La vuelta de Artur Mas i Gavarró
El expresidente de la Generalitat inicia una carrera para recuperar lo que él cree que le han arrebatado, aprovechando que el actual presidente, Carles Puigdemont, no repetirá candidatura.
Artur Mas i Gavarró (Barcelona, 1956), que tuvo que abandonar la presidencia de la Generalitat en enero de 2016 casi por la puerta de atrás, por imposición de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), pretende aspirar de nuevo a la presidencia del Gobierno catalán, a pesar de que está a la espera de una inhabilitación de diez años, en un intento desesperado por recuperar el protagonismo y el poder perdidos. Una difícil y polémica recuperación política, en el peor momento de su partido (la antigua Convergència Democràtica de Catalunya, CDC, reconvertida en el Partido Demócrata Europeo de Cataluña, PDECat) y cuando los casos y juicios por corrupción durante el largo mandato de Jordi Pujol y de él mismo, como su sucesor natural al frente del tinglado catalán, ocupan los principales espacios informativos, ante el asombro e indignación de una ciudadanía a la que se quiere convencer de que todo es producto de una conspiración del Gobierno central que, además de robar a las arcas catalanas, ha montado una campaña de desprestigio contra quienes luchan por la independencia de Cataluña.
El último escándalo, el del saqueo del Palau de la Música, más de 30 millones de euros de los que 6,6 acabaron como comisiones para CDC a cambio de concesiones de obras públicas, comenzó a juzgarse la semana pasada en Barcelona, con gran preocupación entre los dirigentes independentistas catalanes, que temen que los dos principales implicados (Félix Millet y Jordi Montull), aporten pruebas de cómo se financiaba el partido en el poder en Cataluña desde el inicio de la Transición, durante el mandato de Pujol (pendiente también de juicio con toda su familia) y de Artur Mas, que según los imputados estaba al tanto de esa financiación ilegal que ha llevado a los convergentes a cambiar de nombre.
Todo esto se produce en unos momentos en los que parece que se ha iniciado un proceso de aceleración de lo que llaman desconexión con España y de convocatoria del referéndum de independencia, previsto para septiembre, pero que podría adelantarse a abril o mayo. Por lo pronto, el principal grupo que apoya al Gobierno de Carles Puigdemont, la coalición Junts Pel Sí (formada por Convergència y Esquerra Republicana de Catalunya, ERC), ha iniciado los trámites para una reforma del Reglamento del Parlament, que pretende que el proceso de desconexión se haga por vía de urgencia y sin posibilidad de debate en la Cámara. Una reforma que permitiría aprobar la desconexión, declarar Cataluña república independiente e, incluso, convocar el referéndum. Ese intento antidemocrático de los independentistas catalanes cuenta con la oposición de todos los partidos y los medios, es visto como un verdadero golpe contra el propio Parlamento catalán, y es solo una forma de ganar tiempo para que no pueda intervenir el Tribunal Constitucional, con lo que están configurando una situación para que el Gobierno dé los primeros pasos para una aplicación del artículo 155 de la Constitución que, en el fondo, es lo que quieren.
Dentro de este intento de acelerar el proceso, y convencidos en su fuero interno de que no van poder celebrar el referéndum (es lo que ha confesado a un importante grupo de empresarios el diputado Francesc Homs, responsable último de la consulta del 9-N de 2014, por la que puede ser inhabilitado políticamente en sentencia del Tribunal Supremo), la única salida que queda ante lo que se anuncia como un inevitable “choque de trenes”, es la convocatoria de elecciones autonómicas, que, según las encuestas, ganaría ERC, cuyo presidente, Oriol Junqueras, es el único que juega con sentido común, incluso con moderación, hasta el punto de que es el único que se entiende con la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría.
Es en este probable escenario, y teniendo en cuenta que el actual presidente catalán, Puigdemont, ha anunciado que no quiere repetir candidatura, donde ha surgido la candidatura de Mas, un político quemado que ha contribuido decisivamente a llevar a CDC al desastre, en medio de sucesivos escándalos que ha pretendido tapar con más independentismo y más radicalidad en un desesperado intento de salvarse.
Aprovechando que Puigdemont está dispuesto a tirar la toalla Mas ha iniciado una carrera para recuperar lo que él cree que le han arrebatado muy parecida a una campaña electoral interna. Conferenciante dentro y fuera de España, ha salido de su hibernación y ha vuelto a recuperar el discurso del independentismo, introduciendo todo tipo de variantes. Las últimas, como “embajador del proceso soberanista” en la universidades de Harvard (Estados Unidos) y Oxford (Reino Unido), presentando a Cataluña como “la Dinamarca del Mediterráneo”, lo que pasaría por tener empleo de calidad, baja tasa de paro, salarios altos, una economía abierta, un Estado del bienestar robusto y sostenible y una democracia de calidad. Mas expuso las características que, según él, tendría un futuro Estado catalán dentro de la Unión Europea y dijo que el proyecto soberanista pasa por “incardinar” el Estado catalán en la UE y en las instituciones internacionales. “En las últimas décadas, Europa se ha convertido en una gran estructura muy burocrática y por eso –ha dicho sin el menor pudor– queremos ayudar a cambiarla”, para añadir que la Unión Europea ideal debería estar preocupada por “los asuntos exteriores, la solidaridad, el comercio y la relación entre los países”.


