Un solo debate, una sola política y diagnósticos contrapuestos
El Debate del estado de la nación ha presentado visiones antagónicas de un país que cada vez se muestra más alejado de sus políticos.
Varios países distintos (o solo versiones distintas del mismo país), y solo una política verdadera que, después de haber provocado la mayor desigualdad de los últimos años en la sociedad española, quiere consagrarse como la única posible en un país que hace solo un año, en el anterior Debate sobre el estado de la nación, con una prima de riesgo por encima de los 640 puntos, estaba a punto de ser rescatado y entrar en el club de los apestados: Irlanda, Portugal y Grecia. Era, recordaba el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en lo que muchos optimistas han querido ver su “segundo discurso de investidura”, cuando estábamos “al borde del precipicio”, cuando, insistía Rajoy, los titulares de la gran prensa internacional anunciaban que España estaba cerca del abismo, que la crisis española daba vértigo en Europa o que los males de nuestro país podían golpear y afectar a toda la economía mundial.
En el fondo, según el mensaje de Rajoy, era el país que había heredado de un tal José Luis Rodríguez Zapatero, y que ahora volvía a renacer con una prima de riesgo de poco más de cien puntos, unas exportaciones de récord, un turismo que batía todas las previsiones, una recesión que había desaparecido de la escena y una recuperación económica que había llevado a muchos analistas a presentarnos como la “nueva Alemania”, cuando en realidad nos dirigimos a convertirnos, por la precariedad de los salarios y las condiciones laborales, en la China del continente. Era el país de Rajoy, un país que según él no solo ha salido de la recesión, sino de la crisis, que está a punto de crear empleo y que es puesto como ejemplo por esa misma prensa internacional que hace un año lo incluía en el campo de los países que podían cargarse el euro a pesar de que los expertos decían que era demasiado grande para caer.
“¿En qué país vive usted?”. Así iniciaba su intervención el líder de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba, en un discurso bien construido y dirigido más a sus votantes y militantes que a los diputados, presentando una visión distinta de ese país idílico en el que parece vivir el señor Rajoy. “Hoy, señor Rajoy, no venimos a hablar de previsiones sino de realidades, aunque haya borrado de su discurso casi toda referencia a la educación, la sanidad y la desigualdad. Usted ha recortado los gastos sociales, ha hecho que los pensionistas paguen por los medicamentos, ha terminado con la dependencia, ha conseguido que seis millones de trabajadores en paro no tengan ningún tipo de ayuda y usted ha acabado con la justicia gratuita. ¿Sabe usted por qué? Porque son ustedes de derechas. Han sido ustedes coherentes y han hecho lo que la derecha española siempre quiso hacer, pero nunca se atrevía a hacer, ni siquiera a plantear”.
Pero si duro era el retrato que Rubalcaba presentaba del país, más duro fue el que se atrevió a dibujar la dirigente de Unión, Progreso y Democracia, Rosa Díez, hasta el punto de sacar de sus casillas por primer a vez al señor presidente del Gobierno, que ni siquiera se había atrevido a entrar en el cuerpo a cuerpo con un Rubalcaba crecido ante sus tropas que, también por primera vez, mostraban su complacencia por el tono y por la forma de ejercer la oposición. El país de Rosa Díez se parecía bien poco al de Rajoy, pero tenía puntos de semejanza con el del líder socialista. Para eso quiso aportar datos oficiales: “Hay 2,8 millones de niños que viven en riesgo de pobreza, lo que convierte a España en uno de los países de la Unión Europea con mayor riesgo de exclusión. Además su política de empleo ha destruido un millón de empleos. La tasa de paro juvenil vuelve a superar el 55%, siete puntos más que cuando usted llegó al Gobierno. En España hay 1,8 millones de hogares con todos los miembros en paro. Más de tres millones viven en situación de pobreza severa. Tres millones de parados no reciben subsidio de desempleo”. Pero la dirigente upedista no se limitó a esa descripción sino que dedicó duras palabras a Rajoy, al que calificó de “deshonesto”, habló de “envilecimiento de la política”, señaló al presidente como el jefe de la corrupción de Luis Bárcenas, y añadió que no tiene credibilidad fiscal y que le puede “la soberbia y la prepotencia”.
Todo eso dejó el terreno abonado para que el dirigente de Izquierda Unida Cayo Lara presentara una imagen del país más radical que la de Rubalcaba y Díez, con ese objetivo de romper el bipartidismo que ya anuncian todas las encuestas. De la economía a la corrupción, acusó abiertamente al jefe del Ejecutivo de olvidar a los españoles y de gobernar “para las élites económicas, en una sociedad en la que los ricos son más ricos y aumenta el número de pobres, para la Troika, la banca, los grandes defraudadores y el oligopolio de las compañías eléctricas, al margen de la España real y ajeno a lo que vive la gente corriente, la gente trabajadora, las clases populares”.
Y qué decir de la España de Josep Antoni Duran i Lleida, o la España de Amaiur... Hubo un solo Debate del estado de la nación, pero muchos diagnósticos del estado de esa nación. Una nación cada vez más alejada de sus políticos, cada vez más escéptica con las políticas del poder y de la oposición, según reflejan todas las encuestas. Y cada vez más preocupada por una situación que se deteriora desde el punto de vista económico y político, mientras el Gobierno que preside un registrador de la propiedad e integrado por funcionarios del Registro, presenta su visión particular del estado de la nación y se saca de la manga toda una serie de promesas que se parecen bastante a las que hicieron en la pasada campaña electoral y que, después, se llevó el viento.
