“No queremos un trozo de pastel, queremos la pastelería”
Cuando le preguntas a algún dirigente de Podemos, sumido en una crisis de identidad que ha estallado hace unos días coincidiendo con las negociaciones para formar un Gobierno que dé un mínimo de estabilidad al país, dónde habría que colocar sus aspiraciones políticas, qué es lo que realmente quieren, te contesta con la frase que dicen que está escrita, como un grafiti más, en una de las paredes de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense (de donde proceden la mayoría de los máximos responsables del partido, especialmente sus fundadores).
La frase en cuestión recuerda el espíritu de la Revolución de 1968 en Francia, que empezó en la Universidad de la Sorbona (París). “No queremos un trozo del pastel, ni siquiera el pastel entero. Queremos la pastelería”. Quieren la pastelería. Quieren todo. De lo contrario, aseguran muy serios, nos vamos todos a casa.
Solo desde esta perspectiva se entiende que, antes de iniciar siquiera ningún tipo de contacto con Pedro Sánchez, el candidato elegido por Felipe VI para optar a la investidura, después de que Mariano Rajoy declinase la oferta primera del jefe del Estado, Pablo Iglesias se presentase en una de las salas del Congreso de los Diputados, mientras el candidato despachaba con el Rey, rodeado de quienes pensaba nombrar ministros de un Gobierno de coalición del que Sánchez no tenía ni idea.
Y solo desde esa aspiración de quedarse con toda la pastelería se comprende que Iglesias se reservase en ese hipotético Gobierno una vicepresidencia con todos los poderes (desde el Boletín Oficial del Estado hasta el Centro Nacional de Inteligencia pasando por una secretaría de Estado contra la corrupción con policías y jueces propios dependiendo de él, la presidencia de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos, la de la Comisión de Subsecretarios y Secretarios de Estado y hasta la RTVE). En vez de hablar de programas, querían empezar a hablar de ministerios, cargos y sillones. Era el camino directo hacia la pastelería, no hacia un trozo de pastel que hubiese sido lo razonable.
Sin embargo, de momento, ni hay pasteles ni, por supuesto, pastelería. Ni siquiera se sabe aún, 11 semanas después de las elecciones, si hay posibilidad de reparto del pastel, especialmente tras el pacto Sánchez-Rivera (130 diputados) en torno a un plan de regeneración democrática que ha provocado una realineación de todos los grupos políticos. Una realineación acompañada de filias y fobias. Porque Sánchez no quiere hablar con Rajoy de nada que tenga que ver con la investidura. En todo caso, sobre la reforma de la Constitución, en tanto los populares controlan el Senado.
Rajoy insiste en que tiene que citar a Sánchez, pero no se sabe exactamente para qué, porque el socialista quiere ir junto al otro autor del pacto, Albert Rivera. Pero Rivera insiste en que Rajoy tiene que irse porque es imposible que lidere ningún tipo de regeneración política. Pero es que además, Iglesias, que insiste una y otra vez en el “Gobierno a la valenciana” (para recordar que quiere ir de vicepresidente: en la Comunidad Valenciana el presidente es el socialista Chimo Puig y la vicepresidenta es Mónica Oltra, aunque olvida que esta última es de Compromís y por tanto Podemos no está en el Gobierno...), no quiere saber nada ni de Rivera ni de Ciudadanos... Un Gobierno a la valenciana en el que Podemos no se fía del PSOE, ni el PSOE de Podemos... ¿Cómo es posible que la ciudadanía se pueda fiar de ese Gobierno en el que nadie se fía de nadie, y en el que el único objetivo es intentar el asalto a la pastelería?
Es el asalto a la pastelería, aunque, en palabras de Iglesias, se trata del “asalto al cielo”, una expresión mucho más poética. Un asalto para el que, antes, conviene pedir la llave. Y la llave, de momento, la tiene Sánchez, aunque le sirva de poco. En todo este tiempo la imagen de Sánchez se ha deteriorado: le han salido el conflicto del secretario general del PSOE en Galicia, José Ramón Gómez Besteiro, investigado por una decena de delitos que le han obligado a dimitir de candidato a las autonómicas gallegas, y la elección del nuevo secretario general de UGT (el sindicato hermano), Josep María Álvarez, partidario del “derecho a decidir” y cercano al independentismo. Mientras tanto, los populares han empezado a crear en torno a Rajoy un ambiente a favor de que deje paso a otro, tanto para encabezar un Gobierno de coalición como para candidato en unas nuevas elecciones. El primer paso lo ha dado el expresidente de Murcia Alberto Garre, al que se ha sumado el exdirigente navarro Jaime Ignacio del Burgo.
Por último también en ese asalto al cielo ha resultado tocado el propio Iglesias, que ha visto cómo se han tenido que montar gestoras de la formación morada en Cataluña, Galicia, La Rioja, País Vasco y Cantabria y cómo el conflicto se ha extendido a Madrid, donde diez dirigentes pertenecientes al sector de Íñigo Errejón han abandonado sus cargos por su oposición a cómo llevan el partido Luis Alegre, el hombre de confianza de Iglesias, y su segundo, Miguel Vila, del sector que maneja Tania Sánchez, excompañera sentimental de Iglesias y antigua dirigente de Izquierda Unida...
Todo esto quiere decir que el asalto a la pastelería está complicado, aunque, tal como están las cosas, todo es posible.


