La investidura de Sánchez y el laberinto español

19 / 02 / 2016 José Oneto
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Desde que recibiera el encargo real de formar un ejecutivo, Pedro Sánchez mantiene una actividad frenética para tejer una compleja serie de compromisos y alianzas que le permitan ser investido Presidente del Gobierno.

“La convulsión electoral que acabó con el duopolio político del país sigue teniendo eco en Madrid, mientras los viejos y los nuevos partidos se muestran inflexibles en las negociaciones para la formación de Gobierno.¿Encontrarán los socialistas el modo de evitar nuevas elecciones?”.

La pregunta se la formula el periódico británico Financial Times (FT) intentando explicar a su audiencia cómo se encuentra España dos meses después de las elecciones generales, tras las dos rondas de consultas llevadas a cabo por el rey Felipe VI con los representantes de los grupos con representación parlamentaria, en busca del candidato a la investidura. Dos rondas que han provocado un larvado conflicto institucional, en tanto el artículo 99 de la Constitución que regula esas consultas no tenía prevista la posibilidad de que un candidato designado por el Rey, en este caso el ganador de las elecciones, “declinase” su turno y propusiese de forma indirecta un periodo de reflexión para estudiar una eventual disolución del Parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones.

FT se refiere a la situación española como el “laberinto español”, tomando el título del libro del hispanista Gerald Brenan, un ensayo sobre la Guerra Civil publicado por primera vez en la década de los cuarenta del siglo XX. Jugando con el título de Brenan, FT cuenta con detalle cómo se ha complicado la tarea del Rey a la hora de elegir un candidato a la presidencia del Gobierno, hasta que en la segunda ronda de consultas le pidió a Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista, que intentase la investidura y la formación de un Gobierno. Esa investidura se celebrará, por fin, el 2 de marzo, nueve semanas después de las elecciones.

Desde que recibiera la palmadita real, Sánchez ha hecho todo lo posible por mostrar optimismo y estar a la altura de un estadista. Pero conoce la aritmética política tan bien como el resto: “El Congreso español es el más fragmentado de la historia reciente y ni la izquierda ni la derecha tienen un claro camino hasta el poder”. Y es verdad, ya que semanas después del encargo real, el socialista ha venido desarrollando una actividad frenética. Se ha entrevistado con representantes de todos los partidos (excepto con Bildu, cercano a las posiciones de ETA), con dirigentes sindicales y empresariales, con colectivos de todo tipo y, además, con dirigentes de su propio partido para organizar una consulta entre los militantes sobre los pactos que piensa hacer en base a un programa sobre el que han girado la mayoría de los encuentros y negociaciones.

Un programa y unas medidas basados en el programa electoral con el que el PSOE concurrió a las elecciones y también en las conversaciones que el candidato ha venido manteniendo con las distintas formaciones. Entre esas medidas está negociar con Europa un nuevo calendario de cumplimiento de los objetivos del déficit, derogar de manera “urgente” algunos puntos de la reforma laboral, un ambicioso plan de emergencia social con un Ingreso Mínimo Vital con el que el PSOE pretende llegar a 700.000 familias sin ingresos (que supondría un gasto de 6.000 millones de euros), la subida del Salario Mínimo Interprofesional, un subsidio por desempleo para los parados mayores de 52 años y una ley de lucha contra la pobreza energética. Las propuestas de regeneración democrática y reconocimientos de derechos y libertades son un cajón de sastre en el que el PSOE incluye desde la aprobación de una ley de muerte digna hasta la reforma del reglamento de las Cortes, pasando por la eliminación de las tasas judiciales o la derogación de la cadena perpetua revisable.

Sobre ese programa se ha ido tejiendo una serie de compromisos y alianzas a la búsqueda de un número de apoyos que le permitan ser investido presidente el 2 de marzo. Utilizando a Albert Rivera como intermediario para convencer al Partido Popular y, sobre todo, a su presidente Mariano Rajoy, de que lo mejor, dada la situación del país y la propia situación de los populares, duramente castigados por casos de corrupción que les han estallado en plenas negociaciones para la investidura, sería que el PP se abstuviese en la votación de investidura.

Las gestiones de Rivera saltaban por los aires tras el tormentoso encuentro de Rajoy con Sánchez, con el que el socialista cerraba sus consultas. La insólita actitud del presidente en funciones frente al presidente designado por el Rey para su investidura, negándose a darle la mano y dejando al candidato con la mano extendida frente a decenas y decenas de fotógrafos y cámaras de televisión, es un lastimoso espectáculo que jamás se hubiera producido en Europa, y que ha puesto de manifiesto que Rajoy da por perdido el poder y que antes de abandonarlo ha querido pasarle factura a Sánchez por esa acusación de “indecente” que le lanzó en el cara a cara electoral que dejó al presidente en funciones fuera de juego. Sin duda, ese gesto le pasará factura en esa despedida del poder que se intuye, mientras un día sí y otro también le estalla un nuevo caso de corrupción, entre el desconcierto, la indignación y la amargura de los suyos, que cada vez están más convencidos de que el líder no tiene más remedio que dar un paso atrás para iniciar una regeneración en el partido, antes de que sea demasiado tarde. 

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