Trump provoca en todo el mundo miedo e inseguridad
Los movimientos antisistema ven en el nuevo presidente de EEUU una oportunidad para el nacimiento de una internacional que intente acabar con los valores de nuestra democracia.
Desde esta semana el mundo es más inseguro. Desde esta semana el miedo va a dominar la economía de medio planeta por los aranceles que impondrá Estados Unidos para defenderse de la competencia comercial del Sudeste asiático, especialmente de China y Japón. Desde esta semana, Donald John Trump (barrio de Queens, Nueva York, 1946) millonario del sector inmobiliario, especulador, constructor de casinos y negociante de misses, hijo de constructor y nieto de abuelos alemanes, ha comenzado a recibir todos los informes secretos de la información más sensible del país, de las armas más sofisticadas, todavía en pruebas, y de los planes de actuación contra el terrorismo islámico, como 45º presidente de los Estados Unidos de América, elegido por 306 delegados y con casi 250.000 votos populares menos que su contrincante, la demócrata Hillary Rodham Clinton, el pasado martes 8 de noviembre, el primer martes después del primer lunes de ese mes, una norma que se sigue observando religiosamente desde la legislación de 1845.
Desde esta semana el peso mexicano se ha hundido, las bolsas han sufrido un terremoto y el miedo se ha instalado en los mercados a la espera de lo que pretenda hacer el nuevo mandatario norteamericano, un producto de la televisión y de la telerrealidad que ha hecho de su campaña electoral una máquina de insultar, descalificar y ofender, en un intento de conectar y congraciarse con el trabajador medio estadounidense, blanco, sin estudios, marginado por la crisis económica y asustado por la globalización y por esa invasión migratoria que terminará quitándole su puesto de trabajo y el poco bienestar que ha conseguido, frente a una “élite” (término trumpista para designar a la “casta”), cuya más fiel representante sería Hillary Clinton.
Senadora, secretaria de Estado con Barack Obama, primera dama de la Casa Blanca con Bill Clinton y amiga de todo ese mundo que maneja Wall Street, empezando por John Paulson, uno de los causantes del último crack económico, antiguo capitoste de Goldman Sachs. Es decir, que quienes no conectaban con la poco empática candidata demócrata han preferido, pese a todo, pese a haber votado en dos ocasiones a Barack Obama, votar ahora a Donald Trump que, por lo menos, les ha entretenido en la dura, larga y desagradable campaña electoral, la más tensa y ofensiva de los últimos años, convertida en un auténtico circo. Un circo que ha terminado con otro que se instalará el próximo enero, nada más y nada menos que en la Casa Blanca.
Si la campaña electoral, que ha ido más allá de toda sorpresa en cuanto al bajísimo nivel de debate político, se corresponde con lo que será el mandato presidencial, se comprende el miedo que ha recorrido los centros de poder de todo el mundo. Nunca en la historia de Estados Unidos ha tenido lugar una disputa tan vil, brutal e inmoral a nivel presidencial. Hay muchas explicaciones, pero una de ellas tal vez no ha recibido la suficiente atención. Se trata de la teoría del experto financiero Marc Fiorentino, que ha explicado en la revista de Internet Monfinancier. Parece suficientemente interesante como para ser tomada en serio: su tesis es que Trump nunca pretendió seriamente ser presidente de EEUU y nunca pensó que lo pudiera lograr.
Casi todos los analistas coinciden en el hecho de que él mismo ha sido el máximo responsable de sabotear su campaña. No tiene un programa y no desea tenerlo. No está interesado en ampliar su audiencia, ni en atraer a más partidarios, sino en profundizar la brecha entre su público objetivo y los demás. Probablemente, de entrada no pensó que provocaría una gran tormenta en la lucha por la nominación en el Partido Republicano ni que conseguiría fácilmente la nominación. Pero una vez alcanzada, no ha estado interesado en radicalizar la postura de la clase media blanca en Estados Unidos, que sigue siendo su base, y la realidad es que no puede haber ganado una elección presidencial solo con los votos de esta clase social, sino con los de muchos descontentos ocultos que nunca detectaron los encuestadores.
La campaña presidencial ha sido una plataforma con la que Donald Trump nunca había soñado, ni en sus más salvajes fantasías. Y la ha usado sin complejos, no dejando escapar ninguna oportunidad para romper las reglas no escritas o aceptadas del decoro político. Probablemente, le ayudó en gran parte el ambiente de fin de siglo que crea un profundo resentimiento entre las clases sociales contra la élite política establecida y que es el caldo de cultivo de ese populismo que se ha convertido en doctrina de arrastre en numerosos países europeos como Francia, Italia, Austria, Holanda, Reino Unido, Alemania o España.
Desde hace unos años, el sistema político en EEUU está en peligro, y ahora más, sobre todo por una razón: el comportamiento de los republicanos. Llevan más de medio año bloqueando una plaza en la Corte Suprema y ahora no se sabe qué es lo que pueden hacer con el control de las dos Cámaras y con un presidente capaz de todo, incluso de expulsar a 11 millones de sin papeles, obligar a México a construir un muro en su frontera con Estados Unidos o emprender una cruzada contra los musulmanes que residen en el país. En un último gesto que les honra la candidata demócrata y el presidente Obama han asegurado que colaborarían con quien es ya “nuestro presidente”, al tiempo que le recordaban que “el sueño americano es suficientemente grande para todos, para personas de todas las razas y todas las religiones”.
Pero es el sueño y también la realidad. Y la realidad de Trump, a menos que traicione todo lo prometido, es de verdadero terror, porque se abre, si los grandes poderes no lo evitan, una etapa siniestra en Estados Unidos que tendrá efectos económicos devastadores y efectos políticos de unas consecuencias imprevisibles en todo el mundo, especialmente en Europa (ya castigada por el brexit y en plena búsqueda de su identidad), en Oriente Medio y en el Sudeste asiático, China y Japón.
Donald Trump es amigo del presidente ruso Vladimir Putin, al que admira, partidario de replantear la colaboración norteamericana con la OTAN, y está dispuesto a pasar por alto la anexión de Crimea por parte de Rusia, país con el que iniciará una luna de miel y firmará acuerdos bilaterales, al tiempo que llegará a una entente con Bachar al Assad, mientras revoca el acuerdo nuclear con Irán. Desde el punto de vista comercial, el nuevo presidente de Estados Unidos apuesta por el proteccionismo y por la revisión de todos los acuerdos comerciales multilaterales, algo que traerá unas consecuencias económicas devastadoras.
Con Trump, a menos que los grandes grupos de presión terminen por domesticarle obligándole a que se olvide de todas esas promesas en las que muchos han creído, empieza una auténtica revolución en Estados Unidos que, además, servirá de espoleta para otros movimientos antisistema que ven en él, aunque no lo parezca, la oportunidad para el nacimiento de una internacional que intente acabar con los valores de nuestra democracia. Probablemente estamos viviendo los efectos de una globalización que acentúa el mal reparto de la riqueza.
