate que continúa sin que en el momento de escribir esta crónica se haya llegado a ningún acuerdo. Las últimas reuniones entre las tres tendencias y especialmente los contactos entre Errejón e Iglesias terminaron peor de cómo empezaron, algo que compromete el futuro del partido y el de Iglesias como secretario general.
Iglesias es el responsable principal del fracaso de las elecciones de junio de 2016, después de su pacto con IU, un paso dado en su obsesión por terminar con el PSOE (y cuyo coste se niega a asumir), frente al posibilismo de Errejón, que quiso pactar con Pedro Sánchez para hacer posible un Gobierno de izquierdas, algo tabú para el actual secretario general, empeñado en el sorpasso y en terminar con el PSOE como sea. Refugiados en la estructura del partido y en documentos sobre órganos y funciones, la pura realidad es que estamos ante una despiadada lucha por el poder entre Iglesias y Errejón, entre una concepción del partido como un partido de la protesta y de la calle y otra que lo concibe como una formación que cambie las cosas desde las instituciones, al fin y al cabo lo mismo que de otra forma se planteó en Vistalegre I: si Podemos era un partido de poder o de oposición. Todo se está convirtiendo en un debate interminable, mientras Iglesias se niega a perder ni un ápice de ese poder absoluto que tiene, y quienes fueron los principales impulsores del proyecto o están separados o van cada uno por su cuenta.
Postdata. Para ver cuánto ha envejecido el proyecto de Podemos, este cronista recomienda al lector que vea el documental (en realidad, una auténtica película política) que hizo en mayo del año pasado el director Fernando León de Aranoa: Política, manual de instrucciones. Ahí está parte de la clave de lo que está pasando, y son muchos los culpables.


