Rajoy, las elecciones del 20-D y el síndrome de la guerra
El presidente recuerda con pánico las movilizaciones contra la guerra de Irak en 2004 e insiste en que no se pueden tomar decisiones respecto a una intervención militar en Siria hasta después de las elecciones
A poco menos de un mes de las elecciones del 20 de diciembre, la guerra se ha metido de lleno en la agenda política y ya ha provocado diferencias entre los partidos que, a raíz de la masacre de París del 13 de noviembre (129 muertos y centenares de heridos), se adhirieron al pacto antiyihadista. Un pacto al que se han sumado el PSOE y Ciudadanos y con el que no está de acuerdo Podemos. De este modo, las cuatro fuerzas políticas que tienen más posibilidades electorales de configurar el mapa político a partir del 20 de diciembre han venido manteniendo conversaciones con el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en La Moncloa para intentar consensuar una respuesta común al atentado más grave que se ha producido en Francia desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Un presidente del Gobierno que contempla la situación bajo el síndrome del atentado de los trenes de Atocha el 11 de marzo de 2004 (190 muertos y 1.857 heridos), el más grave en cuanto a número de víctimas sufrido en Europa en tiempos de paz. Un síndrome con el que ha tenido que convivir y que, probablemente, estos días no ha tenido más remedio que recordar. Recordar cómo pidió repetidamente al entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, que había que convocar el Pacto Antiterrorista, llamar a todos los dirigentes políticos y sindicales, reunir a las comisiones permanentes del Congreso y del Senado, recabar todo tipo de opiniones.
Pero no, en Moncloa Aznar, rodeado de sus más leales, solo tenía una obsesión: si el atentado era obra de ETA, el Partido Popular ganaba las elecciones; si los autores eran islamistas, después del espectáculo de las Azores, el PP perdería. Pero quien perdió no fue precisamente Aznar, asaeteado por gritos de “No a la guerra” y por los reproches de quien él mismo había nombrado su sucesor: “Ha sido tu guerra la que nos ha hecho perder”. Mariano Rajoy perdió hace once años por la guerra, por el protagonismo de Aznar en las Azores a la hora de declarar la guerra al régimen de Sadam Hussein, en busca de unas armas de destrucción masiva que no existían y para llevar la democracia a Irak, que hoy tiene una parte de su territorio, junto con otra parte de Siria, en manos del Estado Islámico fundado por Abu Bakr al-Baghdadi.
Por eso Rajoy no quiere ni pronunciar la palabra guerra. Forma parte del síndrome, igual que no se le ocurre pronunciar el apellido Bárcenas. Lo ha destacado hasta el periódico francés Le Monde que ha señalado que “dispuesto a ofrecer toda la ayuda necesaria a Francia”, el presidente Mariano Rajoy también ha evitado cuidadosamente utilizar la palabra guerra. Ha querido precisar que la situación actual “no era una guerra de religión, sino una lucha entre la civilización y la barbarie”. Evitar por todos los medios referirse en público a la guerra, aunque mantenga conversaciones con representantes de todos los partidos políticos, e insistir en que no puede hacerse nada hasta después de las elecciones en tanto las Cámaras están disueltas.
Lo ha querido recordar el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, uno de los ministros más amigos del presidente. “Lo más prudente” es esperar a después de las elecciones del 20 de diciembre, a que haya un nuevo Parlamento para decidir si España se implica en una intervención militar en Siria: “Las diputaciones permanentes del Congreso y del Senado estarían legitimadas para tomar una decisión, pero lo más prudente, es esperar a que haya unas nuevas Cámaras y un nuevo Gobierno para tomar una decisión tan grave como implicarnos en una intervención militar en Siria, siempre que haya un paraguas internacional, la aprobación por el Gobierno y la autorización del Parlamento”, ha dicho el ministro. La colaboración que pide Francia puede ser, según fuentes diplomáticas, desde una cooperación entre los servicios de información hasta determinados movimientos logísticos en las zonas más calientes.
Esto último es lo que ha provocado el primer gran enfrentamiento con los socialistas cuando fuentes creíbles filtraron al periódico El País que el Gobierno estaba barajando la posibilidad de mandar fuerzas militares a Malí (donde ahora hay 110 militares formando al Ejército local) y Centroáfrica, para liberar a Francia de compromisos en esa zona y que se concentrase en la guerra contra el Estado Islámico, al que está bombardeando París con la colaboración de Rusia. Los bombardeos empezaron antes de que el Consejo de Seguridad de la ONU aprobase por unanimidad, el pasado viernes 20 de noviembre, una resolución impulsada por Francia que reclama a los países “todas las medidas necesarias” para combatir al autodenominado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) y los grupos vinculados a Al Qaeda. Aunque no invoca el capítulo 7 de la Carta de Naciones Unidas, que es el que daría base legal para el uso de la fuerza, la diplomacia francesa valora el apoyo político que supone la aprobación de su resolución para su campaña de respuesta al yihadismo.
¿Será suficiente para España? Esa es la gran incógnita que se va a intentar no resolver hasta después del 20-D, entre otras cosas porque el presidente del Gobierno tiene verdadero terror a esas históricas movilizaciones del “No a la guerra”.


