Todos los efectos de la coalición Unidos Podemos
El acuerdo entre Podemos e Izquierda Unida, que beneficia más a Pablo Iglesias que a Alberto Garzón, más a Podemos que a la federación, puede cambiar todo el mapa político nacional en las elecciones del 26-J, producir numerosos efectos en el mapa político, incluidos los colaterales, según el análisis que del acuerdo hacen expertos en sondeos, politólogos y profesionales del marketing político. Es más, el acuerdo está haciendo cambiar la estrategia de todos los partidos ante un nuevo reparto de escaños que terminará afectando, por la distribución de los restos según la Ley D’Hondt, al Partido Popular, a Ciudadanos y al PSOE.
Este nuevo reparto de escaños puede producirse, según estos estudios, en las provincias de Asturias, Albacete, Badajoz, Barcelona, Cantabria, Castellón Córdoba, La Coruña, Guadalajara, León Madrid, Zaragoza, Teruel, Cádiz, Sevilla, Granada, Málaga, Salamanca y Santa Cruz de Tenerife, aunque hay estudios que llegan a incluir hasta 27 provincias. Sorprendentemente, el PP sería el más afectado por ese reparto de restos, seguido del Partido Socialista y, en menor medida, Ciudadanos. En varios de los supuestos se produce el sorpasso y se coloca el PSOE en tercera posición, convirtiéndose así Unidos Podemos, nombre decidido a última hora pensando más en el marketing que en lo que en realidad es, una “coalición de izquierdas”, en el primer partido de la oposición.
De ahí que, a partir de ahora, todos los ataques, especialmente por parte del PP, vayan dirigidos hacia la coalición de izquierdas que intenta, por todos los medios, desprenderse de esa etiqueta, insistiendo, una y otra vez, en que la pelea que se dilucida en junio no es entre “izquierda-derecha” sino entre los que están “arriba” y los que están “abajo”. Roto así el principio de “transversalidad” que han venido defendiendo los errejonistas, Podemos, después de haber rechazado durante meses cualquier acuerdo con lo que Iglesias ha bautizado como los “Pitufos gruñones”, a los que había que alejar todo lo posible del proyecto Podemos, ha firmado un acuerdo que, en principio, frena la caída de votos que detectaban las encuestas desde hace meses, y que pone las bases de lo que puede ser el sorpasso al PSOE, que llega a la precampaña electoral en las peores condiciones posibles.
Un partido dividido, con un candidato al que le han hecho la vida imposible, le han impuesto unas líneas rojas en sus intentos de pacto, y con unos barones que no querían que repitiera como candidato y que esperan un fracaso para plantear una lucha abierta por la secretaría general, a la que concurrirá la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, que si da el paso tendrá que medirse con Pedro Sánchez, dispuesto a dar la batalla hasta el final, con el argumento de que es el único secretario general elegido por las bases.
Esta es la realidad con la que el PSOE aborda las elecciones del 26-J, asediado por un Podemos cuyo principal objetivo es convertirse en el principal partido de la oposición a su costa y, si puede, desplazar al PP, sin olvidar una insinuada mano tendida por si en un momento determinado necesita el apoyo socialista para vencer a una supuesta coalición PP-Ciudadanos. En este escenario, pinzado por el PP y Podemos, Sánchez ha querido volver a los orígenes para intentar recuperar a colectivos que ha ido perdiendo o recuperando a viejas referencias como el exministro Josep Borrell, la jueza Margarita Robles o la dirigente feminista Ángeles Álvarez, anunciando, incluso, la formación de un “Gobierno en la sombra”, en el que estarían Borrell, Jordi Sevilla,Ángel Gabilondo y numerosos independientes.
¿Es suficiente todo eso para mantener el liderazgo de la oposición? Y, sobre todo ¿es suficiente, cuando la nueva coalición de izquierdas ha ido conquistando poco a poco a quienes, desde distintas posiciones (desde el ecologismo hasta el feminismo, pasando por el mundo de la cultura y por los sectores más jóvenes del electorado), han sido patrimonio exclusivo del PSOE? ¿Es suficiente la llamada a la unidad realizada por Díaz en la presentación de Sánchez en Móstoles (Madrid) la semana pasada como candidato a las elecciones de junio, como si fuese un candidato de todos, indiscutido e indiscutible? Y sobre todo, ¿es posible que se cumpla ese deseo de Díaz: “No podemos conformarnos con ser segundos, tenemos que ser los primeros, tenemos que ganar y si renunciamos a ganar, los ciudadanos no nos van a reconocer como el PSOE?”. ¿Es necesario para ganar citar a Adolfo Suárez y su “puedo prometer y prometo”, buscando el voto del centro?
Sánchez ha querido transmitir la imagen de que él representa el cambio moderado, la izquierda razonable y sensata, la posición entre una derecha inmovilista y una izquierda que ha abandonado la “transversalidad” y ha iniciado una precampaña tranquila, en positivo, sosegada, sin ataques a la derecha ni a la izquierda, intentado conquistar lo que queda de centro en el PP y en Ciudadanos, su antiguo aliado. ¿Es ese el verdadero camino, o es el único que le han dejado populares y podemitas? ¿Es esa la campaña que hay que hacer insistiendo en que estamos ante un “referéndum sobre el cambio”, cuando la gran pelea, el gran debate, va a girar entre “continuidad o cambio” y, en ese debate, está en peores condiciones que Unidos Podemos?


