Sánchez, el hombre que se creyó el Corbyn español

07 / 10 / 2016 José Oneto
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Al dimitido secretario general del PSOE le hubiera gustado resistir, como ha hecho el líder laborista británico

El día de reflexión de las elecciones gallegas y vascas, en la Fiesta de la Rosa en Pineda de Gavá (Barcelona), ante el estallido de la ofensiva de los barones regionales contra el secretario general del PSOE Pedro Sánchez, que acababa de proponer un Gobierno imposible con Podemos, Ciudadanos y si era preciso con los nacionalistas, el líder del PSC, Miquel Iceta, dio un grito que, dicen, conmovió a quienes asistían al acto partidario: “Pedro, ¡mantente firme! ¡Líbranos de Rajoy y del PP! ¡Líbranos, por Dios, líbranos de ellos! ¡Estamos a tu lado, estamos contigo! ¡Aguanta, resiste las presiones! ¡Intenta formar una mayoría progresista y de cambio! ¡España no puede permitirse cuatro años más de PP!”.

Probablemente, eso era lo único agradable que Sánchez oyó ese sábado, aunque dicen que ese día una de sus principales preocupaciones era conocer al minuto el futuro del líder laborista británico Jeremy Corbyn, que, pese a que 172 diputados (una mayoría aplastante de su grupo) habían exigido su dimisión por su (según ellos) falta de convicción en la lucha contra el brexit, había aguantado: “Resistiré, ni me voy, ni tiro la toalla. Me volveré a presentar”, fue la respuesta al cerco de su partido.

Corbyn, ese dinosaurio de izquierda para algunos y Mesías revolucionario para otros, considerado como el verdadero representante de los de abajo, que a sus 67 años no ha renunciado a su izquierdismo y ha votado cientos de veces en contra del criterio del laborismo, es el personaje que más admira Sánchez. Desde hace meses Corbyn es su referencia, aunque si hubiera que buscar, ideológicamente, a un Corbyn en el PSOE habría que hacerlo en Granada, donde vive el catedrático José Antonio Pérez Tapias, un hombre de izquierdas que defiende además el derecho a decidir, partidario de un referéndum para decidir entre monarquía o república y, en temas económicos, más cercano a Izquierda Unida que al PSOE.

Pero quien realmente admira a Corbyn es Sánchez porque mucho de lo que le está pasando a él ya le ha pasado al líder laborista británico. Le admira por su tenacidad, su resistencia, su lucha contra los que le criticaban y querían que dimitiera como líder del partido y que tirara la toalla. Se negó, resistió y, en unas primarias, frente al moderado Owen Smith, ganó por 313.209 votos, 60.000 más que los obtenidos cuando fue elegido líder laborista por primera vez en 2015. Cor-
byn se imponía a Smith al lograr el 61,8% de los votos frente al 38,2% de su rival, 100.000 votos de diferencia.

Según los que dicen conocer bien al PSOE y a su secretario general, hay algunas similitudes entre los dos partidos, el momento político que están viviendo e, incluso, entre sus líderes a pesar de la edad, la formación ideológica de cada uno y hasta de su presencia física. Dicen que, sin la crisis económica y sus consecuencias devastadoras sobre los desfavorecidos y sobre la clase media, sin la pérdida de poder del viejo aparato, sin el mismo desconcierto y división interna por los que atraviesan los dos partidos, no se hubieran producido los fenómenos Corbyn y Sánchez. En lo que no coinciden es en la batalla sangrienta entre las dos facciones del PSOE, sanchistas y críticos, y en el espectáculo que han dado la semana pasada en el Comité Federal, con insultos, descalificaciones, movilizaciones en la calle y rupturas que serán muy difíciles de recomponer, aunque Susana Díaz se empeñe en coser lo que está roto.

Esos mismos conocedores de las entretelas socialistas ponen el acento en un cierto autoritarismo común en ambos líderes, y en una ausencia de debate, especialmente con los discrepantes, a los que se intenta marginar. Es lo que probablemente hará ahora Corbyn con muchos de los diputados que le censuraron en el Parlamento. Los dos tienen poco sentido de la autocrítica y se les considera los principales responsables de las derrotas, aunque se nieguen a reconocerlo. Y los dos piensan más en los militantes que en los votantes.

La jugada de Sánchez, el hombre que quiso ser el Corbyn español, de convocar un congreso exprés para volver a presentarse como candidato a unas terceras elecciones, podía haber sido una de las jugadas de Corbyn, el Sánchez británico. Para colmo, en el debate planteado por los críticos Sánchez lanzaba, días antes del Comité Federal del sábado 1 de octubre, un mensaje muy claro para conseguir el favor de la militancia: “Quiero un proyecto de izquierdas, autónomo de los poderes económicos”.

Pero ni proyecto de izquierdas ni congreso exprés, sino, probablemente, uno de los espectáculos más bochornosos vividos por un partido en España, muy alejado de lo que podía haber pasado con el laborismo británico y con Corbyn en una situación parecida a la española. El PSOE vivía la semana pasada una de las jornadas más negras de su historia desde los años 30, esos años previos al estallido de la Guerra Civil. La convocatoria del Comité Federal del partido, reunido para intentar encontrar una solución y una salida a la grave crisis entre los sanchistas y críticos tras la dimisión de la mitad más uno de la Comisión Ejecutiva Federal, se convertía en una batalla campal, dentro y fuera de Ferraz 70, sede central del partido.

Fueron catorce horas de discusiones y enfrentamientos en las que predominaban las cuestiones de procedimientos: quiénes formaban parte del censo, quiénes se sentaban en la mesa presidencial, cuál era el orden del día, qué valor tenía el dictamen emitido por tres miembros del Comité de Garantías sobre la urgencia de montar una gestora (al quedar invalidada la Ejecutiva de Sánchez por dimisión de 17 de sus miembros). Todo eso entre gritos, enfrentamientos y hasta el llanto desconsolado de la andaluza Susana Díaz, superada por los acontecimientos y acusada en la calle de “golpista” y de ser responsable de todo lo que estaba pasando dentro y fuera de Ferraz.

Ni los más veteranos militantes, al margen de adscripciones, podían creerse que un partido con 137 años de historia, que ha gobernado España nada más y nada menso que 22 años, primero con Felipe González y después con José Luis Rodríguez Zapatero, que ha contribuido a la estabilidad del sistema democrático, que durante muchos años ha sufrido persecución y cárcel de muchos de sus militantes y que ha influido decisivamente en la modernización de este país, pudiera dar ese espectáculo de división, de inquina entre compañeros, de descalificaciones mutuas y, hay que decirlo también, de odio e insultos contenidos, que serán muy difíciles de olvidar para que todo vuelva a la normalidad.

Al final se sometía a votación a mano alzada si se convocaba un congreso extraordinario exprés, previa celebración de primarias, y perdía Sánchez por 132 votos frente a 107. Eran las 20.21 del sábado 1 de octubre de 2016 cuando Pedro Sánchez Pérez-Castejón presentaba su dimisión como secretario general del PSOE, después de dos años y tres meses en el cargo. Con toda seguridad, a pesar de su resistencia, era lo mismo que hubiera hecho Jeremy Corbyn... Es lo que cree el propio Pedro Sánchez... 

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